Las cifras son elocuentes. Petróleos Mexicanos, Pemex (Nº 1 en el ranking de AméricaEconomía), Petróleos de Venezuela, Pdvsa (Nº2) y Petróleos de Brasil, Petrobras (Nº3) —las tres compañías que desde hace quince años vienen liderando ininterrumpidamente el Ranking de las 500 Mayores Empresas de AméricaEconomía— sumaron el año pasado ventas por nada menos que US$ 230,142 millones, más que los PIB de Argentina y Chile, por ejemplo.
No sólo eso. La facturación de las tres gigantes sumadas superó en US$54,798 la registrada en 2004, un fiel reflejo de los altos precios del petróleo en el mercado internacional. Sin embargo, estos números están lejos de quitar a Pemex, Pdvsa y —algo menos— Petrobras del centro de los debates. ¿La razón? Por un lado, para algunos analistas las grandes petroleras de la región siguen escondiendo ineficiencias que les harán difícil la tarea de seguir creciendo en el mediano y largo plazo en un negocio cada vez más limitado a los peces grandes. Por el otro, hay cada vez más voces que se alzan pidiendo meter mano en la llamada renta petrolera como forma de paliar las dramáticas condiciones sociales en las que viven millones de brasileños, mexicanos y venezolanos.
Ambos —los que piden mayor autonomía para las empresas y quienes abogan por mayor intervención estatal— deberán seguir esperando. Mientras las grandes petroleras de la región sigan beneficiándose de los altos precios del petróleo como lo hicieron durante el 2005, lo más probable es que las empresas no realicen grandes cambios a sus modelos de gestión y hagan caso omiso a las presiones en uno y otro sentido.
México es un ejemplo paradigmático. Con una de las tasas de recaudación impositiva más bajas del mundo y una demorada reforma tributaria durmiendo en los cajones del Parlamento mexicano, Pemex sigue aportando buena parte de los ingresos fiscales. “Los ingresos petroleros del Fisco mexicano representan aproximadamente el 38.5 por cieno de las entradas totales del gobierno”, dice José Antonio Cerro, profesor e investigador del Departamento de Estudios Empresariales de la Universidad Iberoamericana (UIA), en Ciudad de México.
carga pesada
Guillermo Ortiz, gobernador del Banco Central de México, expuso hace unos meses el problema con cifras contundentes: de cada 100 pesos mexicanos que aporta Pemex al Fisco, sólo 10 se invierten en obras de infraestructura y los 90 restantes son utilizados para financiar gasto corriente federal. La falta de inversiones termina, como siempre, pasando la factura. Durante 2005 México exportó petróleo crudo por casi US$31,900 millones, pero debió importar gasolina por US$4,430 millones. Sin un caudal de inversiones que aseguren una suficiente capacidad de refinación, el país está obligado a importar derivados del petróleo a un precio más alto que el que muestran sus exportaciones de crudo.
Con esa carga sobre sus espaldas, no sorprende que durante el año pasado Pemex haya multiplicado sus pérdidas a US$7,077.8 millones, cinco veces más que en el 2004. Al menos un paliativo a esa pesada carga podría provenir de otro proyecto que duerme en el Congreso mexicano y que busca que Pemex comience a pagar impuestos sobre la base de sus ganancias en lugar de hacerlo sobre la base de su gasto corriente, como lo hace en la actualidad, lo que le obliga a endeudarse para financiar su carga tributaria.
Los índices de eficiencia también brillan por su ausencia en Pdvsa, el quinto exportador de petróleo del mundo, según datos de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo). La productividad de la petrolera venezolana, que llegó a ser considerada como una de las más eficientes del mundo, continuó en declinación durante el 2005. La pregunta del millón que sigue sin responderse es qué pasará con Pdvsa cuando la bonanza petrolera termine. Y qué con Venezuela cuando deje de percibir el enorme flujo de divisas que actualmente ingresa a su economía. “El Gobierno venezolano no está invirtiendo en capacidad productiva y eso nos está haciendo perder una gran oportunidad”, dice Robert Bottome, director de la publicación especializada Veneconomía, en Caracas. “En lugar de crear más trabajo y oportunidades para el futuro, el gobierno de Hugo Chávez ha estado invirtiendo para que los venezolanos comamos por un día y luego volvamos a ser pobres”.
lógica política
El problema es que Pdvsa se convirtió en la caja con la que Chávez está financiando el proyecto de expandir su figura por buena parte de la región. “Pdvsa está manejada por la política del Gobierno Central y no por una lógica comercial”, dice Patricia Garip, editora regional de Argus Media Group. “La estatal venezolana necesita autonomía y ejecutivos que tomen decisiones en función de lo comercial y no de lo político”.
Otra vez la excepción es Petrobras, la petrolera de más alto crecimiento en el ranking de las 500 Mayores Empresas de AméricaEconomía, con un salto del 43.2 por ciento registrado en 2005. La empresa quedó a un paso de alcanzar el autoabastecimiento sacando rédito de las fuertes inversiones dirigidas a instalar refinerías en Brasil durante los últimos años. Además, en 2005 la estatal aumentó en 57 por ciento su inversión social y ambiental, con un total de US$225 millones. Sin embargo, en tiempos en que los precios del crudo rozan las nubes, surgen cada vez más voces que claman por un mayor reparto de la renta generada por la petrolera. Y esos reclamos provienen muchas veces del propio partido de gobierno. Eduardo Suplicy, senador del Partido de los Trabajadores (PT), propuso hace tres años instituir un fondo brasileño de ciudadanía para asegurar una renta básica a todos los habitantes del país con dinero proveniente, en parte, de los royalties por la explotación de recursos naturales. Pero para Luiz Caetano, analista de inversiones de Banif Investment Banking, la idea de que Petrobras comparta sus ganancias para equilibrar la amplísima brecha social de Brasil no es válida. “Petrobras no es una empresa 100 por ciento brasileña”, dice. “Tiene control estatal, pero el gobierno no tiene la mayoría del capital, por lo tanto, el lucro de Petrobras no es del Estado, sino de la propia empresa”.
Eso, quizás, le permite alcanzar mayores niveles de eficiencia que Pemex y Pdvsa. Aunque la decisión del gobierno boliviano de nacionalizar los hidrocarburos en el país es un golpe que afectó a la petrolera brasileña, en tiempos de bonanza esos problemas parecen menores. Pero, se sabe, los buenos tiempos nunca son eternos. Cuando lleguen las malas noticias, las ineficiencias ocultas de hoy seguramente volverán a salir a la luz. Y los tirones, quizás, sean otros.
Con Luciano Alarcón.