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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 15 DE OCTUBRE DE 2005
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El uso del español nica

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.Del idioma español en Nicaragua (Glosas e indagaciones), del escritor Jorge Eduardo Arellano, contiene importantes reflexiones acerca del uso del idioma

 

En julio del presente año apareció la última obra de Jorge Eduardo Arellano, Del idioma español en Nicaragua, que consta de unos amplios prolegómenos titulados Volando lengua y de dos partes integradas por veinticinco trabajos (diez y quince respectivamente). Antes de referirnos a ellos, es imprescindible destacar el diseño de la cubierta: la L de lengua, o de lingüística, conformada por fotografías de ocho estudiosos del habla nicaragüense y, bajo el nombre del autor y del título y subtítulo, otra fotografía del pueblo de Diriomo un día celebratorio de su fiesta patronal. Montados, vendedoras ambulantes, devotos de la Virgen de Candelaria, frutos colgantes de una enramada se advierten en este documento gráfico, vistoso y colorido que representa al pueblo y su habla: tema principal del libro.

No sólo la unidad dialéctica de la cubierta resulta llamativa, sino la dedicatoria: “A Günther Haensch: admiración y gratitud”. Arellano explica en la “Nota preliminar”, su sentido: sin la experiencia que tuvo en la cátedra de Lingüística Aplicada de la Universidad de Augsburgo, Alemania —dirigida por Haensch, renovador científico de la lexicografía hispanoamericana— no hubiera elaborado esta colección de estudios. Con él aprendió y aplicó la teoría que rige la magna obra Nuevo Diccionario de Americanismos, cuyos tomos correspondientes a Colombia, Argentina, Uruguay, Venezuela y Cuba ya se han publicado.

Volando lengua se divide en diez apartados, comenzando con Incursiones iniciales, en el cual Arellano enaltece la influencia que ejercieron en él, siendo muy joven, Emilio Álvarez Lejarza (1884-1969), Francisco Pérez Estrada (1918-1982) y Enrique Fernández Morales (1918-1982), aparte de los discursos de ingreso a la Academia Nicaragüense de la Lengua pronunciados por Fernando Silva en 1968 y Carlos Mántica Abaunza en 1970. “Me impactaron hasta el punto de estimularme la afición lexicográfica. Al mismo tiempo, ambos hicieron sentir a nuestra generación orgullo por nuestra habla” (Pág. 20). Luego, refiriéndose a su primer esfuerzo por sistematizar la bibliografía de los aportes al estudio de el español de América (editado por la UNAN-Managua en 1980), alude a Carlos Alemán Ocampo (1941) y a Róger Matus Lazo (1943), éste “uno de los mejores alumnos de la Escuela de Ciencias de la Educación” y aquél: destinatario de la dedicatoria del esfuerzo o folleto citado El español en Nicaragua /Bibliografía fundamental y analítica. “Futuros colegas en los años noventa, su amistad sostenida me ha sido provechosa en cuestiones lingüísticas”, reconoce Arellano (Pág. 21).

Si en este apartado detalla el nacimiento de su interés filológico, en los dos siguientes se presenta en Madrid, realizando sus cursos de doctorado. Por esta formación constató la diferencialidad del español de América en relación al de España, de fisonomías distintas pero compartiendo su unidad esencial, y recibió las lecciones de Manuel Alvar, profesor en la Universidad Complutense, a quien dedica un entrañable obituario. En torno a la onomástica de la América española, se titula el cuarto apartado. Allí establece: “un espíritu, remozado y americanista, prolongando y enriqueciendo el legado español, es el que anima, ama y vibra en esta colección de estudios que, sin la organicidad del tratado, oscilan entre la seriedad científica del iniciado en la lingüística y el humor o la alegría del ciudadano común o de la calle” (Pág. 32). En el quinto apartado, Elogio de nuestro geolecto, el autor expone la sustentación teórica de sus glosas e indagaciones, tomadas del mismo Alvar y de la obra El español de América (1998) de otro maestro suyo, más reciente: Humberto López Morales. Así puntualiza: “mis trabajos tienen dos modestos objetivos: contribuir al estudio del dialecto —geolecto o topolecto— que del español se habla en Nicaragua y difundir los aportes que en esa misma dirección se han elaborado desde finales del siglo XIX hasta hoy” (Pág. 33). En otras palabras, rescata, valora y enriquece todo un quehacer lingüístico, desconocido por las nuevas generaciones. Y no sólo eso: en los dos siguientes y últimos apartados de Volando lengua no se hace esperar su contribución al estudio diacrónico del español nicaragüense. Lo ubica en las áreas dialectales y fonéticas que le han asignado estudiosos de América Latina y España, entre ellas la del español Atlántico, propuesta por Rafael Lapesa. Y señala sus rasgos generales, observados por especialistas como Heberto Lacayo, Carlos Mántica y Julio Ycaza Tijerino. El sexto apartado corresponde a un artículo interesante: Los arcaísmos en nuestra habla —que, obviamente, no lo son para nosotros, dada su actual vitalidad— y el octavo a Nuestro español fundacional.

Glosa del discurso académico de Carlos Alemán Ocampo, Arellano profundiza en los momentos iniciales del español como lengua de contacto en el territorio de Nicaragua a raíz de la implantación conquistadora en 1523. Auxiliado en otras investigaciones, especialmente en la de María Elba Nieto sobre el español colonial de Honduras, especifica los elementos en los niveles fonético, fonológico, morfosintáctico y léxico-semántico, los indigenismos léxicos —incluyendo valiosa información acerca de los topónimos mangues—, el surgimiento del voseo, más el proceso de “nahuatlización” que se operó desde la segunda mitad del siglo XVI hasta llegar a un momento significativo. En concreto, a la formación del Españahuat “o lengua franca en que se escribió nuestra comedia no menos fundadora y maestra: El Güegüense [...], patrimonio [en el siglo XVIII] de la población indígena y de sangre mezclada” (Pág. 59).

Precisamente, un estudio acerca de esta lengua-mixta a través de sus tres manuscritos conservados abre la primera parte, siguiéndole El primer diccionario de nicaragüensismos (Palabras y modismos de la lengua castellana, según se habla en Nicaragua, 1874) de Carl Herman Berendt, dedicado “a la memoria de Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985), quien me indicó la existencia de este diccionario”; y Primeros estudiosos nacionales de nuestra habla. Este trabajo es el de mayor alcance en cuanto al objetivo de fijar la historiografía lingüística en Nicaragua, pues resume y ejemplifica los logros y las tendencias de los precursores: Juan Eligio De la Rocha (1825-1873): gramático e indigenista; Mariano Barreto (1856-1927) y Alfonso Ayón (1858-1944): discípulos leoneses de Cuervo y Baralt, como también de los fundadores. Arellano realiza con éstos lo mismo que con los precedentes en sus semblanzas críticas.  
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El uso del español nica


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