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Los gentilicios de Managua y Masaya
Jorge Eduardo Arellano
El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

En el reciente Diccionario panhispánico de Dudas (RAE, Asociación de Academias de la Lengua Española, 2005) hay que corregir dentro del apéndice 5, “Lista de países y capitales con sus gentilicios”, el correspondiente a Managua: “managüense”. Porque la realidad de los hablantes indica que la forma gentilicia más generalizada de nuestra capital es “managua”. Tanto el DUEN (Diccionario de uso del Español Nicaragüense, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2001: 68) como los trabajos de varios colegas (Alemán Ocampo, Arellano Oviedo, Matus Lazo) ya lo han registrado. En realidad, desde hace muchas décadas se ha impuesto su uso. Existe amplia documentación que lo respalda, procedente de libros, revistas y periódicos.

En una carta fechada en Managua y dirigida a un pariente de Granada el 5 de agosto de 1853, Mateo Mayorga escribe: “Todas las managuas están bravas porque quedaste mal no viniendo a pasar las fiestas de Santo Domingo como me ofreciste…” (Revista Conservadora, núm. 33, octubre, 1963, p. 62). Adolfo Calero Orozco, en su novela Sangre Santa (1940), refiriéndose a Juan García —uno de sus personajes— anota como narrador testigo “éramos managuas y ambos de la misma causa”. El periodista Gustavo Alemán Bolaños, deslindando una forma de comportamiento social de otras similares, habla incluso de la “mentira managua” en la revista Nuevos Horizontes (núm. 6, octubre, 1942). Otro periodista, Alejandro Cuadra, en Los Lunes de La Nueva Prensa (agosto 6 de 1946) consigna: “me cuenta un amigo mío, managua autóctono, que no…”. Y el lexicógrafo Enrique Peña Hernández, en su obra Folklore de Nicaragua (1968: 211) distingue en un juego de niños una forma (“lanzar corrientemente la canica con toda la mano”): “a la managua”.

Tras el sismo de 1972, Carlos Mejía Godoy dedicó una canción a Panchito Escombros, “managua terremoteado”; y otra a la ciudad recién destruida, en la que afirma: “No hay managua que no añore /y sin pena alguna llore /su querida capital”. Los ejemplos podrían multiplicarse. En LA PRENSA (19 de marzo, 1990) se lee este titular: “Managuas desaprueban leyes sandinistas”. Y hace poco Carlos Tünnermann Bernheim, en unas memorias, se presentó orgullosamente como “managua autóctono” (Revista de la Academia de Geografía e Historia, tomo LIII, mayo, 2002, p. 103).

Pero este, indistintamente para el masculino y el femenino, no es el único gentilicio —pero sí el principal y por ello debió ser incluido en el DPD— de Managua. También “managüense” resulta válido. Sin embargo, ha quedado restringido escasamente al lenguaje escrito. Con dificultad pueden rastrearse algunas citas, como las siguientes. En su crónica del viaje que realizó el presidente costarricense Bernardo Soto a Nicaragua en 1887, Pío Víquez alude a los habitantes de Managua como “managüenses”. Ese mismo año Fabio Carnavalini editó un periódico con el título, precisamente, de El Managüense. El mismo título tuvo otro periódico fundado por Juan María Solís Avilés.

En Una Vida a la Orilla de la Historia (1977), José Francisco Borgen evoca el primer partido de beisbol en la capital entre granadinos y managüenses. Recientemente Adolfo Díaz Lacayo, prologando la monografía de Marcia Traña Galeano, se refiere al tema desarrollado por ella: “la historia managüense”. E Ignacio Briones Torres ha recordado, al reseñar los orígenes de la radiodifusión nacional, que “José Dib MacConnell murió, en el pináculo de su popularidad, una triste mañana managüense” (Cuadernos de Impacto, núms. 2-3, mayo-junio, 2004, p. 57). Los anteriores ejemplos, cabe reiterarlo, son muy raros.

Managua, pues, tiene dos gentilicios: “managüense” que se ha relegado y obedece a una actitud pretendidamente formalista; y “managua” preferido —o más bien construido— por la inmensa mayoría e impuesto definitivamente por la frecuencia coloquial. Aunque, en mi opinión, responde a la ley del mínimo esfuerzo y a cierta tendencia provinciana o trivial o superada del todo. (Hay un tercer gentilicio de Managua, “capitalino”, indicado también en el DPD, pero carece del arraigo popular de “managua”).

Otra ciudad de Nicaragua, Masaya —sin duda por su ancestralidad indígena— tiene de gentilicio el nombre de la ciudad, careciendo por tanto de sufijo: “masaya”. Es decir, de la desidencia o morfema, en este caso cualquiera de los cinco más comunes: -ense, -eco, -ino, -eño y -ano. De él puede afirmarse lo mismo que de “managua”. Ya desde la segunda mitad del siglo XIX era corriente. “Los masayas cargan la fama de ser los autores de este hecho tan vergonzoso”, editorializaba Jerónimo Pérez en su periódico La Tertulia (año IV, núm. 40, octubre 8, 1878, p. 302). El citado Alemán Bolaños tituló “Los Masayas” uno de sus artículos publicados en Nuevos Horizontes (núm. 4, 1942, pp. 30-33), revista también referida: “Voy a hablar del complejo de inferioridad del Masaya”, comienza. Josena (Joaquín Sansón Argüello) puntualizaba: “A pesar de ser masayas, no nacieron en Monimbó” (“Los hermanos Martínez Abaunza”, Los Lunes de La Nueva Prensa, octubre 10, 1949). ¿Y el famoso “testigo masaya”?

La conclusión es la misma. Existen otros dos gentilicios, en los cuales se advierte una intención cultista: “masayense” y “masayés”. Panorama masayense (1957) se tituló un trabajo folclórico del doctor Enrique Peña Hernández. “Di que soy Barrabás y el masayés Carlomagno”, expresó José Coronel Urtecho, cuando era adolescente, a una señorita de Masaya que había optado por desdeñarlo. Pero “masaya” es el de mayor uso, hasta el punto de ser proclamado con orgullo en un dicho local identitario: “Soy masaya comeyuca”.

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