Una visita que honra
Es muy raro que miembros de la Casa Imperial de Japón viajen al extranjero. Sólo lo hacen en circunstancias especiales y cuando quieren subrayar un afecto muy especial que su país siente hacia los lugares que visitan.
Tal es el caso de la visita que estos días hacen a Nicaragua el príncipe japonés Hitachi (Masahito) y su esposa Hanato, que se extenderá a El Salvador donde los esperan mañana 5 de octubre.
El príncipe Hitachi es hermano menor del emperador Akihito, hijo del célebre Hirohito (Showa), quien ocupaba el trono imperial en tiempos de la II Guerra Mundial y le correspondió aceptar la rendición de Japón ante Estados Unidos, después de los bombazos atómicos contra Hiroshima y Nagasaki.
Como en casi todas las monarquías constitucionales, la Casa Imperial japonesa no tiene funciones efectivas de gobierno. Pero según señala la Constitución de Japón, el Emperador es “el símbolo del Estado y de la unidad del pueblo” y esta majestad y dignidad —que los japoneses respetan como un culto— irradia a toda la Casa Imperial de la cual el príncipe Hitachi es uno de sus principales miembros.
La visita de los príncipes Hitachi demuestra la gran importancia que Japón concede a Nicaragua en particular y a Centroamérica en general, para lo cual ha magnificado la celebración, este año, del setenta aniversario del establecimiento de las relaciones nipo-centroamericanas. De hecho Japón le ha dado a este 70mo. aniversario de sus relaciones con Centroamérica, mucha más importancia que los mismos centroamericanos. La celebración japonesa incluyó una Cumbre Presidencial en Tokio, en agosto pasado (a la que el presidente Enrique Bolaños no asistió) y una amplia apertura a la participación centroamericana en la feria mundial Expo Aichi, en Nagoya, durante la cual más de dos millones de japoneses visitaron el Pabellón de Centroamérica y conocieron o mejoraron su conocimiento de la cultura de Nicaragua y demás países del área.
En realidad, todos los países centroamericanos y latinoamericanos en general se han beneficiado con el creciente interés de Japón en esta región del mundo, gracias al cual se han multiplicado la cooperación japonesa para el desarrollo y un intenso intercambio cultural que ha acercado notablemente a pueblos que pertenecen a culturas y latitudes geográficas muy distintas y lejanas.
Eso a pesar de que mucho se ha hablado últimamente de que Japón sufre una depresión económica prolongada, pues el crecimiento de su PIB ha sido en los años recientes inferior al 1.4 por ciento —en el 2002 inclusive fue negativo— y su deuda externa equivale al 164 por ciento de su PIB. Sin embargo Japón ha superado todas las crisis del petróleo (recurso que no posee y debe comprarlo en el extranjero, igual que Nicaragua), la quiebra de varios bancos, el aumento de los precios inmobiliarios, las caídas de las bolsas, las revaloraciones de su moneda nacional (yen) y la corrupción de no pocos de sus políticos.
Actualmente, después de la reciente resonante victoria electoral del Primer Ministro Koizumi sobre sus adversarios que bloqueaban la reforma económica, Japón aparece más fortalecido. Su tasa de desempleo del 4.5 por ciento, es relativamente alta pero inferior a la de los principales países desarrollados de occidente. Además, Japón tiene un superávit en su balanza de pagos de 178,000 millones de dólares (o sea que sigue vendiendo mucho más que lo que compra) y unas reservas internacionales de 840,000 millones de dólares.
Japón es un país muy rico pero conviene recordar que su riqueza no le cayó del cielo, no fue fruto de un milagro ni se debió únicamente a la ayuda masiva que recibió de Estados Unidos para su reconstrucción material después de la II Guerra Mundial. Sin duda que esta última fue muy importante, pero lo fundamental ha sido la dedicación de los japoneses al trabajo, su solicitud por la buena educación, su adopción del sistema de vida y de gobierno basado en la libertad y la democracia, así como su apertura a los cambios y a la modernización combinada con el cultivo de las mejores tradiciones y valores de su milenaria cultura nacional.
Y Japón comparte generosamente su riqueza con naciones necesitadas, como la de Nicaragua, país al que los japoneses le tienen mucho cariño como lo demuestra la inusitada visita de los príncipes Hitachi.

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