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Impacto de la violencia sexual
Dinorah Medrano Gutiérrez María Yolanda Gadea Aróstegui
Las autoras son psicólogas. Departamento de Psicología y Desarrollo Humano, Facultad de Humanidades de la Universidad Centroamericana.

“Cada vez que mi mamá se iba al mercado, yo me quedaba en la casa cuidando a mi hermanito, era ahí cuando llegaba mi abuelo y me tocaba ahí, me decía que no me iba a pasar nada, que después me iba dar riales para comprar una cocacola, tenía miedo de decirle a mi mamá porque no me iba a creer...” (Niña de 9 años víctima de abuso sexual).

La violencia sexual es una de las formas más desgarradoras de pérdida de la infancia de una niña o un niño. Si pensamos en la niñez pensamos en la posibilidad de desarrollarse en un marco de paz, armonía y felicidad, donde lo que reine sean las sonrisas y el sentimiento de sentirse amado, querido y respetado. Pero esta no es la realidad de todas las niñas y niños e incluso adolescentes, quienes por diversas situaciones o circunstancias de su entorno se ven expuestos a vivir experiencias que impactan su estabilidad y desarrollo armónico. Una de éstas es la violencia sexual en sus diferentes expresiones: abuso sexual, incesto, violación, estupro y acoso sexual.

Las y los sobrevivientes de este tipo de violencia desarrollan una serie de desórdenes psicológicos acompañados de traumas que duran toda la vida. Una vez que han sido víctimas de abuso, incesto, violación, estupro o acoso sexual, no vuelven a ser los mismos. El recuerdo estará siempre presente. Las terapias que podrán recibir, quienes tengan acceso a esta forma de atención, ayudarán a vivir con el dolor de sentirse humillado, traicionado, impotente al haber sido inducidos a tener experiencias sexuales que no eran las adecuadas en ese momento, pero olvidarlas, ¡jamás!

La persona se siente traicionada porque quien le debía cuidar, dar amor y cariño no lo hizo; impotente, porque no es verdad que pueda decir “no”, cuando es un adulto que tiene mucho poder e influencia sólo por su condición, sumado a que si es el padre, padrastro, abuelo, tío, etc. la posibilidad de negación, cada vez es más difícil. Por último, se siente estigmatizado y lleno de temores, porque se le pueda juzgar como provocador o provocadora, como incapaz y culpable de algo que no se puede detener por su condición de niña, niño o adolescente, quienes no tienen socialmente un derecho asignado para a ser escuchados ni creídos por sus familias o por sus amigos.

Las consecuencias psicológicas que conlleva la violencia sexual en la niñez pueden reflejarse en conductas sexuales compulsivas, actividad sexual precoz, comportamientos sexuales agresivos, prostitución, promiscuidad sexual, aislamiento, abuso de alcohol y drogas, conducta antisocial, conductas dependientes, miedo futuro a las relaciones de pareja en la etapa de la juventud y adultez, trastornos de sueños, enfermedades somáticas, desórdenes alimenticios, fugas, problemas escolares, conductas agresivas, los intentos de suicidio y culminación de éste como etapa final, el suicidio.

Como se puede leer, la violencia sexual va más allá de una vivencia de maltrato físico, la cual puede ser muy traumatizante cuando es extrema. Va más allá del castigo que madres y padres bajo el argumento del amor usan para educarnos y enseñarnos a ser mejores y obedientes. La violencia sexual es más sutil, el agresor hace uso de la manipulación, el chantaje y el poder que se le otorga por su condición de adulto, para abusar.

No se puede concebir cómo alguien que acaba con la vida de una persona, haciéndola sentirse infeliz y diferente a otras, pueda ser tratado con tanta benevolencia a nivel de la aplicación de las leyes, no es un asunto de venganza, sino de justicia, ¿quién debe más?, el adulto que por satisfacción de un deseo sexual hace uso de su “poder socialmente asignado por su condición” o un niño, niña o adolescente que no pidió venir al mundo, pero que está aquí, existe y lucha por aprender a vivir en él y está desarrollándose para ser una persona feliz y socialmente útil.

Esperamos que los planteamientos expuestos anteriormente permitan que diputados y diputadas reflexionen alrededor del irreparable daño que ocasionan los delitos sexuales en niños, niñas y adolescentes, en estos momentos en que han minimizado las penas, restándole importancia a las huellas de dolor que dejan en este grupo tan vulnerable de la sociedad, a quienes todas y todos debemos amar y proteger.

La justicia debe ser justa, la Biblia dice: “El que recibe en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe. Pero si alguien hace caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le amarraran al cuello una piedra de molino y lo tiraran al mar”. Mateo 18, 5-6.

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