El demonio sí existe
Violeta Reyes Padilla
En la audiencia del miércoles 11 de mayo, el Papa Benedicto XVI afirmó: Que Dios es más grande que la irrupción vehemente de Satanás. Una experiencia que realizan constantemente los exorcistas.
El mayor triunfo de Satanás, su lucha más lograda, es hacernos creer que no existe. El diablo, uno de los protagonistas de la historia, trata de pasar de incógnito en el mundo y de que le nieguen los hombres para lograr que ellos caigan en la rebelión que él mismo emprendió y en parte lo ha logrado.
El Papa Pablo VI hizo una severa advertencia sobre el diablo diciendo que existe no sólo como un mal personal, sino como auténtica persona invisible, sí, pero incansablemente activa en perjuicio del ser humano. Esa declaración de Pablo VI tuvo una reacción adversa de teólogos improvisados que querían confinar al demonio en un mínimo reducto impuesto por la cultura.
Este tema ha sido barrido por la “teología” más modernista. Muchos “teólogos” después de los años setenta dijeron que el demonio era un símbolo y abandonaron en algunos países de Europa el ministerio del exorcismo, sólo en Roma se mantiene la forma permanente.
El demonio tienta. Algunas veces tienta en cosas muy malas que degradan la dignidad de la persona, como son las tentaciones de lujuria, donde el ser humano si cede, cae en situaciones que abren la puerta al alejamiento de Dios, y a la conversión de peldaños dañinos que conducen a la perdición. Cada vez se va descendiendo peldaño, tras peldaño, si no se cambia de camino.
Estamos en la sociedad de la pérdida de la conciencia del pecado, esa pérdida de la conciencia del pecado, esa pérdida es la consecuencia de la pérdida de la fe en la existencia de Dios. Dios va desapareciendo en los Estados y en los individuos. Se realizan actos humanos donde se ha perdido el concepto de las leyes cristianas y de la ley natural. Los Estados se apropian el derecho de legislar a favor de leyes que van contra la misma ley natural, de allí que se aprueben leyes a favor de “seudo matrimonios” entre personas del mismo sexo, leyes que legitimizan el homicidio de seres inocentes, léase aborto.
Repetidas veces nos advierte la Sagrada Escritura de la existencia del demonio y de su actuación en el mundo. La Iglesia ha declarado su existencia como verdad de fe. (Concilio IV Letrán, Concilio de Trento, confirmado por el Concilio Vaticano II).
El demonio es un ser real y concreto. Fue creado con una naturaleza buena por Dios, y por su pecado se apartó de su Creador y se convirtió en el señor del mundo del pecado, de la muerte, de la discordia, de la desgracia, de la envidia, del odio, de la perversión, de todo lo absurdo y malo que hay en el mundo.
Una de las obras diabólicas más frecuentes es la mentira. Esa falsedad con intención de engañar que Jesús denuncia cuando dice: “Vuestro padre es el diablo... porque no hay verdad en él, cuando dice la mentira, dice lo que sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira”. (cfr. Joan 8,44).
Pueden llevar al satanismo medios que el demonio suele aprovechar para influir y para poseer al alma humana. Cosas tan simples como los actos de espiritismo, el esoterismo, la santería, la brujería, ritos de la New Age, la invocación a espíritus desconocidos.
La Iglesia exhorta a sus fieles a dar el verdadero culto a Dios, que crea, espere y le ame sobre todas las cosas, y que se alejen de todo ocultismo y prácticas de superstición.
La autora es miembro de la Asociación Nicaragüense de la Mujer.

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