A mi hijo Marcelo
Tal vez debido a mi alejamiento de la militancia política partidaria me he visto liberado de tener que sostener puntos de vista con los cuales estaría en desacuerdo. Desde mis primeras lecturas sobre las ciencias políticas (el texto de Harold Laski), aprendí las diferencias entre ser militante de un partido político que miembro de una iglesia o secta religiosa. En el primer caso uno tiene que sujetarse a la línea y directrices del partido porque de lo contrario lo expulsan de sus filas, en el segundo, uno puede salirse de la iglesia si el sermón que el predicador u oficiante improvisa no le gusta.
Después comprendí que ésta era una verdad a medias. La excomunión es norma invariable en los dos casos. Con esto no soslayo una inclinación y una formación de izquierda inorgánica, para utilizar la expresión de Gramsci, aunque los locos de hoy digan que esta caracterización, en la postmodernidad, ya no significa nada. Bastaría leer a Bobbio para atemperar el juicio. Vivimos el eclipse de las utopías. Pero no se puede renunciar a ellas, como lo sostiene el cronista de América, Eduardo Galeano. No vaya a interpretarse que estoy en contra de la existencia de los partidos políticos. Lo preocupante en la actualidad es que en un proceso inverso, mientras los políticos administran, los grandes organismos internacionales, (FMI, BM y OMC), y los enormes consorcios empresariales se dedican a gobernar.
No militar en un partido político no significa dejar de interesarme y ser ajeno a las luchas y esperanzas de los sectores empobrecidos de nuestra sociedad. Tampoco me impide asumir las causas de Los Condenados de la Tierra el título del texto de Fanon, prologado por Jean Paul Sartre, catalogado en su época como el mejor prólogo escrito a un libro político. Verdad o mentira esta apreciación forma parte de la historiografía política. Tampoco estuve liberado de prejuicios. Me salvó de esta actitud reaccionaria la lectura de distintas obras ajenas a mi pensamiento político. Estas contribuyeron a desatar los nudos que me ataban a la intolerancia. Adquirí otra manera de ver y entender las cosas.
Cuando se considera al otro como enemigo y no como adversario, se cae en la tentación de pregonar su eliminación. Esta ha sido una norma de carácter universal. La tolerancia, hermana gemela del pluralismo, se distancia de estas posiciones. En una sociedad en donde las contradicciones forman parte del pan nuestro de todos los días, cabe preguntarse, ¿qué hacer con el otro? ¿Eliminarlo, borrarlo del mapa? De ninguna manera. Hasta entonces el otro entra en nuestro horizonte ético. Cuando se otorga al otro el derecho a disentir, confiriéndole voz y voto, estamos reforzando la democracia.
¿Supone este razonamiento borrar las grandes brechas o desigualdades que prevalecen, con sólo cambiar el significado de las palabras, como lo postulaban graciosamente los idealistas alemanes? No. Sólo supone abrir espacio a la convivencia, a la tolerancia y al pluralismo. Dichosamente al despuntar el Siglo XXI caminamos en esa dirección. Esta concepción del mundo y de la vida tampoco supone dejar hacer y dejar pasar. No implica hacerse a un lado y dejar que la globalización continúe engordándose a costa de sacrificar a millones de seres humanos. Significa reconocer el derecho a la existencia, a la autonomía y a la diversidad.
Para José Saramago la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) constituye una carta ética fundamental. Reconoce el derecho a la vida digna, al pan, la educación, la vivienda, la paz, la tolerancia, la diversidad y la convivencia entre los pueblos. Nadie puede ser ajeno a lo que acontece en el mundo. La imposición de un pensamiento único, la depredación de los bosques, la contaminación de las aguas, la desertización, el analfabetismo digital, el redespliegue y bonanza de los grandes consorcios a costa de aumentar la brecha que separa a ricos y pobres, amerita de una nueva agenda. Millares de niños mueren de hambre, el desempleo se infla como una inmensa chimbomba. ¿Se puede confiar en la sinceridad de beneficiar a toda la humanidad manifestada por los mismos que controlan y administran gran parte de la actividad económica mundial? ¡No!
¡Para cambiar las cosas hay que reinventar el mundo! Como lo propone Giddens, tenemos que “reconstruir las instituciones o crear otras nuevas”, sustentadas en la diversidad, el multiculturalismo y la pluralidad étnica, en el mismo momento en que se impone el control planetario de nuestras vidas. Cada vez estamos más cerca de las visiones apocalípticas de Orwell y Huxley que de la computopía (computadora + utopía) del japonés Masuda. En esta encrucijada, sólo queda el camino a disentir, luchar y resistir. Las armas que enarbolo son las de la imaginación creadora. ¡Después no me vengan a decir que soy belicoso! Por eso hago este acto de contrición.