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Si sólo recordamos lo que leemos
Nicasio Urbina
El autor es Catedrático y Director de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cincinnati.

La novela más reciente de Umberto Eco, La Misteriosa Fiamma de la Regina Loana (2004), traducida magníficamente al español por Helena Lozano Miralles (también traductora de La Isla del Día de Antes y Baudalino), es un tratado sobre la memoria y la recuperación de la memoria.

Somos lo que hemos vivido, pero una buena parte de lo que hemos vivido es lo que hemos leído y lo que hemos visto. Los libros de nuestra infancia, las revistas y los pasquines, las fotografías que nos impresionaron en la niñez, las escenas primordiales. La mía es una generación de la televisión y el rock clásico, la de mi hija pertenece ya al mundo del internet y la digitalización. La de Giambattista Bodoni, nacido en Italia en 1932 (igual que Eco), es la generación de la radio y las historietas ilustradas, el principio de la distribución masiva de los productos de la cultura de masa norteamericana y el fascismo europeo. Pero, ¿qué pasa si un día nos despertamos y no sabemos quién somos?

La pérdida de la memoria y la identidad ha sido un tema repetidamente tratado por poetas y novelistas. Eco aborda el problema desde el punto de vista del lenguaje y la semiótica. Cuando se despierta Bodoni después de haber sufrido una especie de derrame cerebral y le preguntan cómo se llama, su respuesta es Arturo Gordon Pym, el personaje de la famosa noveleta de Edgar Allan Poe, The Narrative of Arthur Gordon Pym, que precisamente empieza presentando al personaje: “Mi nombre es...” Resulta que Bodoni ha perdido su memoria emocional pero conserva su memoria lingüística. No sabe quién es su esposa, ni que tiene dos hijas, pero recuerda perfectamente quién fue Napoleón y puede enunciar el teorema de Pitágoras. Si lo único que podemos recordar es lo que hemos leído, la poca originalidad que tenemos los seres humanos se pierde en una reiteración constante de frases hechas y citas memorables. Aunque la cultura libresca es admirable y deseada, nuestra identidad radica en la interpretación particular que hacemos de esas experiencias, y nuestra imperfecta y selectiva forma de recordarlas. Por eso cuando Paola, su mujer, le critica su cursilería, Bodoni le responde: “Me tienes que perdonar. No consigo decir nada que me salga del corazón. No tengo sentimientos, sólo frases memorables” (25).

Bodoni es anticuario, comercia con libros antiguos y raros, reflejando así una de las grandes pasiones de Umberto Eco. En su tienda Bodoni tiene un manantial riquísimo de cultura libresca en ediciones antiguas y caras, pero no es ése el referente importante de esta novela, la fuente es la literatura de masas de la década del treinta, que Bodoni, a quien todos llaman Yambo, la encuentra en la casa de sus abuelos en el campo, en Solara, casa donde pasó gran parte de su infancia, y donde se encuentran arrumbados en el desván todos los libros y pasquines de su infancia. A Solara se dirige entonces Bodoni para recuperarse y buscar sus memorias perdidas. La esperanza es que el espacio de la niñez le sirva como acicate para refrescar la memoria y convocar los recuerdos.

En la segunda parte de la novela titulada apropiadamente Una Memoria de Papel, Bodoni se pasea por la literatura juvenil de la época. Ahí encuentra Las Hazañas de Fantomas (la versión original francesa, no la versión mexicana en pasquines con la que me crié yo), El Polizonte Apache, El Tesoro del Cadáver, la serie de Rocambole, y Las Aventuras de Ciuffertino donde aparece el original Yambo, cuya imagen Bodoni solía imitar, lo que le ganó el sobrenombre que lo identifica. La identidad de Bodoni, por tanto, está inscrita en estas lecturas, sale de ahí. Ser Yambo, y encontrarse en esas páginas con dibujos art nouveau y decorados oscuros, castillos en la cima de un picacho, bosques fantasmagóricos con lobos con ojos de fuego, y Ciuffertino, un niño pequeñito con un inmenso copete (154 in passim), es redescubrir quién uno es, o quién quiso ser, cuando ya se ha dejado de ser esa persona. Si la identidad es un constructo fluido y evolvente donde por acumulación y selección nuestras vivencias y deseos van dando forma a un imaginario personal, la reconstrucción del mismo a través de una visita a los sesenta años de edad no puede dar sino un producto diferente. Eco no difiere de esta premisa. De hecho Yambo nunca recupera su identidad original.

La tercera parte de la novela se desarrolla en una serie de aventuras ficticias, pseudo literarias, donde la imaginación febril se entremezcla con las lecturas, los recuerdos sublimados, los deseos y la historia. Como se dice el personaje en un momento: “He recuperado la memoria. Claro que ahora —pecando de exceso de gracia— los recuerdos se arremolinan a mi alrededor como murciélagos” (333).

La Misteriosa Llama de la Reina Loana es en realidad un álbum que Yambo leyó en su infancia. Cuando lo relee ya de mayor, lo encuentra “un relato desmadejado que hacía agua por todas partes, las peripecias eran repetitivas, la gente se inflamaba de amores repentinos, sin razón...” (276).

Cabe preguntarse entonces si no es así la vida. La identidad, la memoria y la experiencia de todos los seres humanos es banal y aburrida, la rutina es repetitiva y cansona, nuestros amores no tienen explicación lógica, ni termina nuestra vida en un final bien planificado y puntual. Como la narración que informa esta novela, la vida de los seres humanos está sujeta a la reconstrucción a través de la memoria y el recuerdo. Al terminar la descripción del álbum Eco agrega: “Lees de pequeño una historia cualquiera, luego haces que crezca en la memoria, la transformas, la sublimas, y puedes elevar a mito una historia que carece de todo aliciente” (277). Muy parecido a lo que hacemos con nuestra vida y nuestra identidad, juntando las piezas del rompecabezas que es nuestra vida, y dándoles significación, explicándolas dentro de un patrón que nosotros mismos nos imponemos. Cada una de las experiencias de mi vida me han conducido a ser el escritor que soy hoy día. Pero ¿es eso cierto en realidad o es la explicación que yo le doy a esos hechos en virtud de la identidad que quiero construir de mí mismo?

Umberto Eco es quizás la persona que intelectualmente más ha influido en mí a lo largo de la vida. Casi una treintena de libros desde Obra Abierta (1962), pasando por Tratado de Semiótica General (1975), y Los Límites de la Interpretación (1990), sus novelas, sus lecturas de la cultura popular, sus artículos que se publican los domingos en esta misma página; pocos maestros han influido en mi historia intelectual como el profesor de Bolonia. Con esta novela Eco nos enfrenta a nuestra propia memoria, a nuestra lectura de sí mismos, a la construcción cultural de nuestra identidad.

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