Hasta el día de hoy, los que querían estudiarse el Corpus Hermeticum en una edición crítica, con el texto original, no a través de las innumerables ediciones de dos reales que circulan en las librerías de ciencias ocultas tenían a su disposición la clásica edición de Les Belles Lettres, a cargo de A.D. Nock y Andr-Jean Festugire, publicada entre 1945 y 1954 (una edición anterior era la traducción inglesa de Walter Scott, Oxford, 1924, de la que existe traducción castellana).
Resultó una hermosa empresa editorial que el Corpus lo publicara Bompiani el año pasado, en la colección que dirige Eugenio Reale: se retomó la edición crítica Belles Lettres, a la que se le añadieron textos que Nocky Festugire no podían conocer, es decir, algunos textos herméticos de los códigos de Nag Hammadi y, para quien tenga ganas de controlarlo todo, se incluye el texto copto, gracias a la labor de la editora, Ilaria Ramelli.
Aunque estas 1,500 páginas se ofrecen por 35 euros nada más, sería algo pedante aconsejarlas como libro que todos pueden devorar antes de conciliar el sueño. Se trata de un insustituible y precioso instrumento de estudio, pero los que quisieran saborear el perfume de los escritos herméticos podrían conformarse con la edición de uno solo de ellos, el Poimandres, por ejemplo (hay una versión castellana en Aguilar, Buenos Aires, 1973).
En cualquier caso, es apasionante la historia del Corpus Hermeticum. Se trata de una serie de escritos atribuidos al mítico Hermes Trismegisto: el dios egipcio Toth, Hermes para los griegos y Mercurio para los romanos, inventor de la escritura y del lenguaje, de la magia, de la astronomía, de la astrología, de la alquimia, y luego identificado incluso con Moisés. Naturalmente, estos tratados eran obra de autores distintos, que vivieron entre el segundo y el tercer siglo después de Cristo en un ambiente de cultura griega alimentada por una cierta espiritualidad egipcia, con referencias platónicas.
Está ampliamente demostrado que los autores son distintos por las numerosas contradicciones que se encuentran entre los varios libelos; el hecho de que se trataba de filósofos helenizantes y no de sacerdotes egipcios, lo sugiere el que en los tratados no aparezcan referencias de peso ni a la teúrgia ni a forma alguna de culto de tipo egipcio. La fascinación que esos textos ejercen sobre muchas mentes sedientas de nueva espiritualidad se debe al hecho de que, como anota Nock en su prefacio, representaban “un mosaico de ideas antiguas, a menudo formuladas mediante alusiones breves y... que carecen tanto de lógica en el pensamiento como de pureza clásica en la lengua”. Como pueden ver (les pasa también a muchos filósofos modernos) el borborigmo está hecho adrede para desencadenar la deriva infinita de las interpretaciones.
Estos breves tratados (excepto uno, el Asclepio, que desde hacía siglos circulaba en latín) permanecieron durante mucho tiempo olvidados hasta que en 1460 llegó a Florencia un manuscrito, en pleno período humanista, justo cuando se miraba a una sabiduría antigua y precristiana. Fascinado, Cósimo de Medicis le encarga la traducción a Marsilio Ficino, que titula la obra Pimandro, por el nombre del primer tratado, y la presenta como obra auténtica de Trismegisto, fuente de la más antigua de las sabidurías de la que no sólo el mismísimo Platón, sino incluso la misma revelación cristiana habían bebido. Y he aquí que empieza la extraordinaria fortuna e influencia cultural de estos escritos. Como decía Frances Yates en su libro sobre Giordano Bruno, “este enorme error histórico estaba destinado a producir resultados sorprendentes”.
Ahora bien, se da el caso que en 1614 el filólogo ginebrino Isaac Casaubon demuestra con argumentos incontrovertibles que el “Corpus” no es sino una colección de escritos tardo helenísticos, cosa que tampoco hoy ponemos en duda. La historia realmente extraordinaria es que la denuncia de Casaubon se queda limitada a los ambientes de los estudiosos, pero no incide ni un milímetro en la autoridad del Corpus. Basta con ver el desarrollo de toda la literatura ocultista, cabalista, mística y precisamente “hermética” de los siglos sucesivos (hasta insospechables autores de nuestro tiempo): se ha seguido considerando el “Corpus” como producto, si no del mismo y divino Trismegisto, por lo menos de una sabiduría arcaica sobre la que se puede jurar como sobre el Evangelio.
La historia del “Corpus” me volvía a la cabeza cuando salió “The Plot” de Will Eisner (“La conspiración: la historia secreta de los protocolos de los sabios de Sion”): Eisner, uno de los genios del cómic contemporáneo fallecido justo mientras el libro estaba en galeradas, cuenta por texto y por imágenes las historias de los Protocolos. La parte interesante de su relato no es tanto la de la fabricación de este texto antisemita, sino precisamente lo que sucedió después, cuando el Times en 1921 y sucesivamente todos los estudiosos demostraron y escribieron por doquier que se trataba de una falsificación. Diría que fue justo entonces cuando los “Protocolos” intensificaron su circulación en todos los países y se los tomaban más en serio (basta navegar en Internet...). Señal de que, se trate de Hermes o de los sabios de Sion, la diferencia entre verdadero y falso no le interesa a quien tenga el prejuicio, las ganas, el ansia de que le sea revelado un misterio, algún turbador preludio en el cielo o en el infierno.