DOMINGO 2 DE OCTUBRE DEL 2005 / EDICION No. 23950 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Homenaje a José de la Cruz Mena

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Carlos Daniel Quintana

Con motivo de haberse conmemorado el 23 de septiembre recién pasado un aniversario más del fallecimiento de José de la Cruz Mena, hago tributo a la memoria de otro de los grandes hombres de Nicaragua que han quedado proyectados en el pentagrama inmortal de nuestra Patria.

Transcurría el 3 de mayo de 1874 y en las márgenes del Río Chiquito del barrio San Sebastián de la bella ciudad colonial de León, al hogar de don Yanuario Mena y doña Celedonia Ruiz llegaba otro hijo, un varoncito, a quien bautizaron posteriormente con el nombre de José de la Cruz. Dicha familia estaba formada tradicionalmente por músicos, don Yanuario era violinista de profesión y tocaba en fiestas, serenatas, etc., sus hermanos Isidro, Juan y José, también eran músicos y sus hijas Ana y Carlota formaban parte del coro de Catedral. El padre ejerció mucha influencia sobre el alma sensitiva de aquel niño, cuando éste le acompañaba a ciertos toques rutinarios musicales donde solicitaban sus servicios, y posteriormente le enseñó a solfear.

En la adolescencia el joven Darío, quien ya era conocido por su extraordinaria magnitud poética, fue invitado en cierta ocasión por el licenciado José Montalbán, que era juez municipal de la ciudad para visitar algunas escuelas de la localidad. En uno de los pupitres de una sala estaba sentado el que sería el primer compositor de Nicaragua, los ojos de José se fijaron detenidamente en los de aquel joven visitante con visible interés probablemente por aquello de la alta afinidad vibratoria; en el mismo pupitre estaba sentado también Juan de Dios Vanegas, quien posteriormente sería biógrafo de su amigo Darío.

José fue perseguido por el hado de la pobreza y el infortunio, irónicamente muy paradójica en casi todos los genios, y por este motivo con el propósito de ayudarse y ayudar a su familia económicamente se trasladó a la ciudad de Managua a la edad de 16 años; donde ingresó a la Banda de los Supremos Poderes. Dominaba para entonces la guitarra y otros instrumentos sin ayuda de maestros, y su profesor de música Felipe Andino al notar que el muchacho dominaba maravillosamente la ejecución del cornetín afirmó: ¡Pocos alumnos he tenido en mi vida como José de la Cruz, ojalá tenga suerte y lo sepan apreciar!

Regresa a León, pero siempre con su mente ceñida a la idea del triunfo, se enfila hacia la hermana república de Honduras, llevando como trofeo y estímulo a sus dorados sueños, un cornetín que su padre le había comprado en 10 reales. En ese país se relaciona con el profesor Adalid Gamero, quien lo pone en su conjunto musical en donde cosecha los primeros aplausos; con el estímulo que recibe, su capacidad artística innata se comienza a proyectar y efectúa su primera composición: El nacatamal, por lo que comienzan a llamarle “El Divino Inspirado” y otros “El Genio Nica”.

Con los primeros aleteos de las alas de la fama, se despliegan también las alas del amor y se enamora idílicamente de una bella joven color de ébano, la cual fue para él inalcanzable porque ella estaba comprometida con un capitán del Ejército. Esto representa para él, el prototipo del amor ideal, inalcanzable, pero obseso e imperecedero; que en los poetas se convierte en la Musa que hace vibrar las cuerdas de la lira y en los genios musicales las notas de cristal de su instrumento. Posteriormente se traslada a El Salvador y forma parte de la Banda Presidencial, donde recibe elogiosos comentarios y estímulos de parte del director de la orquesta y de sus compañeros, siendo del agrado y admiración de todos.

Pero los heraldos trágicos del artista se comienzan a manifestar, aparecen en su piel señales parecidas a las que llevaron a la tumba a un hermano natural de nombre Pedro y sintiéndose enfermo decide regresar a Nicaragua, a su amado León. Paralelo en ello a su hermano en el arte, al genio Darío, quien ya herido de muerte al pie de su inmarcesible fama, buscó también el cementerio de su tierra natal. Los síntomas de mal cada vez más severos, y finalmente los doctores Luis H. Debayle y Emilio Pallais dan el terrible diagnóstico: ¡José de la Cruz Mena tiene lepra!

Así comienzan los momentos trágicos del artista, quien es lacerado por el terrible mal en su cuerpo físico, perdiendo las falanges en sus dedos, las que enmudecen para siempre su cornetín, posteriormente dejan sus ojos en tinieblas, etc. pero no podrían alcanzar su intangible espíritu de genio creador, y al no poder ya ni ejecutar, ni escribir las notas que bullían en su cerebro, recurría a sus amigos músicos tales como Bernardino Turcios, Jerónimo Castellón, Manuel Gutiérrez, Pánfilo Vanegas, Rubén Galeano y otros, a quienes les dictaba sus melodiosas notas, las cuales iban brotando diáfanas y cristalinas como perlas de rocío, hasta formar la gama de cada una de sus geniales composiciones. Así emanaban del alma de aquel ser atormentado, como rayos de luces de la aurora sus valses inmortales como: Amores de Abraham, dedicado a don Abraham Morazán; Bella Margarita, dedicado a doña Margarita Lacayo; Angelina, dedicado a doña Angelita D'arbelles; Rosalía, dedicado a doña Rosalía de Icaza; Emilio, dedicado a don Emilio Balladares. Algunos pasodobles como Momotombo, El libertador, El general Zelaya, El coronel Asisclo Ramírez, y otras composiciones como: Ruinas, Tus ojos, Lola, Inés, Adelita, Recuerdos de Engracia, La despedida. Varios sones de Pascuas como El leproso, La sonaja, Los chicheros, Misas de réquiem, etc.

A comienzos del siglo, en el mes de septiembre la Academia de Bellas Artes de León celebró unos juegos florales para premiar lo mejor en las artes de música, pintura y poesía, a dicho evento fue enviado un vals titulado Ruinas, con seudónimo de autor desconocido; al momento de ejecutar sus melodiosas notas el público asistente intuitivamente descubrió que se trataba de una obra del genial Mena por la calidad de su estilo inconfundible, y la ovación fue unánime y frenética ganando de inmediato el primer lugar.

Mientras el autor por su imposibilidad de ingresar al salón, se resignaba a escuchar la ovación desde afuera y rodaban de sus desgarrados ojos sobre su rostro, las perlas de su llanto cristalino. Al salir, el público notoriamente entusiasmado y emocionado obsequiaba flores, demostraciones de cariño y hasta generosa ayuda económica para estimular al maestro ya muy enfermo.

El entonces presidente José Santos Zelaya, por un acuerdo, ordenó que trasladaran los leprosos a la isla de Aserradores, pero al escuchar sorpresivamente las notas de la marcha que Mena le había dedicado, General Zelaya, dio inmediatamente instrucciones para que el maestro fuera trasladado a vivir en las márgenes del río Chiquito y se le asignara sueldo de capitán del Ejército. Desde el momento en que fue diagnosticada aquella cruel enfermedad, José no permaneció solo, su casa estaba siempre visitada por personas que llegaban a prestarle apoyo espiritual, moral y económico.

Cabe mencionar que la fama de sus valses y demás composiciones han volado a través del mundo y se han escuchado en esplendorosos salones, por ejemplo: en Buenos Aires, París, Madrid, Nueva York, México, etc.

En épocas navideñas se escuchan sus Sones de pascuas y Villancicos, en las grandes catedrales sus Misas de réquiem.

También sus valses han sido ejecutados en Austria, patria de otro espíritu afín a él: Straus. Han sido escuchadas en Alemania e Italia, en donde a veces las confundieron con obras de Straus, Waltefel y otros grandes compositores de origen europeo, y que eran obras del “Maestro del Río Chiquito”, como comúnmente se le conocía.

Finalmente llega el 23 de septiembre del año 1907 en que a la edad de 33 años, el genio creador exhala prematuramente su último suspiro y pasa a la inmortalidad. Sus restos fueron colocados en la esquina S.O. del Cementerio de Guadalupe de la ciudad de León. Si José de la Cruz Mena desapareció corporalmente, sus composiciones admirables continúan deleitando a generaciones, sus obras geniales y sublimes son símbolos del arte musical e inmortal en Nicaragua, como igualmente inmortal es su nombre en nuestra Patria.

El autor es ingeniero agrónomo y zootecnista.
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