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No hay quealterar los nicaraguanismos
German Strauss Miranda
El autor es abogado

Alterar los usos y costumbres devenidos del lenguaje popular es ser inconsecuente con nuestra realidad.

Con sorpresa he leído y meditado el artículo del doctor León Núñez, versado y distinguido elemento de la intelectualidad nicaragüense, “Introducción al estudio del ‘colado’ y del ‘cola de vaca’”, publicado en la página de Opinión de este prestigiado Diario del jueves 23 de marzo del corriente año.

Siento que mi niñez vivida en Managua pierde un sentido de orientación cívica cuando se formaba u organizaba nuestra personalidad y nos aconsejaban: no seás “colado” ni “cola de vaca”, argumento que se refería a una diferencia de clases sociales: entre el que acudía a un club social y era miembro y de los que tenían derecho de hacerlo, o el que pretendía entrar a una fiesta familiar a la que no había sido invitado.

El uso y costumbre estuvo “personalizado” en un personaje popular que conocí en la niñez, tratado despectivamente como “cola de vaca”.

Aparece en nuestra historicidad infantil adquiriendo desde ese momento madurez; cuando nuestro distinguido “cola de vaca” se adueña de la segunda banca del Parque Central en Managua, en el pasillo de ladrillos cuarterón que conduce de la esquina noroeste del Palacio Nacional hacia la pila de las tortugas.

Ahí estableció su hábitat u hogar “cola de vaca”. Cuando este dejaba libre su banca en el parque y alguien intentaba sentarse en ella, corría furiosamente a reclamar su derecho bajo el argumento que esa banca se la había destinado el general Somoza García.

Esto fue hasta objeto de divulgación de los informativos nacionales, cuando en una ocasión llegó la misma policía del penal preventivo, El Hormiguero, a decirle que abandonara esa banca. La respuesta de nuestro personaje popular fue contundente: “Esta banca me la dio el general Somoza para que viviera”.

La policía de Managua jamás intentó nuevamente despojarlo de su banca, ni de su argumento.

El personaje popular por esos años (los 50 del siglo XX) era apreciado en Managua, dentro de su orden, como Maximiliano y el Patoncito o Peyeyeque.

Con cariño los familiares le decían al que iba a cualquier lugar adonde no había sido invitado: no seás colado, no seás cola de vaca, no te me pegués a donde voy.

Alterar nuestro lenguaje popular y hacer conversaciones para introducirlo a la Academia Nicaragüense de la Lengua, es convertir a nuestro regionalismo en lenguaje despectivo y organizar derivados lingüísticos irrespetando al candor en el uso del apodo de las generaciones que nos antecedieron, como los cochones de la chichería central (una cuadra al Este de Radio Mundial; Carne Asada por el infierno, o la Panchota (una cuadra debajo de la iglesia o basílica San Antonio) en la desaparecida Managua.

Es obviar la realidad de las raíces de nuestra comunicación popular y tirar al olvido la Calle del Cerotal en Granada, el Parque de los Monos en Managua, etc.

En aras del academicismo, buscar perfección de lo “apodado” es desvincularnos de la unidad citadina y hogareña de nuestros queridos lugares y personajes.

Cualquier análisis que desee introducirnos y quitarnos el sabor de nuestros lugares con el objeto de definir nuestra realidad popular es una propuesta que no debe ser aceptada.

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