Narrativa
Tronco de zapatillas...
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Niños. Óleo sobre tela. Luis Urbina. (LA PRENSA/Archivo) |
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Daniel Pulido
Nítidas, nítidas; blanquitas, blanquitas, blanquitas. De las que tiran lucecitas cuando uno camina, todas acolchonadas por dentro, cordones búfalos, de los americanos. Vas saltando y es como que traen resortes debajo, te sentís liviano, delgado, elevado. En el juego de pelota te sentís aventado porque salta uno bastante, más que los demás, no es cuestión de estatura, aunque seás chaparro, igual brincás en puta. Yo le he ganado saltos a majes de más de siete pies, pero es por las zapatillas. Claro que es bueno tener musculatura, tremendas pantorrillas, calcetas de algodón, calzoneta de mangas anchas y saber abrirte paso a punta de codazos. Con estas zapatillas hasta la clavo en el aro, ni más ni menos como los de la NBA. Tremendo jugar con estos aparatos, además, mirale las costuras, parejitas; los adornitos que se gastan. Cuando están lavaditas, bien podés visitar a tu jaña, sacarla a pasear, ir a bacanalear, llevarla a cine, a comer pizza, nunca te dejan mal, siempre quedás planchado por la pinta que tienen. Las podés usar con short o azulones, hasta con pantalones de vestir me las puse una vez que fui a una entrevista para un pegue, al final no me lo dieron, pero no fue por las zapatillas sino porque la encabé con unas preguntas que me hicieron.
Me han durado en puta, ya van a cumplir un año de compradas y están en buen estado, eso que les doy duro. Otra cosa es que no te dejan tufo en los pies, sólo te echás tu talquito, te secás bien los ganchos de los dedos y eso es todo, va de viaje. Vieras que hasta me ha tocado defenderlas, una vez un pesca se enamoró de ellas y me las quería dizque confiscar, inventando el maje historias raras, un chavalo de esos nuevos que se las quieren dar de culo porque andan uniformados, vos, vení para acá —me dice en tono fachento— yo me le arrimo tranquilo, entonces me pregunta ¿qué andás en esa mochila? Nada, pues ropa, y qué va a ser —le digo yo—. Pasámela — me dice—. Se la paso, yo tranquilo siempre, es que si te miran cagado no te sueltan. La abre el maje, me vacía todo en el piso. ¿Y esto qué es? —comienza— ¿Y esto qué es? ¿Y esto para qué lo llevás? ¿Qué aquí, que allá? Yo tranquilo, hasta que se cansa de revolver todo. Guardá tus mierdas —me dice, como encachimbado porque no me halló nada raro. En lo que me agacho a meter todo en la mochila es cuando se fija en mis zapatillas, el maricón. Quitate las zapatillas. ¿Para qué? —le digo— Idiay, ¿tenés algo que esconder? Nada —le digo yo— pero ya me venía chiveando, este hijueputa se quiere quedar con las zapatillas, pienso. Apurate, ¿o es que ahí tenés la droga escondida? Yo termino de guardar todo en la mochila, cierro callado el zípper y cuando estoy listo lo empujo al maje, duro, en lo que se va de espaldas me zafo a correr y el pesca detrás con su pitito mierda —alto, alto, parate ahí, que te parés. Tu madre, si me paro me robás las zapatillas, le digo. No me dio miedo, porque como yo sé que ese maje no me puede alcanzar, qué me va a alcanzar un pesca con esas botas tan balurdes que les dan, unas mierdas horribles, me daría pena salir con unos cachos de esos, ni a la esquina saldría, y el pobre baboso corriendo, descachimbado, con la camisa de fuera, mojado de sudor, corriendo por puro orgullo pendejo, para que no lo vean perder la carrera, porque sabe que si pierde todo el vecindario se le va a reír en las tapas, lo van a vulgarear por haber perdido; los bróderes le van a decir: “no jodás, no pudiste con el chaparro”, y se va a sentir afligido, después los otros pescas lo van a matizar también: “no jodás te la dejaste ganar del chaparro”, le van a decir; por eso es que el maje no para de correr y se tropieza y casi no puede brincar, mientras yo voy como flotando en el aire, saltando cercos, charcos, cauces, muros, huecos, hasta chavalitos salto, feliz y tranquilo, mientras que el pesca se cae, se enloda; al comienzo gritaba chochadas pero después ya ni podía por el cansancio, y la gente del barrio mirando todo el mate, y el maje todo incómodo para correr porque se tiene que agarrar el amansabolos con una mano y el cohete con la otra, ya con ganas de pilearme, sólo porque no le quise dar las zapatillas. Parate hijuelagranputa o te disparo. Para qué me dice; más corro, el pesca detrás, temático el güevón, vas a creer que comienza a dispararme, a las patas primero, y yo saltando alto, después me tira al cuerpo, como queriendo darme en la jícara, yo le hago quites como en el juego de pelota, en eso se me atraviesa un muro alto de puro bloque. Aquí me salvo, pienso, y pego el madre brinco, me agarro del borde y me empujo con las zapatillas, paso tranquilo al otro lado y salgo a la avenida. Me aliso la camisa, la gente ni me mira, cruzo a toda cachimba esquivando los carros y me zampo en El Coyolito Bar, hasta la madrugada.
Al pesca no lo volví a ver, a lo mejor renunció de pura vergüenza, si hasta me lo imagino al maje todo agüevado caminando de regreso con el rabo entre las piernas. Pobrecito, iba agachado en medio de la calle y los vecinos le tiraban chifletas, me contó mi jaña. Baboso que es, porque con esa paga miserable que les dan no le alcanza ni para comprarse unas buenas zapatillas. 
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