El inquilino
Rodolfo Hasler
A Paul Bowles
Sonaba en la calle una grabación de la cofradía gnaua en un charco turbulento y el inquilino se despertó confuso, con profunda sensación de desamparo. Paseó la vista por la habitación en penumbra y advirtió que aún faltaba hasta que le sirvieran su acostumbrada infusión de especias, y con el corazón fúnebre de una rosa me confesó que se durmió vestido. Le dije que yo también me despertaba con sabor a arena en la boca y que nunca había asistido a una ceremonia secreta de ñáñigos en Cuba. Él sí. El día había comenzado con signo favorable y de nuevo se escuchó la música en la calle, un grito de mujer, y las palabras dejaron de contar para ser dulce deleite del idioma en el bochorno salobre de la tarde. 
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