DOMINGO 11 DE SEPTIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 23929 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Desde la Colina Vaticana
Cómo cambiar positivamente a otros

J. Dávila y Castellón

“El amor no es estático ni carente de críticas. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, transformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucederá de distinto modo en la Iglesia? (Benedicto XVI)

Cierto día, caminando por la calle con una joven de 19 años, encontramos a una muchacha que andaba “en malos pasos”. Mi amiga, persona de comunión diaria, probada virtud y profunda oración, me comentó más tarde: “La gente me aconseja no andar con ella para no exponerme al desprestigio, pero yo no me le acerco, ¿quién le ayudará a salvarse?

Esta joven apóstol, quien amaba cristianamente a su amiga, no cerró los ojos frente a la realidad; al contrario, actuó en forma crítica al analizar objetivamente la situación moral por la que atravesaba la otra y luego decidió hacer algo a favor de la misma; no la abandonó a su suerte pensando que la muchacha no tenía remedio. Vio posibilidad de cambio y superación donde seguramente la mayoría consideraba un caso totalmente perdido.

“Dios no se detiene tanto en pensar en lo que actualmente eres, sino en lo que puedes llegar a ser”. Esta expresión, o alguna similar, la puede escuchar usted a algún predicador o bien puede encontrarla escrita en algún libro espiritual. Y, desde luego no deja de constituir una gran verdad, muy consoladora y esperanzadora por cierto para todos nosotros pobres pecadores.

Pero cuando Jesucristo nos ordena a sus seguidores: “Sed misericordiosos como vuestro Padre Celestial es misericordioso”, ¿no nos está invitando acaso a ser más optimistas respecto a la posibilidad de que, con la gracia de Dios y contando con nuestra colaboración, nuestros seres queridos —familiares, amigos y conocidos— lleguen a transformar positivamente sus vidas a través de nuestro amor expresado en obras concretas?

Para levantar a un hombre caído hay que comenzar por creer en la posibilidad que tiene dicho hombre de levantarse. Gracias a Dios, el ser humano posee una bondad intrínseca como tal; tenemos que creer en la bondad del hombre pese a la realidad del pecado original, si es que en verdad queremos hacer algo por él, así se trate de un borracho o de una prostituta, sea quien sea y en cualquier situación moral o espiritual que se encuentre.

Santa Mónica pasó muchos años rogando diario e insistentemente a Dios por la conversión de su hijo Agustín; a pesar de lo que veía, que el hijo seguía “en su mismo ser”, la buena madre nunca se desalentó, perseveró confiada en la oración hasta obtener lo que deseaba: que aquel joven disoluto pasara de lo que era a lo que debía ser, y su oración fue escuchada: llegó el tiempo en que Agustín pasó de ser un gran pecador a ser "el más santo de los sabios y el más sabio de los santos”.

Jesús sabía que la samaritana podía cambiar, que iba a cambiar, lo que ellos serían y no tanto en lo que eran. El amor de Jesús transformó a ambos en otras personas... ¡cambiadas radicalmente en forma positiva!

La Iglesia, como Comunidad de fe, esperanza y caridad convocada en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, constituye el lugar de salvación del hombre caído; pero para poder salvar al ser humano es preciso que antes se sepa incondicionalmente amado por Dios a través de sus hermanos, de la Iglesia.
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