Un comando israelí secuestró a cinco presuntos milicianos de Hezbolá en un ataque en el sur de Líbano, mientras una lluvia de 190 cohetes se abatió sobre el norte de Israel, donde algunos de los proyectiles cayeron incluso a 60 kilómetros de la frontera.
Esta escalada, que incluyó también violentos combates en el sur del Líbano, coincidió con un progreso muy lento por parte de la comunidad internacional hacia la regulación del conflicto que, sin embargo, y según dijo el ministro israelí de Justicia, Haim Ramon, debería proseguir hasta “finales de la próxima semana”, es decir, hasta el 12 de agosto.
Por el momento, Israel intensificó sus operaciones terrestres para neutralizar al movimiento chiita y calmar así la impaciencia de Estados Unidos, cuya Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, consideró deseable un alto el fuego en Líbano “dentro de algunos días”.
Esa intensificación hizo que el Estado hebreo llevase a cabo una operación en Baalbek, uno de los feudos de Hezbolá, a unos 100 kilómetros de la frontera líbano-israelí.
Un comando helitransportado aprovechó la oscuridad de la noche para adentrarse en territorio libanés —en la incursión más profunda desde el comienzo de la ofensiva, el 12 de julio— y secuestrar a cinco miembros de Hezbolá.
“Emprendimos esta operación para demostrar que podíamos golpear en cualquier parte del Líbano”, declaró el jefe del Estado Mayor israelí, Dan Halutz, quien desmintió que el objetivo de la operación hubiera sido la captura de un dirigente de la milicia chiita.
Esta última negó el secuestro de sus miembros y calificó la operación israelí de “fiasco”.
La policía libanesa, por su parte, confirmó que el ataque israelí, acompañado de intensos bombardeos, acabó con la captura de cinco civiles y la muerte de 16, siete de ellos niños.
Entretanto, en el sur del Líbano, la aviación israelí bombardeó objetivos de Hezbolá para apoyar sus unidades terrestres que participaban en violentos enfrentamientos con los combatientes del partido chiita en tres frentes.
En Líbano, más de 800 personas han muerto, 800 mil han sido desplazadas y las pérdidas llegan a más de US$2,500 millones.