La herencia de una madre
Milagros Sánchez
Tenía 45 años cuando decidió regresar a la universidad después de más de 25 años de no saber de cuadernos, investigaciones y círculos de estudios.
Su meta, ahora sí la cumpliría, era recibir su título de Licenciada en Derecho, aunque eso implicara desvelos, preocupaciones, apuros y todo lo que con- lleva ser un estudiante de verdad.
Parecía la mamá de los pollitos, al menos eso le decía yo cuando miraba al grupo de estudios con quienes realizaba sus trabajos de investigación, sin embargo, jamás desentonó y para sus compañeros era una más, pero siempre para ellos fue “doña Zaida”.
La vi muchas veces con el cuaderno en la mano, leyendo en voz alta y repitiendo sin parar para que lo que tenía que memorizar quedara impreso en su memoria y ésta no le jugara una mala pasada a la hora del examen, a lo que ella alegaba que su cabeza ya no funcionaba tanto como cuando se está joven.
Y aunque muchas veces le hice bromas de su “compulsivo” estudio, admiraba sus deseos de superación y su decidido empeño de terminar aquello que había dejado inconcluso a sus escasos 17 años cuando se convirtió en mamá.
Cuando ya le faltaba menos de un año para terminar sus estudios universitarios le diagnosticaron cáncer en su pulmón izquierdo. Era demasiado tarde, su pronóstico de vida era de nueve a 14 meses de vida, sin embargo, eso no detuvo su deseo de ser la “licenciada Pinell”.
Mi admiración fue aún mayor. Continuó sus estudios, las únicas veces que fallaba a clases era cuando las quimioterapias a las que era sometida lograban aplacar su ímpetu por el estudio.
Después de varios días y ya superada de las nefastas reacciones de la “quimio”, se amarraba el pañuelo en su cabeza para disimular los efectos del duro tratamiento, propio de los enfermos de cáncer y ahí estaba en su pupitre de clases atenta al profesor como que si nada hubiera pasado.
Y en ese vaivén a que la vida la había sometido, terminó sus cuatro años y medio de carrera universitaria. Sólo le faltó dar el último paso, un curso de titulación para conseguir el ansiado diploma que orgullosamente mostraría a todos los que la vimos guerrear entre leyes y artículos.
Pero fue el martes 6 de septiembre del 2005 a la 1:14 a.m., mi luchadora favorita dejó este mundo. Ese día perdí a mi madre.
Fueron once meses duros desde el diagnóstico de la enfermedad hasta su muerte, los más difíciles para ella y para mí que la acompañé en su lucha contra el cáncer, sin embargo, fueron los meses que más aprendí a conocerla.
Fue una mujer con inmenso deseos de vivir pero que con admirable resignación aceptó la voluntad de Dios al punto que 24 horas antes de morir de su viva voz la escuchamos decirle a su Señor que estaba lista para cuando Él quisiera.
Mi madre nos dejó millonarios, nos heredó ejemplos de vida. De ella aprendimos que para alcanzar los sueños no se necesita ni un tiempo ni condiciones específicas.
Ni siquiera un cáncer terminal la sometió a un “no puedo seguir” o para qué continuar si no tengo esperanzas de vida, sin embargo, muchos que hoy gozamos de salud y con un mundo por delante fácilmente nos sentimos derrotados y olvidamos nuestras metas y sueños.
Todavía tengo viva en mi memoria su rostro cansado, sacando fuerzas no sé de dónde para hacerse durante cuatro semanas de sus últimas cinco la radioterapia.
Recuerdo que volvía exhausta a casa pero satisfecha porque estaba cumpliéndose a sí misma. Fue una irremediable luchadora por la vida.
En sus momentos de mayor dolor, la vi llorar pero también la oí decir que tenía que ser valiente, y aunque le dije que tenía “mi permiso” de quejarse y gritar porque ya había demostrado suficiente fortaleza no lo hizo y murió siendo valiente.
¡Cuánto aprendimos de ella! Pero lo más importante es que nos enseñó a amar y confiar en Dios aún en la adversidad. Hoy mi madre no está conmigo y con su partida me convertí en la mujer con la mayor y mejor riqueza del mundo.
La autora es periodista.

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