Narrativa
Cerveza, música y fantasmas
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Pintura de Salvador Dalí, Los caballos trotadores de América, inspirado en un recorte de periódico de Estados Unidos. |
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Alejandro Bravo
Habíamos decidido lanzarnos un par de cervezas antiestrés al terminar el trabajo. Nos tomó unos minutos decidir el lugar, casi al azar caímos en el único pub irlandés de la ciudad. Allí estaba yo, hablando las sandeces de siempre con el Emperador Araña y Cachi-Man. Ya habíamos traspasado con creces el límite del antiestrés, estábamos instalados, dueños del pub, había comprado cincuenta pesos de canciones y atiborrado la rockonola de rock duro y unos cuantos boleros cortapulsos. La jodedera nuestra y las risas iban in crescendo. Habíamos llegado al caer la tarde, ya tendríamos un par de horas de estar allí cuando lo vi entrar, cincuentón canoso, de tez muy blanca acompañado de un joven. Ordenaron cerveza, gaseosa y el hombre se dirigió a la rockonola. Me fijé en él con mucho detenimiento. Era igualito al papá del Emperador Araña que había muerto tiempo atrás, sólo que éste era gordo. Mirá loco, le dije, tu papá es gordo. El Emperador Araña, que estaba de espaldas el tipo, se volteó y respondió sí, che, es mi viejo gordo. Hasta los mismos pantalones kaki y las camisas pastel.
El rock desfilaba en la rockonola, pasaba de Stairways to heaven, de Led Zeppellin a Imagine, de John Lennon. De repente, la máquina hizo sonar Nuestro juramento interpretado por José Feliciano. Ya achispados, descalificamos al portorriqueño ciego. Black Sabath con su Children of the grave nos hizo olvidar la cursilería romántica latinoamericana. Más cerveza, más risas. El Emperador Araña estaba a ratos más atento a lo que ocurría en la mesa del gordo que en las chanzas de nuestra propia mesa.
Los Héroes del Silencio nos cerraron el pico con su lapidaria Para siempre. Ya rondando la borrachera coreamos con Enrique Bimbusi: “nada es para siempre”. De pronto, la rockonola dejo oír el requinto apretado y veloz de Julio Jaramillo. Otra vez Nuestro juramento. Elogiamos al difunto ecuatoriano. Alguno de nosotros narró su entierro multitudinario, yo recordé una película de su vida, su emigración a México, su triunfo y su permanente borrachera. Pedimos más cervezas y coreamos: “que si los muertos aman, después de muertos amarnos más”. Se terminaron las canciones puestas por mí y empezaron las rancheras que el gordo había marcado.
Nos desentendimos de la música y empezamos la parte filosófica de la bebedera. Cachi-mau dijo que la clave de todo estaba en la letra de la canción de Jaramillo. Que nosotros, adoradores de Baco, tendríamos abierta una puerta después de la vida. No esa dicotomía cansina y chantajista que proponen las religiones de un infierno y un cielo sino la bebedera después de la muerte: concluyó con la seriedad de un Inmanuel Kant: “que si los vivos beben, después de muertos, bebemos más”. El Emperador Araña y yo aplaudimos ruidosamente a nuestro filósofo, más cerveza y contamos a coro: “que si los vivos beben, después de muertos bebemos más”.
Cuando escuchó nuestro canto se levantó el gordo, se dirigió a nuestra mesa y el Emperador Araña le dijo: Hola hijo. Cuando escuchamos el tono de la voz nos quedamos estupefactos. El Emperador Araña dijo con tono bajo: ¿Sos vos viejo? —Sí, contestó el hombre, la cerveza y las hamburguesas me tienen gordo. Pero te enterramos hace un año, dijo sorprendido el Emperador Araña. Chachi-mau y yo éramos simples espectadores del diálogo. Oíamos, veíamos y no creíamos. Cuando lo escuché a él, señaló a Cachi-mau haciendo la paráfrasis de Julio Jaramillo: sólo vine a decirles que tiene razón, que si los vivos beben, después de muertos bebemos más. Pero vos bebías sólo vodka y no comías carne roja, dijo asombrado el Emperador Araña. Mirá muchachó, dijo el fantasma, gordo, rubicundo y con su jarra de cerveza en la mano, al morir algunos no lo aceptamos, no nos despegamos completamente de la vida, entonces nos dejan tener algún contacto con la vida misma. No volvés a tus viejos hábitos, algunos rondan a su familia o a sus amigos. A esos les cuesta más la transición. Yo sé que ustedes están bien, así que opté por la cerveza helada, las hamburguesas y las rancheras mexicanas. Nunca pensé que te iba a encontrar aquí. El Emperador Araña señaló al joven que bebía sólo Coca-Cola. ¿Y éste? —preguntó, me vigila para que no vuelva sobre mis viejos hábitos. Yo vigilo que él no se precipite sobre los vídeo-juegos.
Bueno muchachos, ya hablé demasiado y mi tiempo por esta vez se terminó. Pagó su cuenta y se fue. Yo recordé la frase de Hamlet a la sombra de su padre en el castillo de Elsinor: ¿Qué significará que tú, cadáver muerto, vistiendo tu armadura, vuelvas así de nuevo bajo el brillo lunar a ensombrecer la noche? Pobre Shakespeare, ignorante de la verdad, tal vez porque nunca escuchó a Julio Jaramillo, ni bebió cerveza en un pub irlandés en el tercer mundo. Pagamos y nos fuimos cantando: que si los vivos beben, después de muertos bebemos más.
Managua, Panamá. Marzo 2005. 
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