Violencia y cristianismo
Pablo Sanabria
En sus primeros tres siglos de existencia el cristianismo fue básicamente pacifista. Es cierto que el apóstol Pablo justifica la violencia ejercida por el Estado contra los malhechores y violadores de la ley (Romanos 13). Es igualmente cierto que había cristianos en el primer siglo que servían en el ejército romano (Hechos 10). Pero esto no significa que la iglesia, como tal, ejerciera la violencia o promoviera su uso al principio. En realidad fue hasta después de la conversión del emperador romano, Constantino I, el Grande (280-377 AD.) que la iglesia utilizó la violencia contra los herejes. Después, San Agustín (354-430) formuló su teoría de la “guerra justa” y de allí en adelante, la idea de la violencia como algo moralmente neutral fue cada vez más aceptada.
Agustín ilustra su punto de vista acerca de la violencia diciendo: supongamos que un hombre tiene una gangrena en la pierna y va a morir. El cirujano cree que la única manera de salvarlo es amputándole la pierna. Contra la voluntad del enfermo, el cirujano lo amarra a una mesa y le corta la pierna. Ése es un acto de extrema violencia. Pero ¿es un acto maligno? Agustín responde que no y concluye que si es posible encontrar una excepción a la idea de que la violencia es mala, debe ser porque ésta no es intrínsecamente mala. Así que la violencia puede o no ser mala dependiendo de la intención de quien la ejerce. El problema es que sobre la base de “las buenas intenciones”, la iglesia medieval inventó cosas tan inhumanas como la “Santa Inquisición” y las sangrientas Cruzadas contra los infieles. ¿Acaso existe un ser humano competente para juzgar con imparcialidad la naturaleza de la intencionalidad de los actos humanos?
Un esfuerzo más reciente para justificar el uso de la violencia procede del teólogo católico Gustavo Gutiérrez. En su obra, La teología de la liberación (1971), Gutiérrez postula la validez de la participación de iglesia en la revolución armada para el derrocamiento de sistemas dictatoriales que oprimen a los pobres y que les impiden realizarse como personas. Según Gutiérrez, Cristo participa en el proceso de liberación de los pueblos por medio de la revolución armada y morir en estas circunstancias tiene los mismos méritos del martirio de los primeros cristianos. En la época prerrevolucionaria en Nicaragua, sacerdotes como Ernesto Cardenal abrazaron la Teología de la Liberación y entrenaron a sus feligreses en el uso de armas y en técnicas guerrilleras. Recientemente, Hernán Collazo, rector de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP), suspendió una cita entre Cardenal y estudiantes de Literatura de esa universidad porque según él, “la presencia de Ernesto Cardenal podría incitar a la violencia”.
El fundamento teológico de este movimiento es básicamente la experiencia de liberación de los israelitas en Egipto (1313 a.C.) y su conquista violenta de la tierra prometida (1273-1265 a.C.). Sin embargo, la conquista de Canaán no constituye un paradigma para la iglesia cristiana sino un evento único y excepcional dirigido directamente por Jehová en el marco de su plan general de establecer una nación a través de la cual hacer nacer a su Hijo, el Cristo e inaugurar por medio de Él, un reino espiritual universal. Después del exilio babilónico —excepto por un breve tiempo en el s. II a.C.— Israel no volvió a ser una nación independiente política ni económicamente ni a tener poder militar para guerrear con otras naciones. Luego del imperio medo-persa, estuvieron sucesivamente bajo el dominio de los griegos y de los romanos.
Con el establecimiento de la iglesia (año 33 A.D.) Dios inaugura una manera distinta de actuar en el mundo. Si la iglesia tuvo mártires fue precisamente porque los cristianos renunciaron a la violencia aun como método de defensa. Por otro lado, el argumento de Agustín es meramente racional y obedece sencillamente a un interés circunstancial de la iglesia imperial. Violencia y cristianismo nunca serán compatibles.
El autor es Master en Divinidad de la Universidad Cristiana de Abilene en Texas.

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