La estrategia de Ortega y cómo derrotarla
Humberto Belli Pereira
Aunque la mayoría del pueblo no votaría por él, Daniel Ortega, quien es candidato del FSLN porque no permitió las primarias en su partido, puede ganar las elecciones presidenciales. Para lograrlo cuenta con la enorme influencia que el pacto le ha otorgado sobre el Poder Judicial y el Electoral, y con la complicidad del PLC Ortega puede inhibir a Lewites utilizando cualquier pretexto legal. Igualmente puede decirle a Alemán: “Cooperá con mis planes —dentro de los cuales ganar las elecciones es el más importante— o vas de vuelta a la cárcel Modelo”.
Este pacto entre reo y carcelero explica la parálisis de un partido liberal supeditado a su jefe, que no se atreve a pasar ninguna legislación, a menos que el FSLN levante su veto, ni a elegir como candidatos a quienes han demostrado popularidad suficiente para llevarlo al poder. Esto satisface el interés táctico más importante de Ortega: que corra un candidato arnoldista, con poca capacidad de arrastre, en competencia con otros candidatos de fuera del PLC. Lo único capaz de complicar esta estrategia es que un candidato independiente, como Eduardo Montealegre, comience a captar el grueso del voto duro liberal, en cuyo caso Ortega podría considerar la opción de inhibirlo o de orquestar un fraude a través del control que él y Alemán tienen sobre el Consejo Supremo Electoral.
Esta estrategia cínica y antidemocrática de Ortega puede regresarlo al poder, aunque no se sabe por cuánto tiempo. Su victoria, hija de inhibiciones o del fraude, y carente de legitimidad nacional e internacional, podría generar reacciones muy predecibles: protesta interna, fuga masiva del capital nacional y extranjero, suspensión de la ayuda de los países democráticos, alineación de Ortega con Chávez y Castro, consumación de la ya iniciada subordinación de todos los poderes del Estado al partido dominante, sustitución de la democracia representativa por formas populistas de tiranía, mucha, mucha pobreza, y hasta una posible guerra civil.
¿Qué podría evitar este escenario? Una alternativa es que el PLC se independice de Alemán. Pero la ausencia de primarias, y el control de éste sobre el nombramiento de los convencionales, la dificulta. Además, muchos liberales arnoldistas confían en la maquinaria de su partido y creen que ante el espectro de Ortega la mayoría de los nicaragüenses, incluyendo quienes detestan al pacto y al PLC, no tendrán más remedio que votar por su candidato. Por eso la cúpula arnoldista sonreiría ante la inhibición de Lewites. Existen, sin embargo, cada vez más militantes liberales que saben que el pacto, la política de exclusiones, y haber cerrado filas tras un líder corrupto, han causado un gran daño al PLC. Éstos sospechan que la derrota que sufrió su partido en las elecciones municipales podría repetirse en las presidenciales. Por tanto favorecen una amplia alianza liberal, y que sean las bases, y no el dedo de Arnoldo, quien escoja los candidatos. Es temprano para saber si ellos prevalecerán.
Otra alternativa, ideal ante la carencia de elecciones primarias, es que los pactistas se vean obligados a un juego a cuatro bandas, en que compitan los candidatos del pacto con los candidatos independientes en comicios libres y transparentes. En este caso, tanto Ortega como Alemán podrían sufrir una disminución importante de su caudal electoral y de su representación en la Asamblea. El ganador, aún en la hipótesis improbable que fuese Ortega o alguien del pacto, gozaría de legitimidad pero tendría que negociar su agenda con las otras tres fuerzas políticas, abriéndose para Nicaragua una etapa de democratización prometedora.
Pero ninguna de estas posibilidades podrá cuajar a menos que una presión formidable sobre los pactistas los disuada de utilizar la estrategia perversa de las trampas y las inhibiciones. Las posibilidades de lograrlo son buenas: Existe un rechazo sin precedentes en la comunidad internacional a las maniobras y contubernio de Ortega y Alemán, y un fuerte sentimiento contra el pacto entre la juventud y la mayoría del pueblo. Ésta es una combinación poderosa. Los caudillos podrían ignorarla, como en su oportunidad lo hizo Somoza, pero a un gran riesgo.
Nuestro reto entonces es saber manifestar, en forma rotunda, valiente y cívica, que los nicaragüenses no estamos dispuestos a aceptar el fraude o las inhibiciones. La movilización popular es posiblemente lo único capaz de evitar que la alianza de dos caudillos, corruptos y autoritarios, burle nuestras esperanzas y arruine nuestro futuro. Como la ha enseñado la historia tantas veces, son las calles donde podrá conquistarse la democracia y salvarnos del abismo. El momento es propicio.
El autor fue Ministro de Educación de Nicaragua.

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