La naturaleza nunca perdona
Gloria Mercedes Aguilar de Chamorro
Aprendí un dicho de pequeña que siempre me ha llamado la atención y le he tenido respeto: “Dios perdona siempre, el hombre perdona a veces, pero la naturaleza nunca perdona”. Un dicho muy sabio y una verdad palpable en cada momento de nuestras vidas, aunque esa realidad en momentos de paz y de progreso se ve nublada por nuestra soberbia.
Sin embargo, aún en casos brutales como los que hemos presenciado recientemente, como es el caso del huracán Katrina, todavía se escuchan comentarios tales como: ¿Cómo pudo pasar esto en Estado Unidos? ¿Cómo puede pasar esto al país más rico? ¿Cómo pueden perder sus vidas y posesiones materiales personas con sus vidas, en la mayoría aseguradas por una cultura de bienestar y riqueza?
La respuesta es obvia: la naturaleza nunca perdona, y tarde o temprano recupera lo que en un principio le pertenecía. Nada ni nadie tiene asegurada en un 100 por ciento ni su vida ni sus posesiones. Creemos que somos invencibles y hoy nos lo ha recordado la naturaleza que no es así.
En nuestros deseos de desarrollar tecnología, de mejorar nuestros niveles de vida, de ser dueños del mundo a cualquier costo hacemos lo imposible por conseguir nuestras metas personales, de grupo, de partido, de país, etc. Metas egoístas que no velan por los intereses de las nuevas generaciones ni la humanidad entera.
Desde que comenzó el año hemos visto lo vulnerable que somos a las fuerzas de la naturaleza, con el tsunami que arrasó Asia, terremotos, huracanes, etc. y no entendemos. Destruimos nuestros bosques, contaminamos nuestros ríos y lagos, agotamos nuestros recursos naturales, le robamos espacio al mar, etc.
Pero la “revancha” de la naturaleza no termina allí, llega a ser más cruel y brutal, cuando destruimos la propia esencia del ser humano. Son innumerables los casos a los que nos estamos acostumbrando en contra de nuestra propia naturaleza, es un tsunami sutil que nos consume y nos está convirtiendo en un horror de seres humanos.
Podemos enumerar algunos como es el conocido caso de Terry Shiavo, que despertó a América a una realidad que la veíamos muy lejana, sólo en países como Holanda, donde la eutanasia es legal, donde el Estado decide si un niño menor de 12 años puede vivir o morir. Donde la “calidad de vida” es tan alta, que es preferible deshacerse de aquellos seres humanos que nos incomodan, nos cuestan dinero o son repulsivos a nuestra vista y a nuestra existencia. Por un lado se hacen esfuerzos por descubrir curas para salvar vidas y por otro se hacen los mismos esfuerzos por buscar métodos para eliminarlas.
La deformación del término “calidad de vida” para justificar abortos, eutanasia, fecundación in vitro, uso de embriones en experimentos, etc. es interpretada exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física. El caso del control de natalidad en China, el crimen indiscriminado de niñas recién nacidas, que ha llevado a tener una población mayor de varones, los cuales ahora no encuentran con quien casarse, es un ejemplo del horror que significa la manipulación de la naturaleza humana.
No podemos hacer caso omiso de las campañas millonarias en contra de la concepción cristiana de los derechos humanos, ataques directos de las Naciones Unidas y la Comunidad Europea. Excluyendo a las organizaciones favorables a la vida y la familia. Las batallas legales por sacar a Dios de nuestras vidas, de nuestro trabajo, de nuestras escuelas. Nuestros niños tienen acceso a todos los horrores inmorales, de violencia, sexo, pornografía, etc., pero debatimos si es correcto hablarles de Dios.
Los ataques en contra de la fidelidad y la castidad, la promoción de la homosexualidad y su adopción de niños. La disminución dramática de la población joven europea promovida por el individualismo, el deseo desordenado de alcanzar puestos, reconocimientos y riquezas. Y como si fuera poco, la destrucción sistematizada del concepto e identidad de la mujer, como el eje principal del hogar, el pilar que cuida, une, forma y prepara seres útiles a Dios, al mundo y a la sociedad.
Estos son solamente unas pinceladas del ataque a la naturaleza humana, empecemos ahora mismo en Nicaragua, a disfrutar de nuestra paz, de nuestros valores y cuidemos nuestra tierra y de nuestras raíces. Luchemos por proteger todo aquello que sabemos está de acuerdo a la naturaleza y por aquellos que han sufrido los desastres del huracán, que encuentren pronto alivio y sus vidas regresen a la normalidad lo más pronto posible.
La autora es ama de casa.

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