Vamos acercándonos a la casita vergel de la Centroamérica. La L-835, donde vive Chepito Cuadra Vega y su amada, amantísima doña Julia. Al traspasar el jardincito de flores franciscanas, subiendo los tres peldaños del porchecito, casi en el dintel de la puerta, un círculo de luz —como esos que enfocan a los divos y divas en los teatros notables—, cae sobre nosotros. “Parece que adentro se presenta una obra de teatro en la que participamos”, dice en voz baja Sancho
Ya es la hora de apagar, doña Julia.
Sí. Ya es la hora de apagar ciertamente, don José.
Al penetrar la casita se transforma en retablo, un retablo fantástico. La iluminación brota de cualquier lugar sin necesidad de focos ni otros artefactos. La música es celeste, suave, acariciante. Los personajes aparecen y desaparecen como tocados por la varita mágica de “Campanita”, el hada diminuta protectora de Peter Pan, el niño que, como Josecito, nunca creció y fue niño para siempre.
Acomodados de alguna manera entre los espectadores están los poetas José Coronel Urtecho, Fernando Centeno Zapata, Pablo Antonio Cuadra, Carlos Martínez Rivas, Juan Aburto, Mario Cajina y el Negro Bravo. Son espíritus palpables, amigos que dijeron cosas, que se metieron en la vida de Josecito.
En otro rinconcito están a la expectativa la poetada que acudió un día en tropel a degustar el sabroso mondongo que preparó con amor doña Julia. Fue ahí donde el poeta Álvaro Urtecho se lanzó él solito, doce panas de esa sopa, porque la amantísima esposa de Chepito la hizo con “su soplo de ama, de ama de casa que ama”.
De repente aparecen las poetisas que aman a Chepito, ahí están, la Daysi, la Ana Ilce, la Gioconda, la Martita, la Michelle, la Chayito y otras, llegan hablando más que chachalacas en palo de jocote. Los presentes lanzan a coro un “Shiiiit”, ellas se callan, qué educadas son.
Sentaditos en sus mecedoras Chepito y doña Julia, espectadores de lujo en la diminuta platea. Entre ellos echadita la fiel perrita “Muñeca”, colochona, negrita, cadenciosa y coqueta. Para disimular el nerviosismo Josecito ha tomado la mano de doña Julia, para que todos crean que es ella la nerviosa, cuando en realidad él es el tembloroso.
ACTO I - CHEPITO NIÑO
Sube suavemente el telón. De una casa granadina salen en tropel nueve cipotes, son los hijitos de doña Chepita Vega Fornos. El último en salir es Chepito, flaquito, tristito, un poco solitario. Viste un pantalón chingo color azul, de tirantes para no gastar en faja, una camisa blanca de manta y zapatos tenis baratos.
Se queda sentado en la acera jugando un solitario de “Chivo Escondido”, pero nadie le hace caso.
Otra escena nos traslada a diciembre, Chepito balbucea cantos a una Virgen que todavía es implume. Polluela. Le dan cañas y cañazos, se retira carilarga —que él siempre fue así— porque tiene que escribir una carta a Dios, que en ese tiempo estaba chiquito.
ACTO II - LA CELOSÍA
Nos vamos a Masaya. Una ventana de celosía. Chepito ha crecido y a través de las reglas ve pasar a las chavalonzonas de un colegio de monjas, que en aquel tiempo eran chavalitas. Sus ojillos de ratón en hoyito giran locos al ver que pasa una chavala preciosa, es la Julita Robleto. Se atreve Josecito a lanzarle un tímido “adiós” protegido por la celosía. Ella, viviana que es, ya lo ha visto y responde “adiós”. Pronto la Julita da chance para la declaración populuca, trabada, apendejada de Chepito: “Me gusta usted doña Julia”, “Y usted a mí don José” y de repente muy jóvenes ambos dos, están frente al altar confesándose casto, pudoroso amor.
Entra una ráfaga de tiempo que traslada a Josecito a las selvas del Mistrok. Lo vemos como hábil “ponedor de inyecciones” en el dispensario médico de Siuna. Algunos ya le dicen “doctor” y Josecito saca a relucir un incipiente lenguaje escatológico que después aplicará en sus futuros poemas. “¿Doctor yo? Mata chancho será”.
ACTO III - POETA TARDÍO
Han transcurrido setenta años. Al escenario van entrando silenciosos otros personajes, el primero es un hombre muy viejo que aparenta estar muy dolido y cansado, es Dios, amigo fiel de Chepito. Lleva en la cabeza un viejo sombrero de palma lleno de agujeros. Su barba es de tirabuzones sucios, pues esas largas jornadas que emprende periódicamente no le dejan tiempo para el baño. Sucia también su cotona y el antiguo pantalón de dril. De sus caites brotan como jocotes guaturcos los dedos de sus pies, todos chatos, renegridos, con niguas y uñas que parecen garfios. Se acomoda allá en una esquinita.
Entra una campesina blanquita, boca chiquita, ojos negros preciosos con cejas y pestañas bien alisaditas. Es la Virgen Pájara, con una falda de tafetán azul, blusa de poplín blanco con adornos de trencillas azules. Es de una belleza triste, como el rosario de cuentas mochas que cuelga de su cintura. Lanza un hondo suspiro al ver a Chepito sentadito al lado de su doña Julia. Callada va y se sienta al lado de Dios.
Con ambos dos Josecito entabla prolongado diálogo —que no cabe aquí por su tamaño—, y va apuntando las respuestas de sus invitados. Dios y la Virgen le hablan de la poesía y él cree que lo anotado es poesía. En el cuadro siguiente aparece Chepito leyendo unos “Poemas para doña Julia” y el “Canto a la Virgen Pájara María”. Ya se siente poeta. La poetada presente le escucha haciendo grandes aspavientos de aprobación, luego desfilan ante Josecito endilgándole cada uno —como antes lo hacían las hadas madrinas ante la cuna de las infantas reales—, atinados adjetivos, le llaman “poeta tardío”, “poeta de las palabras”, “candoroso”, “de adusta perfección” y otras lindezas. Chepito acepta los elogios con una risita de Lindo Pulgoso.
ACTO IV - MUSAS DE LA GLEBA
Entran apelotonadas, pero en silencio, “las pobrecitas pajaritas tristes de alas rotas” amigas de Josecito que las califica de cuchilleras, pendencieras, chelineras, cantineras, aborteras, parranderas, ladronas, semiladronas, ángeles y semiángeles.
Ahora están silenciosas. Sólo logramos identificar a la “Tabla con Hoyo”, a la “Tacón Alto” y la “Chorro de Humo”.
Chepito no encuentra cómo disimular ante la mirada escrutadora de doña Julia que con mucho disimulo le da un pellizco en el brazo izquierdo.
De la petada emerge José Coronel. “Bueno —dice— estamos aquí para celebrar la apoteosis de Josecito, para concederle la dignidad de poeta y de campeón del pudor literario. Procedamos pues”.
Se adelante muy estiradito Dios y pone en las sienes de Chepito una corona de laurel. Pasa también la Virgencita Pájara y sobre la corona de laurel le coloca una de olivo. Hay ovaciones y aplausos de todos los asistentes.
Pero nadie midió que entre los presentes estaba Lucifer Luciferino que se levanta y echando verbos y maldiciones. Intenta avanzar para apoderarse de Chepito echándole encima su enorme capa roja. Pero… ¿Qué pasa? ¿Don Luciferino se detiene aterrado?
Claro. Es que entre Chepito y doña Julia está la “Muñeca”, la sedosa perrita que gruñe enojada y se lanza contra Lucifer Luciferino. Sale embarajustada don Sata, pero ya la “Muñeca” le ha mordido el rabo y bien mordido lo deja correr y perderse aullando entre los árboles cercanos.
Pasado el susto Dios le pregunta a Josecito: “¿Cómo es eso Chepito, que ya estás haciendo tu equipaje?
Ideay Dios, ¿Qué reclamás? Con esta arterioesclerosis que hace lentos los latidos de mi sensible corazón amante… ¿Qué querés? Que viva asustado ante las sombras tenebrosas de la muerte?
Estás como malcriadito Chepito. Mejor es que duermas… Mañana será otro día. ¡Larguémonos todos! Dejemos dormir a Josecito y a su adorada y amantísima doña Julia. Apague la luz, por favor, señora Virgen Pájara María.
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Y todo quedó como estaba antes.