Elogio de Darío en Salamanca
Jorge Eduardo Arellano
“En conmemoración de Cantos de vida y esperanza: Rubén Darío y España” fue el título de la intervención que me correspondió leer el 14 de septiembre en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Con las de cuatro colegas americanos (el salvadoreño, el uruguayo, el venezolano y el peruano), formó parte del Acto de Homenaje al 250 aniversario de la Plaza Mayor Salmantina —hoy de Europa y de la Lengua Española— concluida en 1775. Los siguientes párrafos constituyen una visión abreviada del texto que, conjuntamente, el Ayuntamiento de la ciudad y la Asociación de Academias de Lengua Española —presidida por Víctor García de la Concha— editarán oportunamente.
De Rubén Darío, padre de la poesía moderna en español, siempre hay mucho que aprender. Y no sólo en sus versos, sino en su obra narrativa, en sus crónicas cosmopolitas, semblanzas y manifiestos estéticos. “Lo que nos hace superiores a los europeos en punto a ilustración es que sabemos lo de ellos más lo nuestro”, declaró sin alarde su apropiación de la cultura de Occidente como totalidad.
Para entonces, ya había publicado en Valparaíso Azul... esbozo excepcional de su universalidad literaria; y en Buenos Aires Prosas profanas, donde —no exento de prospecciones reflexivas, como las del “Coloquio de los centauros”, e inmerso en su erotismo casi de ginecófago— tendió a la desrealización sensorial y exótica, signada por una armónica orquestación y un refinamiento léxico. De hecho, Prosas profanas (1896) significó el triunfo del modernismo en el Río de la Plata.
Dos años después, Darío reaccionaba ante la debacle del 98, acontecimiento que determinó su posición ante España: “la hija de Roma, la hermana de Francia, la Madre de América”, postulando regenerarla —como un auténtico noventayochista— a través de la revitalización del “espíritu español” y de su crecimiento “a la luz del mundo”. En todo un testimonio crítico y sociológicamente radiográfico desplegó sus ideas: el volumen: España contemporánea (1901), tras consolidar su papel central como unificador de los modernistas de uno y otro lado del Atlántico.
En 1905 esta función rectora llegó a un punto culminante. El 16 de julio de ese año, uno de sus numerosos discípulos españoles —Antonio Machado— le informaba: “Aquí han triunfado los Cantos de vida y esperanza. Yo he escrito un artículo que no sé dónde publicar”. Darío tenía 38 años y planeaba el poemario de 1901 con el título El caracol que conformaría todo un orbe humano y, por tanto, contradictorio: entre otros elementos, el carpe diem y el desgaste de la temporalidad, el optimismo esperanzador y el pesimismo trágico, la fe cristiana y la duda angustiosa, la alegría y el desaliento, la amistad y el desamparo, la proclamación de la vida y el pavor de la muerte, el triunfo del arte y la condena del poetizar.
Suma de sus leitmotivs, registros y recursos, continuidad de su intenso amor a lo absoluto de la belleza y de sus incursiones políglotas, al igual que de su revitalización de los primitivos de la poesía castellana y de los representantes del Siglo de Oro —bajo el común denominador de un espíritu de modernidad. Eso, y mucho más fue Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas, obra poética cimera e intimista, compenetrada de un raigal amor a España, como lo proclamó en estos cuartetos: “Yo siempre fui, por ahora y por cabeza,/español de conciencia, obra y deseo, /y yo nada concibo y nada veo /sino español por naturaleza”.
Por tanto, Darío no ocultó ni reprimió nunca la ciudadanía de la lengua y su profunda cultura española, autoconcibiéndose americano de España y español de América, porque —decía Pedro Salinas— “si algún poeta no nacido en la Península podía vivir en ella con la más alta dignidad era Rubén. Venía de América a dar, no a pedir, a traer a un país, cuyo pasado se derrumbaba, un futuro espiritual, y precisamente en el justo momento en que más se anhelaban esperanzas, rumbos distintos”. Nicaragua era apenas su patria originaria y Argentina su patria intelectual. Allí había encabezado, de 1893 a 1898, el movimiento transformador del modernismo, que surgió —precisaba— antes que en la España castellana (pues era afín a las Festes modernistas de Cataluña) “por razones clarísimas: desde luego, por nuestro inmediato comercio material y espiritual con las distintas naciones del mundo, y principalmente porque existe en la nueva generación americana un inmenso deseo de progreso y un vivo entusiasmo, que constituye su potencialidad mayor, con lo cual poco a poco va triunfando de obstáculos tradicionales, murallas de indiferencia y océanos de mediocracia”.
A esta convicción de 1899, es necesario agregar otra: la filiación panlatimista concebida frente a la arrolladora fuerza yanqui, tema que Darío desarrolló en una crónica de 1902, inserta en su volumen La caravana pasa. Se trataba de objetar al pensador británico William Thomas Stead (1849-1912), en su libro sobre la norteamericanización del planeta, quien planteaba unificar y expandir el english-spanish world. De ahí, al menos, tres de los poemas cardinales de Cantos de vida y esperanza, Salutación del optimista, A Roosevelt y el primero de Los cisnes, en el cual interroga a su símbolo estético-erótico y signo de la energía cósmica, ahora conductor de actualidad histórica: “¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? /Tantos millones de hombres hablaremos inglés? /¿Ya no hay nobles hidalgos /ni bravos caballeros? /¿Callaremos ahora para llorar después?”
En el manifiesto protestatario que es A Roosevelt, oda en la que preconiza “la solidaridad del alma hispanoamericana ante las posibles tentativas imperialistas de los hombres del Norte”, se avizora el caligrama de Apollinaire, ya que Darío dibuja con sus versos, calca el mapa de América: la del Norte, México y la América Central, en cuya delgadez ístmica —recuerda Keith Ellis— ubica un significativo y rotundo 'No', con valor autónomo de verso único. En cuanto a Salutación... —un programa vitalista e integrador— ocupó un señero lugar dentro de “los productos del noventa y ocho”, constituyendo —en palabras de Guillermo de la Torre— “el más hermoso canto a la estirpe hispánica”.
Por limitaciones de espacio no puedo extenderme más. Sin embargo, es imposible olvidar Letanía de nuestro señor Don Quijote” que acredita a su autor —lo reconoce la crítica— como “el más cervantino y alto canto del Quijote”. Por lo demás, contiene toda la poesía amarga del inmortal caballero en el contexto de la decadencia de los valores hispánicos; ni “Yo soy aquél que ayer no más decía”, el mayor bio-poema del idioma, ni “Canción de otoño en primavera”, sin par desde el siglo XVII y todo un hondo sollozo comprimido: “Juventud divino tesoro, /ya te vas para no volver, /cuando quiero llorar no lloro /y a veces lloro sin querer”.
Tampoco es posible prescindir de los poemas breves y desnudos, en los cuales la poesía de Darío adquiere una función epistemológica, ya que se convierte en instrumento de conocimiento, o mejor dicho, cogitante: “Ay, triste del que un día en su esfinge interior /pone los ojos e interroga. Está perdido. /Ay del que pide eurekas al placer o al dolor. /Dos dioses hay, y son Ignorancia y Olvido”.
El autor es secretario de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

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