Regine Herzog, una pedagoga social alemana, vive en Corn Island y se dedica, entre otras cosas, a recoger basura, reciclarla, convertirla en artesanía y venderla a los turistas
¿Qué hace una europea en una remota isla del Caribe recogiendo basura? “Ayudando a la naturaleza”, dice Regine Herzog, una alemana multifacética que vive en Corn Island, el bello cayo ubicado a 80 kilómetros al Este de Bluefields, en el Caribe nicaragüense.
A ella se le ubica en la zona conocida como Brig Bay, al Oeste de la pequeña isla de 13 kilómetros; casi siempre anda en ropas ligeras, chancletas y sin cosméticos que adornen la piel bronceada.
Su casa es una combinación de realismo mágico y barco marinero: por aquí cuelgan boyas de todos colores con paisajes dibujados en sus contornos, y por allá, en la casita contigua de piso de tambo, guindan pescaditos de colores de papel reciclado, candelabros de restos de caracoles marinos, collares de vértebras de peces, adornos labrados en cáscaras de coco, postales con colores de acuarelas y restos de algas marinas.
¿De dónde sale este arsenal de artesanía multicolor? “De la basura”, responde ella y con paciencia y emoción explica: “Todo esto es reciclado de la basura que genera la isla, de los periódicos viejos, de los restos de animales del mar como caracoles y estrellas, de los cocos vacíos, de los huesos de peces y de las algas muertas”.
Ella y algunas ayudantes nativas que hoy aprenden el oficio de reciclaje para la producción de artesanía, recorren la isla en busca de basura; la seleccionan, la limpian y la procesan. Luego, en pequeños talleres al aire libre, van creando los objetos que luego son vendidos a los turistas que frecuentan la isla.
“La idea es que la basura, en vez de acumularse y ensuciar el delicado ecosistema de la isla, se procese y se vaya con los turistas. Es tratar de limpiar la isla y ganar un poco de dinero para invertir en la producción local de artesanía”, comenta esta alemana que vino a este lugar hace cinco años en busca de un lugar de paz y naturaleza y donde ha establecido un pequeño negocio de atención a turistas.
¿Por qué le dedica parte de sus esfuerzos a preservar la naturaleza de la basura y la contaminación? “Por amor”, responde ella. A saber: no es porque tenga más de diez años de casada con un biólogo marino guatemalteco (José María Vides) que cuida el mar tanto como su casa; tampoco es porque haya estudiado arte, ya que en la universidad estudió pedagogía social y economía, y durante más de 20 años en Europa se dedicó a aprender los secretos de la gastronomía hasta convertirse en chef profesional con especialidad en mariscos y ensaladas.
“Es porque amo este lugar y amo la naturaleza”, dice Regine, quien cuenta que el oficio de reciclar basura para luego convertirla en artesanía que vende a los turistas, inició hace 20 años como autodidacta y desde entonces, y hasta la fecha, le genera lo suficiente para que ella, su marido y sus dos hijas, coman y disfruten la naturaleza.
Lea texto completo en edición web >>