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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 10 DE SEPTIEMBRE DE 2005
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Las trampas de la revolución

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.En su novela, Manuel Martínez retrata a personajes heroicos que participaron en la revolución.

El escritor manuel martínez.

 

Roberto Aguilar Leal

Veinticinco años después del triunfo épico de la guerrilla sandinista sobre la prolongada dictadura de los Somoza, y quince de la estrepitosa derrota electoral del efímero gobierno revolucionario, la novela de la revolución nicaragüense sigue siendo una materia pendiente de nuestra literatura. No porque no se haya abordado el tema en al menos una media docena de buenas novelas sino por lo esporádico de su tratamiento. Tal timidez puede explicarse por la proximidad de los hechos en el tiempo y por su carácter de proyecto inconcluso que aún alimenta esperanzas, genera temores y despierta vivas pasiones encontradas sobre un acontecimiento de tanta trascendencia en la construcción de la nación.

La rueda de la fortuna (2005), de Manuel Martínez, es una de esas pocas novelas que se atreven a reconstruir fictivamente el proceso de involucramiento de algunos sectores de la sociedad urbana y rural, especialmente los jóvenes, en una lucha que inevitablemente los dejará marcados para siempre. Antes que Manuel, el tema de la lucha guerrillera e insurreccional previa al triunfo revolucionario, así como el del ejercicio del poder de los triunfadores, han sido tratados con vario acierto por Erick Blandón en Un vuelo de cuervos (1997), retrato esperpéntico de una dirigencia ensoberbecida propensa a los abusos y los halagos oportunistas; por Gioconda Belli en Waslala (1996), reclamo futurista a la traición de una utopía que, a pesar de su confiscación por una oscura camarilla, sigue viva en la conciencia colectiva de todo un pueblo; por Sergio Ramírez en Sombras nada más (2002), que narra los últimos momentos de una dictadura agónica, encarnada en uno de sus especímenes más corruptos, Alirio Martinico; por Erick Aguirre, en Con sangre de hermanos (2002), inquietante reflexión existencial sobre el poder revolucionario y sus grises interioridades, que muchas veces traicionaron los ideales de quienes murieron luchando, y, en fin, por Edwin Sánchez en Al sur del siglo (2002), densa narración futurista concebida como una profecía pesimista del desalentador destino de un pueblo que ha depositado su fe en “el sumo comandante”, un raro espécimen, híbrido de jerarca de la Iglesia y caudillo revolucionario.

Con excepción de la de Ramírez, todas estas novelas tienen en común su tono de reclamo. Reclamo de quienes habiéndose comprometido con una utopía terminaron sintiéndose estafados ideológicamente. Es un reclamo hecho desde una perspectiva estrictamente individualizada y altamente intelectualizada. No es el caso de La rueda de la fortuna, en la que Manuel Martínez procura situarse en un plano externo, de objetividad ajena a todo apasionamiento. Objetividad que no debe confundirse con neutralidad, pues el carácter testimonial de esta novela es incuestionable, pero la trama centra su atención en las acciones externas de los personajes y en la geografía rural, provinciana y urbana en que se mueven éstos, más que en sus conflictos interiores, que sólo asoman de vez en cuando como elementos caracterizadores. Se puede afirmar, sin que esto reste mérito en modo alguno a la obra, pues tiene una clara intencionalidad literaria, que los personajes carecen de individualidad, es decir, de una psicología que los singularice. Moisés, el protagonista, Eleana, Esterlina, José Imer, el padre Ángel, Carmen, Crescencio Plata, Nilo Perelas y otros que recorren las páginas de esta novela, están concebidos más bien como encarnaciones estereotipadas de los diversos sectores sociales que apostaron por la revolución y asumieron los riesgos de la lucha armada contra la dictadura somocista.

No estamos, pues, frente a una novela psicológica ni existencial, mucho menos experimental. El hecho de que su autor privilegie el componente temático, teniendo el cuidado de dibujar con minuciosidad los aspectos espacio-temporales como el ambiente, la época y los diversos escenarios donde se desarrolla la acción, hacen de ésta una novela social. Pero no una de carácter panfletario o con una mera intención documental, sino una obra de análisis. Manuel ha tenido el cuidado de situarse en un plano externo a la conciencia de los personajes, creando así una distancia suficientemente amplia entre la realidad representada y sus posibles opiniones personales al respecto.

La sobriedad estilística es, por lo tanto, el rasgo que mejor define la personalidad de esta novela. Tanto el relato como las descripciones se caracterizan por una calculada sencillez léxica y gramatical, conjugada con un logrado lirismo en algunas descripciones paisajísticas o escenas de corte amoroso, y con ráfagas de epicidad en aquellos pasajes que relatan el enfrentamiento desigual entre el pueblo rebelde y la Guardia somocista. Todo ello, sin embargo, con cierto desenfado humorístico, que formará parte esencial de los rasgos caracterizadores de esta obra. Humorismo sutil, que es el mejor, y quizás resulte a veces imperceptible para un lector poco avisado, e ironía fina, dirigida al presente histórico y a la ingrata herencia de un pasado irresuelto aún.

Aunque basada en hechos históricos, la trama de esta novela está ordenada como una concatenación de hechos determinados por el azar más que por las leyes de la historia. De ahí el sugestivo título de La rueda de la fortuna, metáfora que nos invita a comparar veinticinco años de historia rojinegra con un juego de ruleta, esa rueda giratoria dividida en casillas numeradas y pintadas de rojo y negro donde sólo ganan aquellos que han apostado al número en que ésta se detiene. Esta concepción de la vida como juego de azar, le dará al autor la libertad de hacer coincidir a sus personajes, sin mayores explicaciones, en los momentos y lugares claves de la acción. Y como en todo juego de azar, al final habrá ganadores y perdedores, que deberán su destino, más que a sus obras y méritos, a la buena, a la mala suerte, o a la capacidad de hacer trampas.

La palabra “azar” aparecerá reiteradamente en el discurso narrativo para explicar el desplazamiento o peregrinaje del protagonista, Moisés, al encuentro con su destino: por uno de esos azares de la vida, obtendrá, al fin, su largamente esperada plaza de maestro, sistemáticamente negada por el nefasto inspector Lechado, quien sólo lo colocará (aunque no en Managua, sino en un pueblito remoto del norte del país) cuando él mismo caiga en desgracia y sea enviado como supervisor al departamento de Madriz; otro de esos azares lo llevará a un retiro espiritual a Tepeyac, donde compartirá vivencias espirituales y políticas con Eleana, José Imer Garmundia, Carmen Miranda y otros, pero sobre todo, con el padre Ángel, párroco de la iglesia de los Altos de Santiago, donde tiempo después se decidirá su futuro; finalmente, el azar lo llevará a encontrarse en los Altos de Santiago, lugar de su plaza de maestro, con quienes serán sus compañeros de lucha en la misión liberadora que le será encomendada. Primero se encontrará, maravillado de tantas coincidencias, con el padre Ángel, Burgalín Garmundia (Padre de José Imer) y Carmen Miranda. Tal acumulación de encuentros imprevistos equivaldrán a una especie de revelación para el protagonista, quien sentirá “como si despertara de un adormecimiento repentino”. A partir de ese momento, la fuerza del destino se impondrá como el motor que moverá las acciones de los personajes. “Parece mentira, Carmen, es como si la vida se empeñara en juntarnos”, expresa aún escéptico Moisés. La Carmen responderá categóricamente: “Son las cosas del destino, Moisés, a veces ni siquiera sabemos por qué suceden las cosas”. Y efectivamente, ese mismo azar, que mueve otras acciones menores de la historia, llevará desde Managua a los Altos a otros personajes como Nilo Perelas y Crescencio Plata. El azar también llevará a Moisés a un encuentro inesperado con Eleana, su frustrado amor, y luego con la muerte a pocos días del triunfo revolucionario.

Estas vueltas del azar, que harán de la vida de estos jóvenes un peligroso juego, sumadas a la estructura exódica de la trama y al simbolismo.  
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Las trampas de la revolución