Lo conocí un domingo de 1998 en una gallera del municipio de El Viejo, en Chinandega, cuando yo, siendo universitario, afilaba mis primeras armas como reportero de prensa escrita.
Iba con Milena García, talentosa desde entonces y ahora despuntando con brillo en la televisión; íbamos emocionados a buscar una gente cuyas vidas, nos habían dicho antes de manera escueta los medios, eran de pesadillas por los efectos que en ellas había provocado años atrás la exposición a un agroquímico que se aplicaba en las plantaciones de banano.
La palabra Nemagón era todavía inocente para la clase de cosas que veríamos a partir de ese día y que hasta la fecha se siguen viendo ya sin tanto asombro, como si ver morir a cientos con los pulmones estallados, las pieles abiertas en supuraciones fétidas y el cáncer hasta en el pensamiento, fuera cosa normal y no motivo de alboroto.
Ahí estaba ese día Lucas Evangelista con otros cientos de víctimas más. Era flaco con barba de chivo y a pesar de tener 40 y pico de años parecía un anciano en ruinas. Ese día nos contó su desgracia: muchos años atrás dejó la costura para trabajar en las bananeras de Chinandega y las emanaciones del veneno que ahí se aplicaba le afectaron de tal modo el sistema nervioso que nunca más pudo dormir.
El derecho al único momento en que el ser humano puede estar libre de las penurias de este mundo, dormir, se le había ido para no volver y Lucas entonces se sumó a los miles de afectados que protestaban en Chinandega y Managua, en demanda de justicia para sus desgracias.
A Lucas le seguí de cerca con el triste morbo periodístico para saber en qué momento recuperaba el sueño extraviado. Después de la gallera, lo entrevisté como 12 veces y muchas más platiqué con él: “cada vez más jodido amigo, cada día más arruinado, aquí esperando la indemnización a ver si al menos alcanzo a curarme los huesos porque mire usted, los tengo torcidos y podridos”.
La última vez que lo vi estaba en Managua sentado en el polvo bajo la sombra de un mango, sosteniendo una vara seca como él, como arma para defenderse de la presencia de otros afectados del Nemagón en bando rival, que según las noticias llegarían a tomarse el parque frente a la Asamblea Nacional donde todos los años protestan los ex trabajadores en búsqueda de una indemnización por el daño al que fueron expuestos por las compañías dueñas de las plantaciones de banano.
Para entonces Lucas había perdido toda esperanza de dormir y de ganar algún dinero para curar sus dolencias y heredarle algo a su hija Clarita, niña sin juicio que parece animalita sin domesticar, y última sobreviviente de una estirpe contaminada de la que no escapó Lucas Jeremías, el otro hijo de Lucas Evangelista que murió a los ocho años con un cuerpo que parecía de seis meses.
El insomnio atormentador llegó a su fin a inicios de marzo pasado, cuando Lucas sintió unas repentinas ganas de dormir y se acostó en una tijera rota de su rancho en Villa 15 de Julio. Ahí se durmió para siempre.
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