VIERNES 18 DE NOVIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 23997 / ACTUALIZADA 01:30 am





EL HUMOR DE






Raflá

Foto  
. “La diferencia es que no somos faranduleros, sino periodistas haciendo farándula”

 

Leslie Ruiz Baldelomar
leslie-ruiz@laprensa.com.ni

CUBRIR FARÁNDULA

Trabajar como periodista de farándula, en este país, no es cosa “chiche”. Hay quienes piensan que son tontos los riesgos que se corren al darle cobertura a un concierto —por mencionar algo— si se compara con aquéllos que implican la investigación de un caso de corrupción o narcotráfico.

No me toca a mí decir si son menos o no los riesgos. O si son iguales o diferentes. Sólo sé que cubrir el campo artístico significa muchas veces tener que soportar a personas que se creen con todo el derecho a tratarnos como si fuéramos menos que nada.



RIESGOS

De mencionar ahora cada uno de los riesgos que los periodistas de “entretenimiento” enfrentamos no acabaría, pero haciendo memoria recuerdo cómo hay quienes piensan que somos voceros de su persona o empresa; o que nuestra obligación es rogar o esperar horas, días y hasta semanas para que se nos atienda y se nos brinde información, “si es que la queremos”, como a mí me ha tocado escuchar.

A veces se nos prohíbe, sin darnos la menor explicación, el acceso a lugares o a cosas elementales para entregar un reporte completo a nuestros lectores.

¡Hello señores! La cosa no es así y menos cuando se trata de funcionarios públicos cuya obligación es rendir cuentas de lo que hacen como tal.



GAJES DEL OFICIO

Si un día nos reuniéramos los periodistas de entretenimiento para contar qué nos ha sucedido en el cumplimiento de nuestro trabajo reiríamos mucho, pero también nos sentiríamos mal.

Aún recuerdo las fotografías de una de mis compañeras en las que salía con el rostro y la ropa llenos de sangre, luego que le cayera un cohete en la cabeza y se la rajara. Y no andaba pachangueando, no. Andaba cubriendo un concierto.

Todavía me duele la cachetada que recibí en la presentación que hizo el grupo mexicano Los Tigres del Norte, en Managua, hace tres años.

Me la dio una muchacha que estaba tomada, sólo porque yo estaba pidiendo a través del radio comunicador que un vehículo del periódico llegara a buscarme. “Callate, no me dejás oír”, me dijo y plaf, la cachetada. Gajes del oficio.



MALA FAMA

Pero todo lo mencionado no quiere decir necesariamente que a veces no hacemos cosas para que se nos falte el respeto.

Uno de los ejemplos más comunes (y esto pasa no sólo con los periodistas de entretenimiento), es cuando en una conferencia de prensa hay comida de por medio.

En el último mes he ido a varias donde me he quedado con la boca abierta, luego de ver cómo hay periodistas, o gente que dice ser periodista, que ni siquiera esperan que comience la rueda de prensa para tomar la repostería, el café o la gaseosa. Entre tanta comilona, a algunos los he visto atragantados. ¡Qué vergüenza!



¿HAY MÁS?

Los primeros capítulos del reality show En otra onda han estado un tanto entretenidos, sin embargo, siento que el programa aún no ha terminado de despegar.

No se sabe si es un problema de edición (y que por eso no se presente lo mejor que transcurre durante el día) o es que en esa casa no ocurre mucho.

De repente se sienten monótonas las clases y casi no hay diálogos de parte de los actores.

Es cierto que cada uno tiene su propia personalidad, pero todos deberían hacer un intento más grande por expresar lo que sienten y piensan.

Cada resumen apenas dura media hora, así que, si los presentadores del mismo aparecieran sólo lo necesario y se hiciera una mejor distribución de las pautas publicitarias, quizá se vería más reality show.
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