LA PRENSA realizó en enero pasado, una entrevista exclusiva con el autor de Los monos de San Telmo, donde el afamado escritor nos habló de sus predilecciones y sus gustos literarios. A continuación una reproducción íntegra del artículo publicado el 14 de enero de 2006, en La Prensa Literaria.
La cita con Lizandro Chávez Alfaro es a las tres en punto de la tarde. El sol todavía es sofocante y en las calles de Managua se adivina un duro verano. En su casa de Los Robles, Lizandro espera mi llegada junto a sus tres hermanas que lo cuidan debido a que está muy enfermo.
Previo a la entrevista, su sobrina Maritza me recibe en una de las antesalas e indica que no podemos hacerle fotos. Él no quiere, dice. Mientras una de las hermanas confirma: nada de fotos.
Una sencilla habitación es ahora el espacio del autor de Los monos de San Telmo y Premio Casa de las Américas. Está sobre la cama con pijama rojo quemado, cuando entro a su aposento, desde su cama asiste con la mirada mi saludo, extiendo mi mano derecha, él la sostiene. Sus ojos saltones no dejan de mirarme y pienso en la figura de Don Quijote, el caballero de la triste figura.
La conversación inicia. Antes he reparado en el crucifijo que cuelga sobre su cuello y el legendario bastón que lo acompaña junto a él a lo largo de su cama. No deja de impresionarme que pese a su estado delicado tiene la apariencia de un hombre duro que aún conserva una voz grave y sonora, como si peleara con el mundo, con respuestas breves y de parco hablar.
¿Qué es la literatura para usted?
Es la vida.
¿Esa vida cómo la concibe sin la narrativa?
Como un gran vacío.
¿Con cuál de sus novelas se siente más realizado?
Pues francamente con ninguna porque siempre está uno por alcanzar lo mejor. Con ninguna.
¿Entonces usted ve por igual a todas sus novelas y cuentos?
Así es.
Cuándo usted comenzó a escribir cuentos ¿se propuso un estilo narrativo o una estructura?
No. No pensé en ninguna. Yo tenía un modelo de lo que era la literatura en general.
¿En los Monos de San Telmo usted aborda el racismo? ¿Qué me dice?
Bueno, esa es una opinión de usted, no mía, usted es la crítica no yo.
— Soy antes lectora no una crítica.
— Bueno usted es la lectora y tiene derecho a formarse su propio criterio a partir de esa experiencia de lectora.
Cuando escribió Los monos de San Telmo ¿en qué pensaba?
No me acuerdo. Estaba pensando en la relación amo y esclavo que tenemos con los Estados Unidos, en eso estaba pensando. Y cómo por sostener un negocio se es capaz de confundir niños con monos.
¿Pero esta relación esclavos y amos es vigente?
Por supuesto, muy vigente. Y sin embargo, nuestras autoridades nacionales todavía creen que sin esa relación vigente estaríamos en el error.
¿Todavía vivimos en Nicaragua un sistema esclavizante?
Sí, de dominación. De dominación absoluta a través de intereses económicos.
¿Existe un secreto para hacer una buena novela?
El primer y único secreto es conocer bien la realidad que vamos a abordar y, si la realidad que vamos a abordar es Nicaragua, debemos de conocerla bien antes que cualquier otro caso.
De los narradores contemporáneos como Julio Cortázar y Sergio Ramírez, ¿qué opina?
A Sergio Ramírez y a Julio Cortázar los admiro mucho. Y excluyo de esa admiración a todos los payasos que se ponen a escribir cualquier novela en elogio de un bandido latinoamericano y luego se sienten consagrados por ese gran elogio lanzado a los cerdos.
¿Cuál es el momento en su vida en que usted decide ser escritor?
Bueno desde que gané el premio Casa de las Américas en 1963. ¿Qué lo hizo pensar en ser escritor?
Es que la cosa no funciona así. Es toda una realidad la que se le viene encima y uno tiene que responder a eso, a ese estremecimiento.
Los novelistas ahora toman hechos históricos para hacer sus historias. ¿Cómo ve esa apropiación para crear? ¿Qué opina?
Están en su derecho. Es válido para ellos y para los lectores que estén frente a esos libros.
¿Podría esa historia llevada a novela convertirse en un panfleto?
Depende de cómo se escriba. Hay escritores que toman el tema de María Santísima y lo llevan tan bien que no es panfleto. De modo que es como entrar a un cañaveral y decir esto sí lo corto, esto no y esto lo dejo en pie. La cosa es más selectiva, la visión que uno tiene del mundo y la visión que uno tiene de su país.
¿Usted en sus novelas nos ha dado una nueva visión de la costa caribe de Nicaragua?
Ajá, sí. Bueno eso usted lo percibe de esa manera; está en su derecho. No le niego a nadie percibir la realidad como yo la percibo.
Y ahora la visión que tiene de la Costa ¿cómo es?
Para mí no ha cambiado, a un siglo de la Revolución Liberal de Zelaya, la realidad de la costa es igual y cada quien con su propia historia.
¿Y a los jóvenes que escriben novelas qué les dice?
Hay que leer mucha historia universal y mucha historia de Nicaragua. Y que se perciban de una forma total esas realidades.
¿Cuáles son sus lecturas de cabecera?
Para mí Rilke es una lectura importante, Herman Hese es importante, El Quijote y así sucesivamente puede ir hilvanando cuáles podrían ser las lecturas importantes y cuáles no.
¿Cómo ha sido su relación con la música en general?
Bueno, eso depende de la época que uno esté viviendo, un tiempo me interesaron mucho los cantos gregorianos, los escuchaba todos los domingos. También escuchaba los conciertos que se transmitían en la radio, música clásica que bien puede ser desde Bach o Rossini o autores cómicos.
¿Y el teatro nunca le interesó?
Sí, pero siempre se ha interpuesto alguna influencia malhechora. Entonces no se ha consumado en mí el deseo de hacer teatro.
La Academia Nicaragüense de la Lengua le dio un homenaje, ¿qué opina al respecto?
Bueno, pues es un reconocimiento a 50 años de labor.
¿Y qué opina de las academias literarias?
Algunos las maldicen otros las bendicen, según como les haya ido en ellas.