Libros
Thánatos en guerra con el amor
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 | A propósito del libro de poemas Disputa entre Thánatos y Cupido, de Lésther Alfaro Navarrete |
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Lésther Alfaro Navarrete. (LA PRENSA/ M. Matute) |
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Armando Zambrana Fonseca
Segismundo Freud, padre del Psicoanálisis, teorizó que la dualidad de la naturaleza humana surgió de dos instintos: Eros y Thánatos.
Freud vio en Eros el instinto de la vida, el amor y la sexualidad en su más amplio sentido y en Thánatos, el instinto de la muerte, la agresión. Eros es la impulsión hacia la atracción y reproducción; Thánatos hacia la repulsión y la muerte. Uno lleva a la reproducción de la especie, el otro hacia su propia destrucción. Fuente de inspiración para pintores y artistas a través de los siglos, este maniqueísmo continúa ofreciendo una fuerte fascinación a los poetas a través de la historia en la cual, cada uno a su manera, trayendo su propia experiencia, interpreta el ineludible significado de la condición humana, exactamente de su condición humana, considerando que este libro que ha escrito Lésther Alfaro Navarrete es una proyección de una dualidad que corre como un río desbordado y es a la vez un laberinto donde se confunden los deseos, los sueños, la angustia y la esperanza.
Esto es lo que hoy tenemos en nuestras manos y ante nuestros ojos: una confesión, un retrato interior y a la vez un espejo en el que puedo mirar no solamente la psiqué del escritor sino que puedo encontrar la de usted, lector. Nuestro gran Darío es producto de esa dualidad interior que se manifestó en la angustia y ésta se expresó en su alma dolida, en sus sentimientos de culpa, en la incertidumbre, en el temor a la muerte y en lo impulsos naturales de su propia carne por la que clamó en su encierro en la Cartuja. Darío estuvo entre Afrodita y Thánatos. Afrodita vibraba con fuerza telúrica que hacía temblar sus fibras, ya fuera invocada como Venus, Astarte o Milita y, Thánatos, en las noches espectrales o revestido de lúgubres ramos.
Fue Afrodita la que arrojó a Helena de Troya en los brazos de Paris y la responsable de las pasiones desenfrenadas de Fedra o de Medea. Ella arrojó a Darío a los brazos de tantas diablesas de su mundo interior y en la realidad. Pero Alfaro Navarrete nos habla de Cupido frente a Thánatos.
El Cupido de los latinos es un niño juguetón y maligno, cruel y despiadado, que tiraniza a dioses y humanos complaciéndose en jugar con sus víctimas. Fue representado como un niño alado, sumamente hermoso, armado de arco y flechas que inevitablemente atraviesan los corazones.
Vemos, pues, que en la juventud poética y cronológica de Lésther Alfaro Navarrete, existe una forma de percibir los juegos del amor. Hay en su visión no el Cupido alado lleno de inocencia que juega con los corazones y que, explotado por el comercio, lo acerca a los rojos corazones de los enamorados para una alegoría del amor repentino. ¡No! Cupido es el pequeño dios alado lleno de todos los recursos para causar daño en los corazones, fuertes heridas por el amor. Hijo de Venus Afrodita y de Hermes se sorprendió cuando vio al pasar de los años que su hijo no crecía como era de esperarse. Así que fue hasta el oráculo de Temis para consultarle su problema, y éste le contestó: “El amor no puede crecer sin pasión”.
Lo cierto es que Venus no acabó de entender esa respuesta... Hasta que nació su hijo Anteros, el dios de la pasión. Cuando estaba junto a él, Cupido crecía hasta convertirse en un apuesto joven; pero cuando se separaban, el dios del amor volvía a su forma infantil y seguía con sus travesuras.
En palabras de Hesíodo, es “el más hermoso de los dioses inmortales, afloja los miembros y de todos los dioses y hombres cautiva el corazón y la prudente voluntad de su pecho”.
Encuentro en el libro de poemas de Lésther Alfaro Navarrete una relación de Cupido desligado de su hermano Anteros, una relación con Thánatos que lo lleva hacia una tendencia mística en muchas de sus manifestaciones en los versos de sus poemas. Momentos de angustia y de aceptación de una psiquis, diría casi abolida. Veamos:
“Sí, dormir pienso algunas veces,
¿ y por qué no dormir y nunca despertar?
Si sería hermoso respirar profundo mientras vírgenes
limpien mi llanto, besen mi frente”.
Pregunta sobre la muerte como si fuera un simple sueño, pero cae de nuevo en la vida que se manifiesta en la respiración y siente que si lo hace, por qué no vírgenes en el sentido de vestales, no pueden limpiar su llanto y besarlo en la frente. El amor en calidad de Eros no existe. Si existe lo reprime, lo aleja de Anteros. Él vive en el poema con un sentimiento limitado por la existencia mínima de aire, de lo sufrido por el llanto y de la sencillez del amor sano expresado en un beso en la frente.
Lésther Alfaro en esa situación también es capaz de enfrentar a la muerte y nos dice en su poema Tumbas de sal:
“(la muerte) ..(.) no sé;
pero sé que me sigue y busca
y que un día me dará alcance.”
Mientras percibe que la muerte o Thánatos se presenta, los influjos de la naturaleza toda invaden su naturaleza humana provocando sus sentidos en su poema La noche abriga mi alma:
“La noche abriga mi alma,
se acerca la oscuridad
provocando la carne
hablándome al oído
sobre Eros y Erodías”.
En la visión de San Juan de la Cruz, la noche es la gran oportunidad del alma. Es una noche oscura. Símbolo de la ausencia de los apetitos de la carne.
“En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡Oh! Dichosa aventura,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada”.
La casa es el cuerpo, es la sangre que clama, que es San Juan, está quieta, “sosegada” pero en Alfaro Navarrete la noche es simplemente noche y lo lleva a la excitación de los sentidos:
Provocando la carne.
Y aparecen dos símbolos: Eros de la mitología griega y Erodías que luce fonéticamente a Herodías, la esposa de Felipe que vivía en adulterio público con Herodes. Mujer perversa que utiliza a su hija, Salomé, para pedir la cabeza de Juan el Bautista.
Eros y Erodías se juntan en un binomio de dos culturas diferentes que caen ante el poder de la pasión: griegos y hebreos y Alfaro Navarrete lleva éstos símbolos hasta sus propios sentidos:
Eros, la pasión como una abstracción y, Erodías, como la personificación de una mujer con atributos y características muy particulares en la voluptuosidad de la carne y de las pasiones vinculadas a los pecados capitales.
Huir de los pensamientos y de los hechos que son tentadores:
“La pena, el delirio,
el ensueño, la ilusión,
arrastran mi ser
al brocal del precipicio”.
El poemario lleva una tendencia de lucha entre los impulsos naturales y la conducción aprendida de los conceptos religiosos. Hay una evocación permanente a Dios a la figura de Cristo para enfrentar las situaciones difíciles del alma frente a la carne.
Estas situaciones son la que se manifiestan en el fondo del poemario:
Una lucha entre la vida y la muerte, llámese vida la misma visión del Amor en la presencia de Cupido sin la Pasión, y cuando ésta emerge como Anteros, se vuelve angustioso por las percepciones reales y las abstracciones de la fe.
Lésther Alfaro tiene una cualidad en su pensamiento poético. Construye figuras poéticas muy atractivas entre la naturaleza de la tierra y la de la mujer:
“El crepúsculo sale de tu cabellera
mientras la noche
duerme en la cuenca de tus ojos”. 
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