Vega Matus, una sola nota
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El músico, Alejandro Vega Matus. |
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Joaquín Absalón Pastora
En agosto nació Alejandro Vega Matus. La primera extroversión sintomática y aleatoria de su destino de artífice y ejecutante, la dio desde la infancia.
Advino a estos paisajes el 17 de agosto de 1875, a las seis de la mañana, hora propicia y delegada por los trinos —en alba plena en que sus antepasados con cuerdas y cornetines, acudieron a celebrar su movida puesta en la existencia.
Haber oído ese homenaje cuando apenas se había desprendido del vientre materno, produjo la agudización y predisposición en unos oídos abiertos y sensibles desde el principio hasta el final de su estancia en este mundo. La inclinación impulsada por sus antecesores desde que expulsó el primer entrañable canto, contribuyó a que años después, en la niñez, al recibir las primicias del uso de la razón, revelara sus dotes y venturas de creador prematuro cuando con sólo ocho años de edad compuso la primera pieza dedicada, según sus biógrafos, a su maestra Amalia de Maison. Siguiendo los preceptos de la boga epocal, la composición tomó la forma de una mazurca que pronto se puso el broche de la popularidad. Curioso que en esa misma edad, Camilo Zapata haya comenzado a darle las pinceladas iniciales a su Caballito chontaleño, por supuesto que en otros tiempos y otras circunstancias.
Según mis cálculos no pretendiendo ser absolutamente exacto, Alejandro Vega Matus cumplió el pasado 17 de agosto la venerable adición de 180 años de ser recordado no sólo por los reflejos de su personalidad y de sus dotes de caballero excepcional en su transcurrir, tanto privado como público, sino porque su música está viva, salta y resalta en las coyunturas mundanas y religiosas, en la intimidad del romanticismo, en la forja del folclore. Estando viva ella, insistiendo en sonar su heredad, está vivo él, festejando su efemérides sin que ese atavío específico de la conmemoración indique que se le olvide el resto del año.
El ritmo de su producción que amerita considerársele como prolífica, va en “crescendo” en la misma etapa de la adolescencia cuando ya alcanzando los doce años crea melodías en alianza con el órgano tocadas con las reservas impuestas por su condición de precoz. Vega Matus tocó, pues, el cornetín de Guillermo Tell y lo digo porque adicto a la lectura de su vida, como gustosamente lo soy de otros clásicos, desde la infancia mostró predilección por la ópera y con más detenimiento en ese nombre, causa de admiración casi exclusiva que debía prolongarse a las esferas de las bromas Rossinianas, por supuesto, las que históricamente le son inherentes a Don Gioaccino. Sin presumir de hacer malabares y siguiendo el humor del “Scherzo”, perfilaba una jovial travesura. Tocaba con una mano el cornetín y con la otra el piano. Persistió la simultánea diligencia por ser la atracción de concurrencias cautivadas por el original manejo, un solo hombre en concierto de dúo, llenando los requisitos que debían ser cumplidos por dos ejecutantes. En la alegre juventud casi lo mismo no hacia el radiante Mozart en su Salzburgo.
Los abuelos cuentan la historia con los detalles acumulados por la fidelidad de la memoria, cuando ésta esculca lo mas viejo.
Trío de símbolos —insisto vivientes— de la música académica, formal, clásica, tiene Nicaragua: José de la Cruz Mena, Luis Abraham Delgadillo y Alejandro Vega Matus (“El orden de los factores no altera el producto”). El modelo usado por ellos tuvo vinculación con la universalidad y bien podría decirse si se hubiera presentado la posibilidad, que los tres estaban facultados para tener cabida en los conciertos dados por los virtuosos componentes de la sinfonía del entonces, no obstante reproducidas por orquestas de renombre de cuyas interpretaciones afloran evidencias consignadas en aquellas gruesas revoluciones por minuto y en lo atingente al patio criollo de la ejecución, las realizadas en los años cincuenta por la orquesta “Vega Matus”, dirigida por el Maestro, su hijo Ricardo Vega Jiménez en la propia testimonial Masaya donde la gratitud no tiene ni la pasividad de un minuto para dejar de celebrar a sus iconos intestinales.
Ahora quiero ver aunque en la brevedad, al Vega Matus maduro en lo que apenas es una síntesis emotiva de sus hazañas como músico de porte y compostura. Basta con conocer los títulos de sus piezas para intuir y conocer que se está en presencia de un hombre selecto: Cuerdas solistas para Ministerio, agonía del crepúsculo, Una lágrima, Murió de un beso, Cascada de perlas y Noche de gala, además de otras conocidas como Lila y Melina. Conversando en un acto dedicado al compositor, el acucioso Francisco Gutiérrez Barreto, refirió que toda esa música engalana riquísima discoteca.
Vega Matus siempre estuvo y está en todas las latitudes, viaja su obra con facilidad de las barreras de torosa las salas de conciertos porque en ambos ambientes cabe. Suntuosa fue la despedida fúnebre a partir de un 26 de noviembre de 1937 cuando le sirvió de acompañante su propio parto luctuoso. 
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