Blanco y negro
Una semana a medias
Eduardo Enríquez
Ésta fue una semana curiosa. Todo lo que sucedió en el ámbito político, sucedió a medias.
A la mitad del Gabinete la desaforaron pero luego el caso quedó a la mitad, porque éstos salieron del país para denunciar el golpe al Ejecutivo. O sea, tenemos medio Gobierno en el exilio.
Todo eso el Ejecutivo lo describió como un “golpe de Estado escalonado”, o sea, podemos decir que el golpe está también a medias. Y para terminar, el Ejército, para demostrar que está al lado del mandatario, sacó a pasear los tanques, dizque para proteger el medio ambiente (¿con tanques?), pero en fin, también una reacción, a medias.
Toda esta situación es curiosa por lo absurda. O sea, un golpe se da o no se da. Un Gobierno sale al exilio o se queda adentro, y ante un golpe de Estado, un ejército reacciona o no reacciona, pero no que todo queda a medias.
¿Por qué? Porque aquí lo que hay es un proceso de extorsión al mejor estilo de la mafia, y nada más. Un proceso en el que los militares no se quieren inmiscuir porque tienen mucho que perder —de lo que han ganado, y no sólo en reputación— y nada que ganar.
Entonces, en estos 14 meses que le quedan al presidente Enrique Bolaños, ¿qué puede hacer para retomar las riendas del Gobierno y de la conducción del país?
Pienso que Bolaños puede hacer muy poco en el tiempo que le queda. La verdad, el pacto logró paralizarlo y evitar —para desgracia de los nicaragüenses— que el señor cumpliera su sueño de ser “el mejor Presidente de Nicaragua”.
Hablar de “diálogo” es seguirle haciendo el juego a los pactistas. Ya hasta el señor José Miguel Insulza se convenció de que eso no camina, por la sencilla razón de que para que exista un diálogo, las partes deben tener interés de resolver algo; eso no existe aquí.
Bolaños pide el restablecimiento del equilibrio de poderes y la garantía de que “el orden republicano” se va a respetar, es inaceptable para los pactistas —pero sobre todo para el diseño orteguista del pacto— porque toda su existencia depende, precisamente, de ese desequilibrio de poderes.
Lo que Daniel Ortega quiere es que todo el poder descanse en la Asamblea Nacional, desde donde puede controlar a los poderes Judicial y Electoral junto a su socio menor, el arnoldismo. El Ejecutivo pasará a ser poco más que una pieza decorativa mientras no esté en manos de Daniel Ortega.
Pero no todo está perdido. Nicaragua como país puede tener futuro si todos los esfuerzos se centran en una sola idea, pero clara y definida, sin medias tintas.
La idea debe ser exigir primero una reforma a la Ley Electoral, para romper el control de los pactistas; segundo, sacar del Consejo Supremo Electoral a los actuales magistrados, que no son más que los más fervientes defensores de los caudillos y, tercero, exigir que no haya inhibición para ningún candidato en las elecciones generales del 2006.
Nuestro trabajo es convencer a la comunidad internacional: Japón, Unión Europea y Estados Unidos, principalmente, que sin esas condiciones no se debe dar un solo centavo al proceso electoral y tampoco se debe reconocer a ningún gobierno que resulte del sistema actual.
Pero la comunidad internacional no va a hacerlo todo. Si no ve unidad y energía en la demanda, no actuará.

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