LUNES 17 DE OCTUBRE DEL 2005 / EDICION No. 23965 / ACTUALIZADA





EL HUMOR DE




Hablando de mujeres

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León Núñez

Desde que cumplí sesenta y pico de años, un pico que todavía —como dice un amigo mío— es de chocoyo australiano y no de tucán, empecé a hacer un recuento de los cambios que ha experimentado mi personalidad a lo largo de mi vida.

Hasta la fecha he contabilizado diez cambios sorprendentes, siendo uno de esos cambios el relacionado con mi sentido de la belleza femenina. En realidad no debía calificarlos de sorprendentes porque los cambios son inherentes a la naturaleza humana. Todo cambio forma parte de nuestra normalidad, y la normalidad nunca debe sorprendernos. ¿Acaso no es cierto que el hombre es una suma dialéctica de rectificaciones?

No hay duda que la naturaleza cambiante del hombre abarca la mayor parte de los aspectos de la vida. Por esta razón, siempre comprendí las metamorfosis políticas. Yo siempre he defendido, por ejemplo, la habilidad de Mario De Franco. Fue liberal somocista, fue sandino-troskista, fue pronaltoñolacayista, fue liberal arnoldista y por último conservador bolañista. Es importante señalar, en honor a la verdad, que don Mario siempre asumió estas posiciones ideológicas no desde el punto de vista partidario sino desde el punto de vista “técnico”. En la actualidad, desde la jugosamente lucrativa atalaya del BCIE está observando atentamente nuestros acontecimientos políticos para poder calcular un buen aterrizaje en el gobierno que habrá de formarse en enero del 2007.

Pero el tema de este artículo no está relacionado con la política ni con los políticos que son políticos ni con los políticos que son “técnicos”. En este artículo voy a hablar de otras cosas; voy a escribir sobre los sucesivos cambios que ha sufrido mi sentido estético de la mujer, que ha sido el sentido, de todos mis sentidos, el que más ha cambiado. Tal vez más adelante escriba sobre los otros cambios que se han producido en mi mente, pero por el momento hablaré de la concepción de la belleza femenina, concepción que muchas veces es determinante para comprender algunos episodios históricos que fueron de gran trascendencia política para la humanidad.

En mi juventud tuve una gran pasión estética por las mujeres gordas y piernudas, pasión que duró hasta que cumplí treinta años. Pero debo decir que no todas las mujeres gordas me gustaban; no me gustaban, por ejemplo, las mujeres “cintura de gallina”, que eran apodadas así por ser mujeres gordas con piernas muy delgadas.

Era la época en que la gordura estaba de moda, y no por influencia de Rubens —todavía no habían nacido las gorditas de Velásquez— sino porque las gordas eran percibidas como mujeres hermosas, saludables, con un gran bienestar económico. Hasta se solía felicitar a las mujeres gordas por ser gordas, y todas agradecían la felicitación. Al contrario, cuando uno le decía flaca a una mujer delgada, inmediatamente nos respondía con una muy seria como aclaratoria contestación: “flaca, pero no de hambre”. La verdad es que lo que fue antes una especie de piropo —¡qué gorda estás niñaaá!— ahora es un insulto. Recuerdo que mis amigos, en la etapa de la adolescencia, se emocionaban cuando veían a una mujer gorda con piernas tipo “pata de billar”. “¡Qué clase de piernas!”, exclamaban con lujuriosa admiración.

Cuando cumplí treinta años se operó el primer cambio en mi concepción estética de la mujer. Empezaron a no gustarme las mujeres gordas y piernudas. Las evitaba. Procuraba no acercarme a ellas. En ese entonces, me gustaban las mujeres bajas, pero no enanas, delgadas, pero no flacas. Incluso podría no disgustarme alguna que otra mujer rellenita, pero no gorda. Fue a partir de mis cuarenta años, cuando viviendo en Costa Rica comencé a notar poco a poco que mi concepción estética de la mujer estaba nuevamente cambiando.

Ahora para mí, desde que cumplí cincuenta años, el ideal de la belleza femenina está representado por una mujer con más de seis pies de altura y muy delgada, bastante flaca. Sin embargo, quiero aclarar que hay mujeres como Nicole Kidman, Catherine Zeta-Jones o Jennifer López, etc., que aunque no tengan la altura y la delgadez deseada —yo soy en realidad un esteta— no me daría pena pasear, agarrado de la mano, con cualquiera de ellas, por las calles de Acoyapa, paseo que no daría con ninguna gorda.

Siendo yo un amante de la cultura helénica, y consciente de que toda la belleza viene de Atenas, no me explico cómo fue posible que en mi juventud me hayan gustado las mujeres gordas. No creo que en el futuro me vuelvan a gustar, y no obstante la naturaleza cambiante del hombre, debo confesar que en cuanto a la edad de las mujeres siempre he sido de una sola línea, jamás he cambiado. Nunca han encajado en mi arquetipo de la belleza femenina ni las mujeres mayores de 40 años ni las mujeres menores de 18.

El autor es abogado
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