Escalar el Cosigüina es un encuentro con la naturaleza, brutal y encantadora, y con la historia de este volcán cuya última erupción en enero de 1835 fue tan grande que el estruendo se escuchó a dos mil kilómetros a la redonda e hizo creer a muchos que el fin del mundo había llegado
Con la idea de escalar el volcán y bajar a su laguna cratérica me monté en la Golondrina, una yegua de dos años que me prestó Isidro Ochoa, guardaparques de esta área protegida, quien me acompañó montado en Lucero, la mamá de mi potranca.
Atrás dejamos la camioneta de LA PRENSA que nos había llevado desde la carretera —unos cuatro kilómetros— hasta la cintura del volcán, a un lugar conocido como el Mirador del Zil, llamado así porque durante muchos años allí estuvieron abandonados los restos de un camión militar soviético de esa marca.
Isidro contó que durante los años ochenta en el volcán existió una base militar y que varios soldados murieron en el accidente de aquel camión, del cual hoy sólo queda una puerta oxidada encima de hojas secas de palma.
Al principio las bestias no necesitaron ni de espuelas ni de chilillos para avanzar, pues ya están acostumbradas a subir con carga a tuto, así que mi única preocupación era ir capeando los bejucos de zarza con sus filosas espinas en forma de uña de gato y las hojas de “pica pica”, que no sólo producen una insoportable picazón sino también inflamación en la parte de la piel que entra en contacto con esa planta.
El sol estaba encima de mi cabeza con todo el brillo y el calor del verano chinandegano. Ni una nube a cien kilómetros a la redonda que pudiera salvarme de una quemadura de tercer grado.
Pasamos frente a un enorme árbol de ceibo de 95 años, pues este forma parte de la primera generación de flora después de la erupción de 1835, según me explicó el guardaparques. Más adelante vimos un árbol de Panamá, especie que Isidro y sus compañeros cuidan con especial esmero, pues este sirve de alimento y lugar de anidamiento de las lapas rojas, que tienen en el Cosigüina uno de sus últimos refugios en Nicaragua.
Por esa razón, este camino antes se llamó el sendero de las guacamayas, pero la presencia humana en los alrededores las ha obligado a buscar albergue en áreas más densas de vegetación. Alrededor del camino el follaje muestra los estragos del verano y durante todo el trayecto no pudimos escaparnos del insistente y monótono canto de miles de chicharras. Ahora la trocha se llama Sendero de la Laguna Cratérica.
Sólo habíamos camina media hora y la Golondrina de pronto se puso rebelde, se plantó frente a un árbol caído y no hubo forma de hacer que levantara las patas para cruzarlo, por lo que Isidro me cedió su yegua Lucero y una espuela, por si esta también se ponía “retentada”, pero la bestia me quedó viendo con esos grandes ojos, como pidiendo clemencia, que hasta estuve tentado a bajarme de ella y llevarla jalada de la correa.
Sin embargo no fue necesario, pues Lucero sabía bien su trabajo y me llevó sin ningún reclamo, además, el viaje a pie era cuestión de más de dos horas cuesta arriba, y lo peor, a secas, pues en un descuido había botado la botella de agua que llevaba en la mochila.
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