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Mozart: la perfección y el drama
Alejandro Serrano Caldera
El autor es jurista y filósofo nicaragüense

Mozart es sinónimo de per-

fección. Si alguna vez ha existido la música perfecta ésta la ha escrito él. Equilibrio, sonoridad, transparencia, limpieza, racionalidad en la relación entre armonía y melodía, son atributos que se confieren siempre a esa increíble conjunción en donde la abundancia de la producción no disminuye su asombrosa calidad.

Este genio, para algunos el más grande que haya existido, nació en Salzburgo el 27 de enero de 1756 y murió en Viena el 5 de diciembre de 1791 a la edad de 35 años. En el poco tiempo de su existencia abarcó todos los géneros musicales de su época y abrió los caminos para la más grande revolución musical; la revolución romántica. Cuartetos, quintetos, sextetos, óperas, conciertos, sinfonías, adquirieron a través de su magia y sensibilidad su plena madurez, a la vez que señalaron la posibilidad de nuevas rutas que recorrería, a partir de entonces, la creación musical.

Para algunos, como Haydn, es el músico más grande de la historia, para otros, comparte con Bach ese privilegio, aunque no faltan opiniones que, junto al mérito excepcional de su genio, le atribuyen la virtud de haber abierto el fecundo camino de posibilidades musicales que transitaría Beethoven, cúspide de la creación en este arte.

Niño prodigio cuyas primeras composiciones se producen cuando tenía 5 años, fue, además, un extraordinario concertista del piano y el clavicordio desde su más tierna infancia, maravillando con su temprano y excepcional dominio del instrumento musical a los más selectos y exigentes conocedores de la música y a los emperadores y reyes de las cortes europeas de su tiempo.

En cierto momento su genio como concertista entró en pugna con su genio como compositor. Ambos exigían, y exigen, absoluta y exclusiva dedicación. El genio del compositor se fue imponiendo paulatinamente y el niño prodigio de la interpretación fue cediendo el paso al joven compositor que habría de llevar la música a las mayores alturas hasta entonces, y quizás hasta ahora, conocidas.

De su incontenible inspiración brotarían, entre otras, sonatas para piano, serenatas, óperas como Don Giovanni, las Bodas de Fígaro y la Flauta Mágica, el Concierto para Piano No. 21, las sinfonías 40 y 41 y el incomparable Réquiem en re menor, con su belleza profunda y trágica que parece recordarnos que si la vida es efímera el arte es eterno y que si el ser humano es perecedero, el arte que él crea permanece por siempre.

Pienso que el Réquiem está por encima de toda su creación y es, desde mi punto de vista, junto a dos o tres obras más, la cúspide de la creación musical de todos los tiempos. No obstante, la perfección, apreciada como el rasgo principal y el más general de su música, aparece como algo sobrehumano y, en cierta medida inhumano, pues lo perfecto está fuera de la naturaleza del hombre. El equilibrio impecable de sus composiciones y la sensación de que todo está en su lugar, de que cada nota, cada escala, cada acorde, está en el sitio exacto, milimétrica y matemáticamente establecido, le quita a su obra, a excepción del Réquiem y alguna otra de sus creaciones, el sentido trágico y el drama de las pasiones que nacen, precisamente, del imperfecto, atormentado y a veces feliz corazón humano.

Y es que el arte es el elemento de divinidad que existe en la frágil y perecedera materia humana, pues aquél, aunque nace de la realidad, la trasciende al crear un nuevo mundo de sonidos, colores o palabras construido con las emociones, pasiones e ilusiones del alma. Psique es el nombre que los griegos dieron al alma, y Platón buscó la eternidad en las ideas puras, inmutables e incorruptibles que moran en el topos uranos, misterioso y a la vez luminoso reino de la perfección.

Sin entrar en el debate filosófico sobre la preeminencia de las ideas o los sentimientos, nos interesa anotar que, de alguna forma, el movimiento romántico, y sobre todo el movimiento romántico en la música, fue un regreso consciente o inconsciente, a los griegos pre-socráticos del mito y de la música dionisíaca, no por la semejanza de los contenidos melódicos, las formas armónicas, o la estructura general de la composición, que nada tienen que ver en uno y otro caso, sino en tanto reivindicación de la sensibilidad frente al imperio racional establecido desde la filosofía socrática, en términos generales interrumpido durante la Edad Media y restaurado con el racionalismo de Descartes y el subjetivismo y el yo trascendental de Kant, principalmente.

Mozart fue un precursor del romanticismo musical que alcanzaría su cúspide en Beethoven, principalmente en el de la Quinta y la Novena sinfonías, pues posiblemente la Tercera sinfonía, La Heroica, marque el punto de inflexión con la tradición musical de su tiempo y el inicio del Beethoven romántico. Igualmente siento la fuerza de la corriente romántica en las sonatas para piano, particularmente en Claro de Luna y la Sonata Patética.

No obstante la reafirmación del sentimiento, la sensibilidad y la pasión en el movimiento romántico, la construcción mozartiana, y de ella no estuvo exento el romanticismo musical que le sucedió, es una síntesis entre la pasión y la razón, y en el caso de Mozart, creo que el equilibrio, la estabilidad y el balance entre los diferentes componentes anímicos de sus creaciones, son la característica predominante de su obra. Por eso Mozart no es plenamente romántico ni el romanticismo totalmente mozartiano, pero sin duda, Mozart abre las puertas al romanticismo en la música y éste se inicia en los espacios que su música deja abiertos.

Mozart es la cúspide y a la vez el puente entre dos mundos, dos visiones y dos sensibilidades, pero sin duda alguna prevalece en él la perfección y la organización. Lamartine, dice que la música de Mozart es “la más perfecta organización musical en una naturaleza mortal”.

Sin embargo, la tan aludida perfección de Mozart no debe llevarnos a pasar completamente por alto la raíz sentimental de su obra, sobre todo, ya la dijimos, en el Réquiem, y en algunas de sus 50 partituras sinfónicas como la Sinfonía No. 40, la Sonata en mi menor, la que según Albert Einstein “nace de las regiones más profundas del sentimiento... de un carácter que toca lo dramático de ese universo inquietante al que Beethoven ha abierto las puertas”.

La perfección de Mozart es, por así decirlo, como la eternidad que se repite a sí misma. En lo perfecto queda abolido el tiempo y la evolución. La perfección es el cielo y en el cielo no hay progreso, pues todo está ya realizado, se ha alcanzado la cúspide a lo que algo puede aspirar y puede llegar, es el non plus ultra de toda ilusión y toda acción. En consecuencia lo perfecto es inhumano, porque lo humano es perfectible sin alcanzar la perfección.

Pero ¿hasta dónde es cierto que la música de Mozart carece de pasión? ¿hasta dónde la perfección la deshumaniza? Creo que si existe una obra humana y divina a la vez, esa es el Réquiem. En él, como en ninguna otra obra de la música, el alma sufre con los dolores y pasiones de este mundo y vive en la luz eterna de la divinidad. Sombra y luz, misterio y destello refulgente alcanzan a la vez su mayor altura y su mayor profundidad en las notas solemnes, graves, vibrantes del Réquiem, en las voces del coro que se elevan a las alturas, “dales el descanso eterno, Señor, y que la luz perpetua los ilumine”... “Señor ten piedad, Cristo ten piedad” y las voces estremecedoras del Dies irae que sentencian, “día de ira aquel día en que los siglos serán reducidos a cenizas”.

El drama entre lo humano y lo divino se debate en las diferentes partes de la obra, desde las primeras notas de la orquesta, lejanas y sombrías y las voces iniciales del coro, graves y profundas, hasta las últimas del Agnus Dei, sendero de luz y sombra por el que transita Mozart hacia la inmortalidad de su arte.

Creo que el Réquiem no es la perfección divina, absoluta y total, sino la síntesis entre lo perfecto y lo imperfecto, lo humano y lo divino, la más honda de las profundidades y la más elevada de las alturas. Todo ello se da en la más humana y a la vez más divina de todas las creaciones de la música, en el genio de Mozart que hizo posible una obra eterna escrita por un ser moribundo, que ante los dinteles de la muerte, su propia muerte, abrió a la humanidad las puertas de la belleza infinita.

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