ESCRIBANOS
EDICIONES ANTERIORES
LA PRENSA
OTROS SUPLEMENTOS
SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 8 DE OCTUBRE DE 2005
PORTADA
CUENTO NICARAGÜENSE
POESIA NICARAGÜENSE
LEXICOGRAFIA
KINO-BIO-CINE
ENSAYOS
PINTURA
MUSICA
COMENTARIO
CRITICA
Libros
Guayasamín visto por el poeta Rothschuh

Foto  
.Comentario al libro, Tela de cóndores, del poeta chontaleño Guillermo Rothschuh Tablada, que por medio de su poesía retrata al pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín

 

Álvaro Urtecho

Que el maestro chontaleño, Guillermo Rothschuh Tablada, haya escogido a Guayasamín como tema de exégesis poética y crítica es algo que no nos extraña a los que conocemos sus preferencias y gustos estéticos.

Los que conocemos la poesía (poco estudiada) de Rothschuh, así como sus innumerables artículos, discursos, reseñas, ensayos y lecciones académicas, sabemos de su apasionada valoración de lo americano en su sentido ancestral, raigal, telúrico, solemne y monumental. El querido maestro de Palo Solo, insigne devorador de libros que anota siempre como viajando en un río que siempre lo va dejando, el caballero de otoñal cabellera, siempre entusiasta y sonriente, siempre conmovido por la última lectura practicada en una sala de su estudio a donde llegan las voces y pregones del mercado cercano, siempre hablando de las páginas que lee, alejado del fosforescente televisor: caja idiota o busto parlante que tiene a todo mundo paralizado en sus casas transmitiendo “cultura universal”; el maestro Rothschuh, lector activo, lector- macho, como diría el argentino Cortázar, en el sentido en que interviene dentro del texto no de manera pasiva o puramente consumista, como el lector-hembra, sino activa y actuante, con la pluma en ristre para señalar, puntualizar, intentar detener los magmas del significado y, sobre todo, asociar, que es el secreto último de su prosa acumulativa y asociativa, enciclopédica e informativa, antitética y metafórica, prosa de lector devoto de Góngora y Lezama Lima, de Hugo y Sarmiento, y, por supuesto, de José Martí y Rubén Darío, a quien ha estudiado en varias ocasiones.

¿Cómo no iba a escoger como tema de interpretación y análisis (en el estilo personal, libre y no sometido al corset o camisa de fuerza de cualquier metodología de moda, de esas que llenan las aulas de nueva escolástica) al categórico y fuerte pintor Guayasamín, discípulo de los muralistas de la Revolución Mexicana, en especial de Orozco que, según el propio ecuatoriano, “me reveló ciertos secretos para fijar tonos en las pinturas”; expresionista radical él mismo, de vibrantes y angulosos trazos? Además, el conocimiento de la gran poesía ancestral americana, política, épica y existencial de Pablo Neruda, en especial la del Canto general y Residencia en la tierra, así como la de César Vallejo y su lamento soterrado de soledad y orfandad cósmica, predispusieron al autor de los Poemas chontaleños a caer en arrobamiento frente a esa catedral de imágenes gigantescas que es la pintura de Guayasamín, verdadera Capilla Sixtina del testimonio de una raza doliente: la raza cósmica americana de la que hablaba el filósofo mexicano José Vasconcelos. Capilla Sixtina de la denuncia y las lamentaciones .

Como dice Neruda, quien lo conoció tan bien: “Guayasamín emprendió en su obra el Juicio Final que le pedíamos a los solitarios del Renacimiento. Pocos pintores de nuestra América tan poderosos como este ecuatoriano intransferible, tienen el toque de la fuerza; es un anfitrión de raíces; da cita a la tempestad, a la violencia, a la inexactitud y todo ello, a la vista de nuestros ojos, se transforma en luz”.

Los textos de Rothschuh no son propiamente poemas, aunque tienen toda la corriente eléctrica de la poesía. Son aproximadamente prosemas o poemas en prosa, pero también apuntes, notas, lecciones de arte en el excelso sentido en que lo hacía Charles Baudelaire, uno de los fundadores de la crítica de arte moderna. A veces son como escorzos o gérmenes de poemas. Por ejemplo, dice: “Labor de síntesis como la de todos los genios, Guayasamín estudió y resumió todos los códices indígenas. Sus abstracciones consumen el pecho hasta el último suspiro. Ve, hasta disecar la pupila. Ojo ciego que por una fisura, mira”. Y el estilo de antítesis, de asociación y confrontación, que es lo que ha hecho siempre interesante y reveladora su prosa: “Se ponderan los grandes diseños de Miguel Ángel. De las desbordantes familias en acción, hablando en latín. Más grande es el éxodo de los indios, quienes frente a las telas de Guayasamín pasan todos los días hablando (en lengua quechua) de sus ayunos y su revolución”; “Cuando Guayasamín expone en Madrid (1957), agrupa todo lo anticolonial, lo antimperial, lo anticlerical. Mete al viejo modelo español en el cuarto oscuro de los espejos para que admire su propia obra. Obra y gracia en el alba negra de sus depredaciones”. Asimismo, coteja el mundo y los colores del ecuatoriano con el de otros pintores: “Morales y las manzanas del Paraíso, Guayasamín y las mazmorras de Treblinka, Aróstegui y los magmas de los Maribios—. Verde, blanco, cárdeno. Los colores para el Santo Oficio para los que trabajan bajo la horca o sobre el atril: Goya o Guayasamín”.  
.


---
EL incesante cambio de las palabras


La escritura vigilante


Guayasamín visto por el poeta Rothschuh