Hambre entre los hijos del Wanki
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Una plaga de ratas nunca vista en los últimos cinco años acabó con los cultivos de los miskitos que habitan en varias comunidades del municipio de Waspam, en las riberas del río Coco. Un equipo de LA PRENSA estuvo varios días con ellos y comprobó la pesadilla en la que viven, en lugares donde los alimentos, como las medicinas, son casi siempre inexistentes |
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Carreteras de agua. Ésta es la única vía de transporte para miles de nicaragüenses, cuya subsistencia depende en su totalidad del Río Coco.
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Roberto Pérez Solís nacionales@laprensa.com.ni
A las 10:35 del domingo 9 de octubre una multitud de personas colmó uno de los pocos andenes que hay en Siksayari, municipio de Waspam, en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN). No se dirigían a ningún acto religioso, sino a una casa de madera y tejas situada en la cumbre de esta comunidad que tiene como vecino principal al imponente río Coco o Wanki.
Con ropas y rostros gastados por el tiempo, de cuerpos delgados, la mayoría de piel morena y descalzos —algunos usaban botas de hule—, llevaban en sus manos desde una pequeña bolsa plástica, sacos medianos y grandes hasta baldes.
Aunque no demostraban alegría, seguro que sí estaban contentos. Por primera vez en varios meses se iban a ir a la cama tranquilos: recibirían de trabajadores del Programa Mundial de Alimentos (PMA) varias libras de frijoles, maíz y cereal.
Siksayari, que en miskito significa Banano Largo, tiene una población aproximada de 1,200 habitantes, agrupados en 198 familias, dedicadas a la agricultura. No hay luz eléctrica ni agua potable. El agua que ocupan para beber y bañarse procede del río o de un caño que más parece una pila de aguas servidas.
HAMBRE CAMPEA
Es una de las comunidades de Waspam, que desde mayo vive una situación de hambruna luego que una plaga de ratas, junto a las constantes inundaciones por la temporada de invierno, se confabularon para arrasar sin misericordia 660 manzanas de arroz, 450 de maíz, 26 de yuca y más de 100 de frijoles. Desde entonces el guineo, para muy pocos habitantes, ha sido el único alimento.
Quienes pueden aprovechan la cercanía con los pueblos hondureños y compran, a siete o diez córdobas, desperdicios de arroz, que luego comen sancochado.
El hambre también ha afectado a los animales. Varios cerdos de hocico y pelo largo que dejan sus heces por todos los patios de las casas se pasean campantes mostrando sus pellejos que permiten ver sin necesidad de una radiografía hasta el más mínimo detalle de sus costillas. Como si se tratara de la competencia del animal más flaco, los perros y las vacas son dignos competidores.
ADIÓS EN LA MADRUGADA
Juan Briceño, un profesor de primaria que gana 2,102 córdobas mensuales, pero que gasta más de la mitad en concepto de transporte marítimo cuando va a retirar su salario a Wiwilí, en Jinotega, relata el drama que vive la comunidad.
Su semblante se torna triste al recordar la tarde del 23 de julio. Ese día una niña le pidió que se dirigiera con urgencia a la casa de Faustina Henry. Al llegar vio tirado en el piso, entre las cuatro paredes de tabla, al pequeño Kesler, de año y medio. Primero le movió la quijada sin obtener respuesta alguna.
De inmediato pegó su oreja al pecho del pequeño y apenas pudo escuchar unos débiles y retirados latidos del corazón. Los otros cuatro hermanitos estaban acostados a un lado apenas entendían lo que pasaba en el interior de la vivienda. Faustina, por ser madre soltera, había salido a pescar al río horas antes.
El Centro de Salud estaba cerrado —cuando funciona apenas tiene pastillas para curar la calentura—, y la aplicación de la medicina tradicional esta vez no dio resultado. En la madrugada del 24 de julio, el niño dejó de respirar para siempre.
“Tenía ronchitas en la piel, pero digo que eso no fue lo que causó la muerte. Desde hacía tres días no había comido, si hubiera ingerido alimentos aguantaba la enfermedad, pero eso no sucedió”, expresa el profesor de 50 años en un español a cada instante truncado por causa del miskito, su lengua natal.
DULCE SUEÑO
Rubén Martínez, de 35 años, también es un líder de la comunidad. De piel morena, pelo en dirección al cielo, pómulos abultados y un bigote bastante poblado que esconde sin querer su pronunciada boca. Martínez cuenta que muchas personas no comen nada. Aunque sus cuerpos no lucen famélicos como el de los africanos, expresa que si tienen suerte sacan un guapote del río y lo comparten con la familia “pero sin bastimento, porque es difícil conseguir el guineo”.
Por esta razón el sábado en la noche, un día antes que llegaran los alimentos en 16 pangas procedentes de Wiwilí, durmió con más tranquilidad pues sabía que sus cinco hijos comerían mejor durante los próximos 30 días.
El PMA envió el fin de semana pasado las primeras 63 toneladas métricas de alimentos, equivalentes a 1,400 quintales de maíz, frijoles, cereal fortificado y aceite vegetal, para socorrer a 4,450 personas que sufren de hambre. Este alimento abastecerá a las familias de 14 comunidades miskitas de Waspam localizadas en la ribera del río Coco, por un mes.
Las comunidades indígenas que recibieron estos alimentos son, además de Siksayari, Raití, Lacusta, Tilba Lupia, Wailaska, Arandak, Andrés Tara, Linda Vista y Puswaya. También fueron favorecidas Cayo Tigni, Puramaira, Kiplamatha, Sumpo Pipi y Yasbra Tigni. En estos sitios a cada familia se le hizo entrega de 105 libras de maíz, 15 de frijoles, 30 de cereal fortificado y tres litros de aceite. La comida se trasladó en pangas hechas de cedro y caoba —pueden medir hasta 50 pies— que soportan hasta 45 quintales.
Martínez fue uno de los pobladores, que junto a mujeres y niños, el domingo a primera hora de la mañana ayudaron a trasladar los sacos de comida desde las pangas hasta la casa que sirvió de bodega. No lo dijo, pero más que por él, lo hizo por sus hijos y los otros niños de la comunidad.
SOMOS IGUALES
Tampoco demostró la inconformidad del sábado, ahora escondida en su cuerpo bañado de sudor, cuando por la tarde me dijo, mientras su mirada se perdía en algún lugar del campo: “Somos nicaragüenses, pero el Gobierno no piensa en nosotros, nos sentimos olvidados, no tenemos trabajo para sacar un centavo”.
“Si no vamos nosotros al Pacífico nadie se acuerda que existimos, no vienen acá”, habría dicho el profesor Briceño minutos antes de contar su triste vivencia.
Puede ser que por ahora los habitantes de Siksayari hayan cambiado los trozos de guineo por algo mejor, pero la percepción que tienen de las autoridades nicaragüenses, mientras éstas no den muestras de cambio, permanecerá inalterable. Así se piensa en muchas comunidades de la Costa Atlántica.
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