Versos para Guayasamín
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Comentario al libro Tela de cóndores, de Guillermo Rothschuh Tablada. |
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Omar J. Lazo
Tela de cóndores despierta el interés de releer la Historia de las torturas de Peter Deeley, exponente de las técnicas de interrogatorios policíacos y militares más crueles del mundo.
Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano y Tela de cóndores, de Rothschuh Tablada son títulos cromáticos que denuncian ambiciones de poder a costa de la sangre, de huesos triturados y de la vida empobrecida del pueblo manipulado.
Rothschuh Tablada es categórico: “El General Pinochet —dice Eduardo Galeano— puede parecer un personaje de la pintura negra de Goya”: dictadores, torturadores, inquisidores: el terror tiene funcionarios, como el correo o los bancos y se aplica porque resulta necesario. Recordemos que el sanguinario Estrada Cabrera siempre anduvo vestido de negro.
Caminaba —solemne— hacia su propio funeral (Whitman, 170).
Muchas dictaduras han sido odiadas en el mundo pero amadas con pasión por sus legiones. Los imperios conciben y paren dictaduras que después no aguantan.
Rothschuh sostiene:
— La violencia engendra monstruos que asustan a sus propios manipuladores, a los militares de profesión... (p. 28)
— Poderosas garras imperiales están acabando con nuestras débiles economías. (p. 29)
— Guayasamín ha creado más de 300 cuadros que oscilan entre el sueño emancipador y la oprobiosa realidad. (p. 38)
Esos monstruos siempre padecieron sed de sangre y de poder, sed de enriquecimientos ilícitos y de infiernos dantescos. Darío añade en Cantos de esperanzas: “Verdugos de ideales afligieron la tierra”, tierra convertida en ceniza de los despedazados y descuartizados:
Leamos en la p. 67: Cuando los viejos colonialistas descoyuntaron a punta de mulas el cuerpo de Tupac Amaruc, Guayasamín recogió lo disperso en Wacaypata: sus tendones, sus vísceras, sus fémures, sus ojos, sus costillas. Labor de análisis y de síntesis, después expuso sus dolores —bajo el iris— uno a uno (Tela de cóndores, p. 67).
Si se lee Tela de cóndores con devoción y con vocación de lector, descubriremos la vigencia del dedo sobre la llaga y de la sal sobre las heridas de las que habla Eduardo Galeano.
Repasar Tela de cóndores es entender que Rothschuh Tablada sugiere temas proféticos como los temas en los lienzos de Guayasamín. Temas sobre un pueblo humillado, manipulado, explotado, oprimido, reprimido, culateado, torturado, coronado de espinas y crucificado, a veces, sin la esperanza de la resurrección.
Así canta Rothschuh: Los ojos de los rostros de Guayasamín están calados con bayonetas. Con bayonetas caladas. En ellos se asoman los mineros, los que atrapados por la angustia no pudieron salir a flote.
Los destripados que, como Vallejo, ahora respiran por los ojos. (p. 114)
Tela de cóndores es denuncia implícita, en otros casos tácita, pero siempre apocalíptica. Es como divisar desde la tierra panoramas sangrientos a través de la corrupción: “Ave de paz no cóndor de afiladas garras”, añade el poeta.
Guayasamín presentó la radiografía de la injusticia social que provoca dolor, llanto, viudez, orfandad y angustia permanente en los desheredados, empobrecidos, mutilados y nuevamente crucificado.
— Los niños desnudos en Hispanoamérica se cobijan con las telas de Guayasamín. (p. 77)
— Sólo el dolor de las lágrimas los conecta con el rocoso paisaje de la muerte. (p. 97)
Guayasamín con pintura sobre el lienzo; Rothschuh con tinta sobre páginas convertidas en ácido sobre llagas y heridas. La pluma de Rothschuh conteniendo la tinta de Guayasamín, como quien dice “Hago mía tu oración que desenmascara a falsos profetas”.
Leer Tela de cóndores, no sepultarlo, es conocer a Guayasamín. Y conocemos a Rothschuh Tablada mediante sus parábolas literarias.
Nos deja caminos abiertos para que revelemos la vida oculta de las tinieblas, para que, como pensadores, seamos fieles de verdad. El silencio sólo provocaría sufrimiento a la humanidad.
Leerlo es reflexionar, analizar, comparar, interpretar nuestras realidades, para transformarlas.
Todo pensador es genio y todo genio es profeta y la voz del genio, dijo Vargas Vila, es la pesadilla de los mediocres.
La denuncia como otros americanos, también fue profeta como el poeta Rothschuh y el destino del profeta es la lapidación. Los profetas o son asesinados o son satanizados. Los creen jefes de legiones.
Rothschuh asegura que los deístas creen que Guayasamín ha firmado mil pactos con el diablo. (p. 25)
Rothschuh Tablada calca a la corrupción, calcomanías de la muerte para presentar el verdadero infierno. Es el infierno el que esconde su satanismo y acusa de diablos a los que luchan un día, un año o toda la vida, como dijo Bertolt Brecht, a propósito de los buenos, los muy buenos y los imprescindibles.
Toda forma de lucha: música, poesía, pintura, protesta ha sido considerada demoníaca por protagonistas de la doble moral y de la muerte, en un continente en donde la crisis de valores es tan normal como ingerir el pan nuestro de cada día.
El poeta Rothschuh ironiza: Pincel de Guayasamín. Lamedor de sartenes. Lengua del diablo. No pinta, quema. (p. 26)
Ya es parte de la cultura cualquier tipo de oposición o disidencia. Satán encuentra diablos por todos los costados de su infierno. ¿Quién será al fin el demonio... quién el dueño de la verdad absoluta... Los que militan en este partido o los que militan en el otro?
Y continúa el poeta: Oswaldo Guayasamín como su vecino Mario Vargas losa cree en los demonios modernos más que en las musas antiguas... (p. 27)
Mientras unos con saco y corbata se arrastran por el mundo aceptando tesoros satánicos, otros, en harapos, se niegan a doblar rodillas en estos desiertos de asfalto y cemento donde Juan el Bautista es nuevamente decapitado. Y la denuncia contra la falacia, continúa. Hoy la mentira se disfraza de benefactora popular. Los indoamericanos continúan resistiendo ante los mil nuevos tipos de atracos.
Y si nos resignamos y “sabemos vivir”, entonces no pintemos nada; no cantemos nada, ni escribamos nada, no protestemos ni denunciemos nunca, y lentamente moriremos felices con los brazos cruzados en un mundo en donde los más fuertes se unen y quieren que los más débiles se dividan y que sufran la miseria globalizada.
Fragmento de un estudio del libro Tela de cóndores. 
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