Un joven soldado, que estuvo en Irak al inicio del conflicto bélico, regresó a su patria natal a buscar la paz que perdió al conocer la guerra. Tratando de olvidar los recuerdos sobre los cuerpos humeantes de iraquíes calcinados, el miedo a los patrullajes mortales en Bagdad y los coches bombas, vino a Managua a encontrarse con que no sólo en la guerra corre la sangre
No es que precisamente estuviera loco, ni sufriera psicosis de guerra, pero todo a su alrededor le recordaba la conflagración. Los noticiarios no dejaban de hablar de la guerra, los periódicos sacaban fotos de la destrucción y ataúdes cubiertos con la bandera de las estrellas, había manifestaciones en todo el mundo contra el conflicto bélico y en las tiendas de la Gran Manzana se vendían camisetas con mensajes contra la guerra.
De pronto, sin sobresaltos ni dramas, le venían a la mente las imágenes y entonces se encontraba tratando de imaginar a su amigo mexicano partido en dos por un misil; se ocultaba entre las almohadas de su cama tratando de atrincherarse de los francotiradores y aunque la habitación estuviera fría, él no dejaba de sentir bajo la piel el calor de arena ardiente del desierto.
Así que recordó aquella vez que a su pelotón le cambiaron el turno del patrullaje, y él entonces agradeció la suerte de no exponerse a la muerte con una promesa: si sobrevivía, regresaría a su país a vivir en paz.
Fue así que José María Abea Orozco un día decidió dejar atrás los recuerdos de guerra que habitan con él en Nueva York, y regresó a Nicaragua tras una ausencia que inició cuando era un niño de 8 años y que concluyó el pasado diciembre del 2004, ya con 23 años y mucha mala experiencia encima.