En la ciudad de Sesto, situada en la orilla europea del Helesponto (el histórico Estrecho, ahora conocido como Dardanelos, que une los mares Egeo y Mármara), había un majestuoso templo consagrado a Afrodita, la gran diosa de la belleza y del amor. Y a cargo de ese templo estaba Hero, una joven sacerdotisa que era tan esplendorosamente bella que muchos la consideraban como una encarnación de la misma Afrodita.
Al otro lado del Helesponto, en la orilla asiática —donde ahora es Turquía—, exactamente frente a Sesto estaba la ciudad de Abidos. Allí vivía un joven llamado Leandro, quien era tan apuesto como Adonis y por eso todas las mozas casaderas abidenses deseaban conquistarlo y casarse con él.
Leandro, quien era un excelente nadador como son todos los habitantes de las orillas del mar, decidió un día cruzar a nado las aguas del Helesponto, con el propósito de ir a Sesto a ver las fiestas de Afrodita, y conocer a la sacerdotisa Hero de quien la fama de su hermosura trascendía las fronteras y los mares.
Leandro quedó deslumbrado por la indescriptible belleza de Hero, se enamoró inmediatamente de ella y se las ingenió para acercársele y confesarle su amor. Hero también se prendó del apuesto pretendiente, pero ella no podía aceptar la propuesta amatoria de Leandro porque estaba consagrada al servicio de Afrodita y, por lo tanto, tenía que permanecer virgen para siempre.
Mas la pasión que había encendido el corazón de Hero la hacía dudar entre dejarse arrastrar por el encanto del amor y cumplir con su deber. Y al pasar el tiempo Hero perdía la fuerza necesaria para renunciar a aquel inmenso amor que había irrumpido en su corazón. Pensó en traicionar sus votos de castidad y quedar en libertad de amar y ser amada. Le daba vueltas a la idea de huir con Leandro, pero también sentía temor a romper su juramento de fidelidad a Afrodita.
Hero y Leandro se convirtieron en dos seres desdichados, que no podían unir sus vidas pero tampoco soportaban vivir separados. Hasta que, finalmente, se hicieron un trato: Hero permanecería en el templo de Sesto y seguiría siendo la sacerdotisa de Afrodita, pero Leandro la visitaría de vez en cuando para estar juntos y disfrutar su inmenso amor. Cada vez que fuera posible encontrarse, Hero le avisaría a Leandro subiéndose a la torre del templo y haciéndole señales con la luz de una lámpara, la que el joven seguiría para no extraviarse en la oscuridad de la noche.
De este modo Hero y Leandro pudieron consumar su amor que creció como ellos mismos no lo habían imaginado. Pero un día sobrevino la desgracia, que para algunos fue el castigo de Afrodita por el incumplimiento del voto sacerdotal de Hero. Una noche Leandro se introdujo al mar y nadó hacia la otra orilla del Helesponto, orientándose como de costumbre por la luz de Hero. Pero de repente estalló una tempestad que le impidió seguir viendo la luz, siendo arrastrado por las aguas y muriendo ahogado.
Al darse cuenta de la muerte de Leandro, Hero se introdujo al mar para morir ahogada y juntarse con su amado. Y cuenta la leyenda que las sombras (almas) de Hero y Leandro fueron llevadas por la misma diosa Afrodita al mundo de los muertos, donde desde entonces ellos disfrutan de su amor eternamente.