Cosas veredes Sancho amigo
Oliverio Castañeda y otros más en los recuerdos del “Capi” Prío
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Se han dicho algunas verdades y muchas mentiras alrededor de la figura de Oliverio Castañeda, yo sostengo que él era culpable de los crímenes que le atribuían, pero también debo decir que Castañeda era muy hábil y se defendió de manera genial y que la “ley fuga” que le aplicó Somoza dejó más sombras que claridades en el caso” |
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Entre los recuerdos de don Agustín Prío Largaespada está el caso de Oliverio Castañeda.
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Mario Fulvio Espinosa departamentos@laprensa.com.ni
El “Capi” Prío, don Agustín Prío Largaespada, está nuevamente con nosotros sentado ante una vieja mesa de su establecimiento de sorbetes y batidos de la Calle Real de León. Hemos puesto en su anzuelo carnada de recuerdos y él trata de pescar sus más hermosas lejanías para solazarse en ellas.
Posee el “Capi” una mente prodigiosa de 91 años. Pero no hace alarde de ese don, habla de una manera tan natural que parecen cosas de ayer o de anteayer las que cuenta. “Yo conocí muy bien a los hermanos Carrillo. Todos fueron mentalidades notables. Salvador era esencialmente un genio de las matemáticas, y Juan, un geógrafo notable. Macario fue un músico excelso y el otro hermano —eran cuatro— fue obispo de Matagalpa”.
¿Es cierto que Rubén Darío firmó muchos vales en la Casa Prío?
Eso es cierto, pero todos se quemaron cuando el incendio de la Casa Prío. Allí se destruyeron muchas cosas. Pero debo decirle que Darío vivió en la Casa Prío. Ahí tenía una cama y su mesa de noche. Todo hace suponer que por su vida bohemia en su propia casa no reconocían sus méritos, entonces él le pidió a mi papá que le dejara donde quedarse en la casa en la noche. Mi padre me contaba que Rubén se desvelaba hasta la una o dos de la mañana en una “mesa de amigos”, donde abordaban más que nada temas de poesía y literatura, mientras platicaban estaban pingueando licor. El licor, mi amigo, tomado con abuso es el que hace daño, pero el licor es beneficioso. Por ejemplo, si usted va a una misión muy delicada tómese un trago antes, así mantiene despabilado el cerebro.
EL CASO DE OLIVERIO CASTAÑEDA
¿Sergio Ramírez en su novela Castigo divino cuenta el caso de Oliverio Castañeda y lo menciona a usted. ¿Qué opinión tiene de esa obra?
Como toda novela tiene muchas cosas que salen de la imaginación del escritor. También algunas escenas, como la que dice que Oliverio llevó a la muchacha Gurdián a una finca ahí por Poneloya, eso no existe.
Yo conocí en ese tiempo a Oliverio Castañeda, era por el año 34. Manejaba la Casa Prío un cuñado mío, Abel Gallard, pero como teníamos una sucursal en Managua, él se iba para allá y yo me quedaba administrando la casa principal. En esos términos es que conocí a Oliverio y tuve la ocasión de tratarlo.
Castañeda era un hombre muy correcto en su vestuario, muy cuidadoso, atildado. En ese tiempo todo profesional, doctor en medicina o lo que fuera, usaba bastón. Él portaba un bastón de madera fina, vestía de levita con camisa de cuello duro, las mangas las aseguraba con mancuernillas de oro. También usaba leontina y reloj de bolsillo. Era muy elegante.
¿Cómo era físicamente Oliverio Castañeda?
Era de estatura regular, no era bajo. La piel era blanca, los ojos negros, el pelo era negro, grueso y liso, un poco así aindiado, pero se peinaba muy bien con partido al lado, usaba anteojos de cristales finos.
Era parroquiano habitual de la Casa Prío. Era notoria su llegada por el perfume suave que usaba y que inundaba con su olor el local. Llegaba pues bien perfumado, colgaba su bastón del perchero, se sentaba en una mesa allá en un rincón del salón y pedía una “ginger-ale” con la que rociaba apenitas el trago de whiskey. Ya instalado comenzaba a leer los papeles que traía en su cartapacio.
UN HOMBRE MUY ATRACTIVO
Un hombre así resultaba muy atractivo para las mujeres que pasaban o que entraban al establecimiento, algunas lo saludaban. Ellas más bien eran enamoradas de él. En Castigo divino lo ponen como mujerero, pero yo me acuerdo, él no era mujerero, porque por ejemplo, la cajera, que siempre tratábamos que tuviera un físico atractivo, se levantaba a atenderlo. Y yo presencié que en cierta ocasión él le entregó un sobre con su sello personal, había un papelito que decía: “Aquí le doy esta ayudita”, y con el papelito un billete, nada más. No le dijo amorcito, ni cosa por el estilo.
Algunas damitas se arrimaban a saludarlo, él se paraba y les quería invitar, pero ellas no aceptaban porque había la costumbre que ofrecer un vasito de whisky a una dama era una ofensa. Cosas de la vida. Ahora el mismo whiskito lo toman las mujeres en una copa de cristal de colores con una cereza en medio.
Yo creo que él les ofrecía el whiskey para que no le aceptaran la invitación porque le interrumpían su lectura o estudio.
Era un hombre muy educado y muy inteligente y antes de trasladarse a Nicaragua había ocupado una posición política muy destacada en Guatemala y por eso era perseguido político. Llegaba casi a diario a eso de las 6:00 ó 7:00 de la noche y se iba hasta las 9:00.
¿Platicó usted con él?
Bueno, platiqué cosas ligeras, así nada más: “Idiay doctor, qué tal, ¿cómo le va?”, algún comentario político breve, cosas del tiempo, casi nunca tuve la ocasión de conversar con él un poco más de esas frases necesarias.
QUÉ ME DISTE OLI?
Cuándo reventó el caso de los crímenes ¿cuál era su opinión con respecto a él?
Bueno, aquí la mayoría de gente pensaba que él era el responsable. Desde un principio él tuvo una gran falla que dieron paso a su captura. Fue cuando envenena a la esposa, resulta que él le da la cápsula de estricnina y se viene con aire de compungido al parque donde se encuentra a monseñor Augusto Oviedo y Reyes, que era el párroco de la Iglesia y amigo de la casa. Afligido le dice: “Monseñor quiero que vaya a ver a Martita que está mal, lo vengo a llamar. ¿De veras? Pregunta Monseñor. De veras, le dice. Y se va Monseñor y la encuentra que está sanita, que no tiene nada. Por supuesto, él le daba la cápsula quién sabe de cuántos bombillos y eso tardaba en diluirse en el estómago, significaba una hora u hora y media que el envenenado aparentemente estaba en buenas condiciones.
Cuando Monseñor llega a la casa la encuentra que está ella sacudiendo, arreglando la casa porque dos días después sería la graduación de él, porque él no vino hecho doctor, aquí se recibió en la universidad.
Monseñor se extrañó que él le gastara una broma tan pesada. Se devuelve, llega a su casa y ahí nomás recibe una llamada telefónica de Oliverio: “Monseñor, venga que a Martita le están cogiendo convulsiones”. Monseñor regresa incrédulo y ahora sí la encuentra en agonía. Pero Oliverio no calcula bien las cosas, él por cuenta cree que ya ella no habla, entra directamente al aposento con Monseñor y entonces ella todavía tiene conocimiento y habla y le pregunta: “Oli, Oli ¿Qué me diste?”.
OTROS ENVENENAMIENTOS
Él no contesta, da la vuelta y todos ven eso, se va llorando, hace el papel, pues. Yo vi el entierro de la señora, fue muy de mañana, a las 6:30 de la mañana. Oliverio estaba apurado porque parece que la familia guatemalteca de Martha Jerez, inmediatamente que supieron su muerte, ordenaron el traslado del cadáver a Guatemala, pero él les contestó que ya estaba enterrada, que ya no se podía desenterrar, con temor seguramente de una autopsia. Bueno, pues, aquello se quedó así y entonces él quedó tan triste que decidió irse a Guatemala. Él, reitero, era un personaje político y tenía problemas con el presidente Ubico. Ubico lo expulsa y entonces él pide entrar de nuevo a Nicaragua, pero se la negaron. Entonces se vino a Costa Rica, ya la suerte de la familia Gurdián estaba echada, ¿Verdad?
Es en Costa Rica que Oliverio conoce a doña Emilia Castro, la esposa de don Enrique Gurdián, ella era costarricense, ahí se encontraron y le arreglaron la condición de entrar a Nicaragua. Se lo traen a Nicaragua a vivir en la casa de los señores Gurdián. Estando ahí al poco tiempo, verdad, una noche de tantas, la hija Ena aparece enferma, ella no habló nada, pero dicen que las empleadas veían que él no entraba al aposento, llegaba y hasta ahí, pues bueno, la muchacha muere a los ocho días de haber venido él. Cuando muere, el papá, don Enrique, queda muy adolorido. Le ponen a Oliverio como compañero de cuarto para que lo acompañe, por supuesto ya a los ocho días después don Enrique también aparece enfermo.
Cuentan que estaba ahí de visita un amigo, eran las 7:00 de la mañana y le dice a Oliverio: “Don Enrique está mal”. “Ya va”, contesta él, porque estaba en la máquina de escribir, porque sabía escribir a máquina. Llamó la atención su indiferencia.
A don Enrique lo llevaron con las completas. Ya para esa ocasión era “vox populi” que Oliverio era el envenenador. Y eso corría a “sotto voce” por todo León.
LA MUERTE DE CASTAÑEDA
Ante esos decires ya en el entierro, despuecito del entierro, la Guardia lo captura y se lo lleva, Tacho Ortiz era jefe de Policía. A esas alturas, la familia Gurdián no quería creer que él era tan malo. Yo vi la siguiente escena: a él se lo llevan como a las 5:00 de la tarde y a las 7:00 de la noche vi pasar a cuatro empleados de la familia Gurdián —que era muy adinerada—. Llevaban un colchón, otro un portaviandas, otro ropa y cosas personales para Oliverio. En la cárcel, él estaba en una sala especial con todas las condiciones, pero ahí comienza a hablar y empieza a denotar que había tenido relaciones con varias muchachas de la sociedad de León, en cuenta mete a una que era cuñada de Tacho Somoza. Entonces Tacho, disgustado, le cortó todo y lo paso a la celda de los reos comunes.
Así quedó en esas condiciones, ya se planea matarlo. Así llegó el momento en que un día está la vela de un sargento de la Guardia y otro guardia le consigue un vestido militar y le dice: “Doctor Castañeda este es tiempo de que usted puede huir”. Él está de acuerdo, verdad, se viste y lo llevan allá a Sutiaba, detrás del jeep donde va el aparente amigo en una patrulla que lo va a tirar. Cuando él se prepara para huir, los guardias lo capturan y lo llevaron a tirar allá en el muro del cementerio de San Felipe.
¿Ahí está enterrado?
Sí, aquí está enterrado, que toda la vida del ser humano tiene de cómico y de maldad, imagínese que ahí está la tumba toda abandonada, medio hundida, medio se ve en el letrero el nombre de él, pero todos los años el 2 de noviembre usted va a ver que la tumba tiene flores, por cuenta los trabajadores le ponen flores. Dicen que es una mujer misteriosa la que adorna la tumba, pero, imagínese eso fue en el 34, ¡Chocho! Son setenta y pico de años. ¿Qué mujer le va a poner flores durante tantos años?, pero así es.
¿En su opinión fue culpable?
Yo creo que era culpable.
EL CHACAL DE TACUBA
“El caso Oliverio me recuerda otro que viví en México, el del estudiante de Medicina, Gregorio Cárdenas, al que llamaron ‘El Chacal de Tacuba’. Ese hombre odiaba a las prostitutas de tal modo que cometió con ellas asesinatos en serie. Las descuartizaba y las enterraba en el patio de su casa. Lo descubrieron por el hedor de la última que quedó sepultada casi a flor de tierra”.

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