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Encarcelados en su propio país

Las autoridades comunistas de Cuba y la población cubana se preparan para lo inevitable: la muerte de Fidel Castro, el tirano que por 47 años ha sometido a su pueblo a la esclavitud política y convirtió a la antigua Perla de las Antillas en una gigantesca cárcel de donde es muy difícil escapar.

Se suponía que el gobierno revolucionario erradicaría el terror de Estado que había impuesto la tiranía de Fulgencio Batista, así como la pobreza y la injusticia, la brecha entre pobres y ricos. Pero lo que hizo la nueva tiranía de Castro, fue imponer un régimen orweliano y establecer la igualdad para más del noventa por ciento de la población, sólo que en el nivel del pauperismo.

Cuando Fidel Castro tomó el poder, Cuba era la nación más próspera del Caribe, así como Nicaragua era la más próspera de Centroamérica cuando subieron al poder los comandantes sandinistas. 47 años después del triunfo de la revolución cubana, los pobres son allí más pobres que nunca, trabajan duro para subsistir y mantener el lujoso estilo de vida de los burócratas civiles y militar que conforman el poder comunista, los cuales compran en tiendas dolarizadas productos que antes eran accesibles para todos, algo así como la Tienda Diplomática que había en Nicaragua en tiempos del sandinismo.

Cuba es hoy un país lleno de pobres encarcelados en su propio país. El régimen cubano persigue implacablemente a los disidentes políticos y periodistas independientes y no admite ningún tipo de crítica. La ley del bozal se aplica sin rubor ni contemplaciones. Por eso es que los cubanos en el exilio celebran públicamente la proximidad del inevitable fin del dictador. Ellos pueden hacerlo sin temor de ser vapuleados ni encarcelados. Los cubanos de dentro del país no, aunque muchos celebran en la interioridad de sus casas, en voz baja y con un sentimiento que va de la euforia a la ansiedad, porque las fuerzas de seguridad comunista podrían desatar una caza de brujas.

De hecho el Ejército y las milicias de Cuba están en alerta máxima ante una supuesta invasión de Estados Unidos. Pero no hay ni habrá tal invasión. Esta ha sido la estrategia de siempre para justificar el Estado policía que los comunistas han impuesto por casi cinco décadas. Estados Unidos no va a invadir Cuba. De haberlo querido hacer lo habría hecho hace años. Sin embargo Fidel Castro no es la razón que detuvo la invasión norteamericana a Cuba. Es obvio que Estados Unidos optó correctamente porque sea el mismo pueblo cubano el que se sacuda de encima ese régimen abusivo, autoritario, irrespetuoso de la dignidad humana, violador de los derechos ciudadanos fundamentales, ineficiente e incapaz de crear riqueza y desarrollo, dependiente de regalías externas.

Cuando la antigua URSS se desintegró, la economía cubana se vino al suelo y el pueblo literalmente pasó hambre. Los cubanos de adentro tienen, pues, razones para estar jubilosos porque tienen la esperanza de que el final del túnel está cerca. Sin perjuicio de que, por razones obvias, en la isla algunos cubanos ante preguntas tontas de CNN dicen con fingida emoción que están cerrando filas alrededor de “papá Fidel”.

Invasión no habrá aún cuando la desaparición de Fidel Castro sólo signifique la continuación del sistema comunista con otros líderes y modalidades, como en China después de Mao, en Vietnam después de Ho Chi Minh y en Corea del Norte después de Kim Il Sung. Pero eso no impide que haya una gran esperanza en que el fin de Castro abra el camino a una transición hacia la libertad y la democracia.

Los cubanos deben tener la oportunidad de elegir libremente el sistema de gobierno que desean. Esta es la esencia de la democracia. Y deben tener la posibilidad de expresarse, de recibir y dar informaciones sin restricciones de ninguna clase, de escoger las opciones políticas e ideológicas que quieran, así como de movilizarse sin obstáculos por todas partes, dentro y fuera de su país. Esa es la esencia de la libertad.

Fidel Castro es el principal impedimento para la construcción de una Cuba libre, democrática, próspera y moderna. Pero este caudillo cavernario pertenece a un pasado que será superado. Ojalá que la desaparición de Castro sea el comienzo del amanecer para la patria de Martí.

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