“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y con ello una orientación decisiva”.
(Benedicto XVI)
Hoy me desperté bastante animado, pensando en lo que implica para mi propia vida el gran acontecimiento de la Resurrección de Cristo. Y veo que la Resurrección constituye francamente un auténtico reto y un serio compromiso de resucitar yo, como persona, según mis propios dones, características y circunstancias, ¡hoy mismo!
Lo que da VIDA a la vida del cristiano es ese encuentro personal con Cristo, único vencedor de la muerte. Vivir todos los días esa dinámica de la transformación por la que, progresivamente, el creyente se va transfigurando, —tomando la “forma” de Jesucristo, luego del encuentro con Él. Sus criterios, sus valores, su modo de proceder.
A un muchacho le pregunté: “¿Cómo vas en tu relación con Dios? ¿Te pareces a tu hermana?” Y me respondió: “No, yo no me parezco a mi hermana, pues ella desde que anda “en esas cosas” ha tenido un cambio increíble, del cielo a la tierra”. La hermana del joven fue por varios años atea, pero al encontrarse con Jesucristo dio un nuevo horizonte a su vida, a tal grado, que hoy por hoy se ha consagrado a la evangelización “en compañía de María”, según su propio testimonio.
“Tal vez nunca fui propiamente atea —me confesó un día la joven— sino que en el fondo rechazaba el Dios terriblemente justiciero y demasiado severo que me presentaban”.
Hoy me desperté pensando cómo resucitar con Cristo... Y vino a mi mente la figura de San Pablo, quien exclamaba: “Para mí, el vivir es Cristo”. Toda resurrección personal comienza con un encuentro con el Cristo vivo, con el Dios que nos ama, ¡salvándonos!