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Perú: una segunda oportunidad
Danilo Arbilla

A Alejandro Toledo, saliente Presidente de Perú, quizás le pase como a Jimmy Carter, quien recién como “ex” logró sus mayores niveles de popularidad. El peruano, que por momentos llegó a tener bastante menos del 10 por ciento de la opinión pública en su favor, ahora se retiró con un apoyo del 33 por ciento.

Alan García, al asumir el pasado 29 de julio, criticó a su antecesor por “frívolo y despilfarrador”, pero no puede negar que le dejó un país con excelentes cifras económicas y que eso le hará un poco menos difícil combatir la pobreza en que están inmersos 13 millones de peruanos.

Ese chance no lo tuvo Toledo, quien asumió en otras condiciones económicas y tras un gobierno de transición durante el que se agotó la paciencia popular, esa de los primeros 100 días de que goza todo gobierno y con la que seguramente contará García.

El nuevo mandatario tendrá que aprovechar ese viento favorable que al principio hasta puede que cuente con la ayuda de una prensa menos crítica de lo que fue con el anterior, al que prácticamente no le perdonó ni una. En este plano hay que reconocerle al periodismo peruano que se toma muy a pecho, como debe ser, su condición de “perro guardián”, como también es justo reconocer que Toledo aunque quejoso y molesto no abusó de su poder para atacar la libertad de prensa.

García , en su segundo chance como mandatario en este segundo período de gobierno democrático tras la dictadura fujimorista, ha fijado como prioridad reducir la pobreza, pero al mismo tiempo conseguir el desarrollo de su país, llevándolo a los niveles de los mejores países del contienente, como ha dicho en una clara referencia a Chile.

Con este último objetivo parecería que concuerda la composición de un gabinete ministerial de un perfil conservador, en el que priman los técnicos y en el que destaca Luis Carranza, un economista de visión liberal, como titular del Ministerio de Economía.

Con este equipo García ratifica sus anuncios de administrar con austeridad y con una estricta disciplina fiscal y de dar garantías al sector privado y a los inversores externos. Si los cumple será, además, la única forma de atacar efectivamente el tema de la pobreza.

El inconveniente es que los pobres no esperan mucho y tienen motivos para ello: ya han esperado demasiado y están cansados de hacerlo.

Esa disonancia entre las urgencias y las expectativas populares y lo que permite la realidad es, sin duda, el gran problema de García, obligado a obtener un rápido éxito, lo que no depende de la voluntad del gobernante. Ésta es una razón de hierro que no todos los gobernantes admiten y que no la admitió el propio García en el pasado, pero que hoy aparentemente la tiene asumida.

Lo que se puede satisfacer, o más o menos calmar, son algunas expectativas, generando a la vez confianza en la opinión pública. Eso es, sin duda, lo que pretende García con su decisión de bajar su salario de 13 a 5 mil dólares y a la vez rebajar el salario de más de 17 mil funcionarios y disponer el cierre de seis embajadas, la eliminación de la mitad de los puestos de agregados civiles y militares y reducir en un 25 por ciento los sueldos de embajadores y diplomáticos. Con lo que ahorre no resolverá el problema de la pobreza, pero ello genera impacto y puede significarle una franquicia que vaya más allá de los primeros cien días.

Simultáneamente el mandatario peruano deberá conseguir en ese plazo renegociar los contratos con las empresas mineras y las que explotan el gas, de manera que signifiquen un mayor ingreso para el Estado y permitan el abaratamiento de los combustibles y a la vez conseguir que en lo inmediato realicen “aportes extraordinarios”, para atender las expectativas más urgentes de la población marginada y así aflojar la latente tensión social, tan bien explotada por el opositor candidato populista Ollanta Humala.

“O ganan los pobres o perdemos todos”, ha advertido Alan García en apoyo de sus medidas de austeridad y de sus reclamos de mayores concesiones a los empresas.

Y tiene razón. Es una de las cosas que ha aprendido para esta segunda oportunidad, la que sabe, también es la última.

(Periodista uruguayo).

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