Pintura
En retrospectiva Víctor Canifrú
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 | Pintores nicaragüenses y dominicanos se unen para exponer una serie de estilos, cada cual con la intención de mostrar una pluralidad artística, en Galería Añil a partir del próximo 7 de septiembre |
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Sin título. Óleo sobre tela. Rafael Castellón. |
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Odalís G. Pérez*
Retrospectiva da nombre a la serie de pinturas de Víctor Canifrú expuestas en el Palacio Nacional de Cultura en la Sala Rodrigo Peñalba. ¿Qué mejor pretexto que conmemorar sus veinticinco años de labor artística y de desarrollo cultural?
Víctor Manuel Canifrú Montecinos, nació en 1951, Valparaíso, Chile, vino a Nicaragua atraído por el fulgor cultural que emanaba la revolución, la pintura y la música en su caso.
Desde entonces han pasado veinticinco años, los cuales ha
alternado culturalmente con Costa Rica, hasta donde ha llevado su pasión in crescendo.
“Me siento niquiriche, me siento como el pinolillo”, nos expresa para reafirmar su “nicaraguanidad” ganada a través del arte. Sin duda, el arte es la mejor puerta para adquirir identidad, o bien nacionalidad reconocida por los pueblos, a las que hoy dedica su especial muestra que lleva dos partes: 25 obras provienen de colecciones privadas y 25 más de recientes obras pintadas. La más antigua tiene 30 años y es propiedad de un cantautor nicaragüense que la adquirió cuando estaba exiliado en Costa Rica.
REALISMO MÁGICO
“Cuando la gente me pregunta sobre mi estilo, puedo decir que me inscribo dentro del “realismo mágico” porque poco he tocado la abstracción, no creo en ella”. Con esta frase, Víctor trata de sintetizar el lenguaje de su recorrido por el quehacer de su pintura de caballete, mural y escenografía.
Para el pintor Armando Mejía, “la expresión de Canifrú (paralelo al amor por la naturaleza exuberante que se extingue cada día más), es la armonía del velado policromo de suave sutileza brumosa que captura al espectador dentro de una atmósfera diáfana, misteriosa, que provoca una sublime quietud muy propia de su personalidad y estado de ánimo”.
Sin duda, los que hemos seguido de cerca sus trabajos hemos podido ver ese lenguaje, su evolución dentro de él, sus cambios de paleta, temática y formatos. Cuando retorno a los trabajos de Canifrú, me recuerda los años de esplendor del arte mural.
Baste recordar su impresionante y dinámico mural El sueño de Bolívar, mandado a borrar en los años noventa por oscuros personajes de la Alcaldía que pisotearon flagrantemente —por revanchismo político visceral— los derechos de la identidad cultural latinoamericana.
Sin embargo, hay muchos de pie que necesitan restauración o cuido, como los dos que están en el colegio Franciscano, Encuentro y Francisco hablando con los jóvenes. O el de La crucifixión cotidiana de América Latina, ubicado en el auditorio del Centro Ecuménico Antonio Valdivieso. O el Guenolaquen Leftaru, Pillan, y Premonición de la llegada de la muerte, ubicados en el Centro Monseñor Oscar Arnulfo Romero Cemoar.
Otro de sus murales es el titulado La defensa de la tierra, pintado en una escuela de El Tamarindo, León. El Mayalidades, pintado en 1988 en el Centro Recreativo Francelone, en la Concha, Ticuantepe. Asimismo ha desarrollado talleres para pintar murales en colectivo de niños. Por ejemplo, Pintamos la ternura es un proyecto ejecutado en la iglesia Las Palmas. En el 2001, pinta murales en colectivo de niños en alto riesgo, en Rancherías, Tonalá, 19 de julio, y Puerto Morazán.
SENSIBILIDAD PLÁSTICA
“Como todos los seres humanos, los pintores tenemos un cielo y un infierno, un genio del bien o del mal, pero en esto no he llegado a destruir aún mis obras, pero si hay algunos lienzos que tienen otras pinturas debajo, que quedaron a medio palo, o pinturas que terminadas, me desilusionaron. Por lo que en algunas de mis obras hay pinturas secretas que quedaron enterradas”, nos dice Canifrú al revelarnos parte de su mundo interior: arte que ha pasado sus cielos e infiernos.
Al respecto nos agrega: “La principal característica de un artista es la sensibilidad, partamos de ahí: yo pinto a una lavandera en el río, el pique de una mina, o pinto el grito de dolor de las guerras injustas. Eso me duele o hiere tanto como un bello atardecer o una tormenta eléctrica: es como de hablar de poesía, sólo que en vez de ser palabras son colores”.
Así, bajo estos lenguajes del “color hecho poesía”, ha montado varias exposiciones individuales, todas en San José, Costa Rica, entre ellas: la del 2001 Canifrú, en el local del Tribunal Supremo de Elecciones. El hijo del carpintero, en el Centro Cultural Chile. En la galería de arte Matiz, otra. Y en el 2002, Color poesía, en el Instituto Cultural México. Igualmente, ha participado en decenas de exposiciones colectivas, tanto dentro del país como en el extranjero.
DE LA PINTURA AL CINE Y CANTO
Víctor ha desarrollado varios aspectos de las artes plásticas, tal como los trabajos que ha realizado en iluminación y escenografías para escenarios artísticos y de cine. Su último trabajo fue como director de arte de la película, Orión, que recién acaba de filmarse en Managua. Ha sido también coproductor de la película A la caza del dragón. También ha montado las escenografías de las películas de Incine, El espectro de la guerra, Walter, Sandino, El brinco, y La virtud de un santo. De igual manera, realizado escenografía e iluminación para la obra de teatro Juan Arde, III Festival de Monólogo y diálogo, entre otros.
Entre 1965-1970, Víctor realizó estudios en la Escuela Experimental de Educación Artística, Santiago, entre 1971-1973 en la Escuela de Arte, Universidad Católica de Chile, y entre 1975-1977 en la Escuela de Música Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica. Estos últimos estudios lo llevaron a ser parte del grupo folclórico chileno universitario Dalcahue, años después (1974-1979) del Grupo Folclórico Latinoamericano Tayacán, con sede en Costa Rica. Y entre 1980 a 1989 del dúo de trova latinoamericana, que muchos nicas recordamos, el Víctor y Alejandra.
Para cerrar esta nota podemos decir que en estos veinticinco años, la “caligrafía pictórica de su pintura hecha poesía”, no sólo ha corrido los espacios de la pintura sino que la del canto y la paisajística del cine nacional, que al verla sabemos que no necesita firma para reconocerla. Por lo que la esencia de su ser, temple social y magia de sus imágenes, no necesitan más explicaciones.
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