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La desesperanza obsesiva de Rubén
Fernando José Bárcenas Molina
El autor es ingeniero eléctrico

Impresionado hondamente por la muerte de Martí, que cayó en combate el 19 de mayo de 1895, en Boca de Dos Ríos, como jefe supremo del levantamiento en armas contra la dominación española de Cuba, exclama Rubén en Los Raros en líneas que él mismo dice le salen atropelladas del corazón y del cerebro: “¡Maestro! ¿Qué has hecho?”. Y con los puños apretados, se vuelve a América Latina: “Somos muy pobres. Quien murió allá en Cuba, era de lo mejor de lo poco que tenemos nosotros los pobres”.

Cuando agonizaba, a su vez, Rubén, en la casa deshabitada y sucia de León, en la cual murió el 6 de febrero de 1916, se califica a sí mismo, sin arrogancia alguna, como uno de los tres poetas universales más grandes de su época. Para Nicaragua, más pobre aún, el peso de este intelectual abruma. Comprender el significado de su obra requiere no sólo una cultura vasta, sino una educación estética de la imaginación.

De niño, Rubén aprendió a tocar el acordeón y el piano de oídas. Es un placer selecto dejar que la voz descubra sola la cadencia y la música del verso, y encuentre, al leer a Darío, esa habilidad musical innata. Escribía Rubén en su autobiografía: “Yo escucho todas las armonías. Tengo la percepción del filósofo que oye la música de los astros. No sé porqué, pese a sus particularidades de ejecución, Sonatina no ha tentado a algún compositor a ponerle música”.

Convulsiona las costumbres poéticas, renueva el léxico, influido por los simbolistas, que proclaman que la imaginación es el modo más auténtico de interpretar la realidad, remoza las metáforas, la versificación y las cadencias del verso. Para la nueva poética del símbolo, según lo expresa Mallarmé, el lenguaje encierra combinaciones matemáticas, a partir de su propia musicalidad. No obstante, para Rubén, la poesía, además de producir sonoridades musicales, es una obra de arte, es decir, posee una función estética, cuyo único propósito es buscar belleza. De ahí que Rubén escriba: “La melodía de la selva halla un eco en mi corazón”. Y llore al Maestro perdido en Cuba, sin comprender al patriota.

Rubén proclama en Cantos de Vida y Esperanza que el arte es capaz de restablecer la armonía divina, y de redimir, así, las contradicciones humanas. Más que la realidad, la obra de arte refleja para Rubén, el mundo intimista del artista que busca lo espiritual.

Es obligación del poeta producir en otros emociones estéticas, y Darío lo consiguió con su “técnica” y su entonación. Podría afirmar, Rubén, como Zaratustra: “Yo he sido el primero en descubrir el arte del gran ritmo, el gran estilo de los períodos para expresar un inmenso altibajo de pasiones sobrehumanas”.

Sin embargo, además de decir lo bello, había que decir lo bueno, como escribía Víctor Hugo. La introspección es para el artista la búsqueda solitaria de la verdad y de la inspiración. Todo espíritu creativo escarba en su interior (ya lo decía Petrarca en su tratado sobre los placeres de la vida solitaria).

Nietzsche revela, también, esa llama superior del alma desnuda que se dedica a pensar con disciplina: “Ningún triunfador cree en el azar. Esta es mi soledad: estar rodeado de luz. ¡Cómo mamaría de los pechos de la luz! ¡Qué silencio rodea a todos los que brillan!”.

De forma semejante, Rubén expresa: “La torre de marfil tentó mi anhelo; quise encerrarme dentro de mí mismo y tuve hambre de espacio y sed de cielo desde las sombras de mi propio abismo.

Ciertamente, además de la musicalidad, que es propia de los versos de Rubén, su poesía de madurez encierra reflexiones hondas que emanan de sus íntimos instintos, del hambre de espacio y sed de cielo, y pugnan por mostrar las contradicciones de esta existencia superior y creativa.

Rubén comenta en La Historia de mis Libros: Cantos de Vida y Esperanza encierra las esencias y savias de mi otoño. Hay demasiada desesperanza”.

Vemos al cisne aquí, símbolo de la poesía, anteriormente inmaculado y casto, atascado ahora entre los charcos de la melancolía y de la duda; o retorcido, por la lujuria, entre los blancos muslos de Leda. A la superioridad de su genio se une el alma de una personalidad obsesivo-compulsiva que le somete a la fijación en el licor o en el anhelo sexual. Son los azoramientos del cisne entre los charcos.

“Sabia de la Lujuria exploras los recodos más terribles y oscuros. La vida se soporta, tan doliente y tan corta, solamente por eso: ¡roce, mordisco o beso! ¡Toda lucha del hombre va a tu beso, por ti se combate o se sueña!”.

“Quiero expresar mi angustia en versos que abolida dirán mi juventud. Yo, pobre árbol, produje, al amor de la brisa. Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa. A pesar del tiempo terco, mi sed de amor no tiene fin; con el cabello gris me acerco a los rosales del jardín...”.

Se nutre, esta poesía, llena de armonía, de los versos que también Homero (portavoz y adalid nuestro) recitaba diariamente: “Concédeme que esta mujer rechace el amor y el lecho de los mancebos y se deleite con los ancianos de sienes canosas, cuyas fuerzas se han debilitado, pero cuyo ánimo apetece todavía”. La vida se soporta, decía Rubén, solamente por eso.

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