Familia acribillada y asesinos libres
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El instinto de sobrevivencia le costó caro a don Rolando Adolfo Soriano. Con su vida y la de dos de sus hijos pagó la valentía de defender su hogar de un grupo de delincuentes que sedientos de sangre ametrallaron la pequeña vivienda en cuyo interior estaban una indefensa y trabajadora familia. Los sobrevivientes ven con impotencia cómo se imparte “justicia” en este país |
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Luis Alemán Saballos sucesos@laprensa.com.ni
La hora de la cena en la casa de Rolando Adolfo Soriano era un rito que se cumplía con una disciplina casi religiosa; y aunque en la pequeña mesa que servía de comedor alcanzaban muy pocos comensales, siempre había lugar para las personas que a esa hora estuvieran en el hogar.
Era domingo, la familia casi completa estaba en la casa y mientras las hijas ayudaban a poner la mesa, los varones junto al jefe del hogar hacían los quehaceres propios de su género.
Esa tarde todo había transcurrido con tranquilidad en la comunidad Mal Paso, jurisdicción del municipio de San Lucas, distante a unos 30 kilómetros de Somoto, cabecera departamental de Madriz, cuya población convive con la presencia persistente de pequeñas bandas armadas que asaltan, intimidan y secuestran.
Para esos días se rumoraba que en el sector se movilizaba un grupo de hombres armados con características similares a la peligrosa banda conocida como “Los Mutuze”, un grupo de entre cinco y seis hombres cuya especialidad era el plagio, secuestro y el robo con intimidación.
Los comentarios habían llegado a los oídos de los Soriano, una familia dedicada al trabajo agrícola gracias al cual habían logrado agenciarse de una posición relativamente cómoda en la comunidad.
La presencia de los delincuentes provocó cierta preocupación, a pesar de ello, los Soriano no dejaron sus actividades y la vida siguió la rutina propia del lugar.
LOS PERROS
Aquel domingo 20 de marzo del 2005, la noche comenzó a caer sobre la comunidad de Mal Paso.
En la casa de los Soriano continuaba la alharaca y las risas de las muchachas que cuchicheaban con doña Eleonora del Carmen Zelaya Dávila, la matrona; mientras don Rolando platicaba con sus hijos Rolando Adolfo, Norlan y José Adolfo, sobre el trabajo que harían al día siguiente.
Todo parecía tranquilo al menos en los alrededores de la vivienda. Hasta entonces nada hacía presagiar la cruel tragedia que cobijaría de por vida a aquella noble y trabajadora familia somoteña.
Justo con la llegada de la oscuridad comenzó a sobresalir el clásico sonido de la noche que ya cubría toda la campiña.
De pronto, el ladrido insistente de los perros rompió la tranquilidad que hasta entonces privaba en la vivienda cuyos ocupantes despreocupados creyeron que alguna visita se acercaba. ¡Qué equivocados estaban!
En cuestión de minutos, la alegría de los Soriano Zelaya se convertiría en dolor, llanto, sangre y muerte.
El ladrido de los perros continuó aún más insistente y cada vez más cerca. Si era un amigo de la familia los perros lo hubieran conocido, si continuaban ladrando significaba que era algún extraño y por lo tanto, había que tener mucho cuidado, reflexionaron los varones.
Don Rolando Adolfo que había comenzado a comer dejó la mesa por un instante y visiblemente nervioso volvió a ver a cada uno de sus hijos que en un ademán de entendimiento, comprendieron que su padre les pedía estuvieran alerta.
Con mucha decisión se dirigió entonces hacia la puerta de la casa que como siempre se mantenía abierta.
Quizás había avanzado unos cinco o seis pasos cuando la presencia de un hombre extraño, armado con un fusil y con el rostro cubierto, lo hizo detenerse abruptamente. Estaba en el quicio de la puerta, amenazante y con el cañón del arma dirigiéndola a todas direcciones.
Los que estaban en la mesa se incorporaron de inmediato, mientras las muchachas, Neyda Milene y Derlyn Eliodora, retrocedieron y buscaron refugio cerca de doña Eleonora del Carmen, que llena de nervios dirigía desesperada la mirada a cada uno de sus hijos.
UNO A UNO
En un desfile macabro, uno a uno los armados fueron entrando en la vivienda mientras apuntaban sus armas hacia cada uno de los miembros de la familia. Se trataba de seis hombres armados con fusiles AK y rifles calibre 22 y con los rostros cubiertos con pasamontañas a excepción de uno de ellos, quien era el que daba las órdenes.
Fueron segundos de un silencio sepulcral pero que parecían interminables y que sólo fue roto cuando uno de los armados gritó: ¡Manos arriba, no se mueva nadie!
Como impulsados por una corriente eléctrica todos los Soriano colocaron sus manos hacia arriba, casi de inmediato, el hombre que llevaba la voz de mando gritó nuevamente pero dirigiéndose a don Rolando Adolfo, a quien apuntó con su fusil gritándole: ¡Entreguen todas las armas que tienen escondidas hijos de la...!
Don Rolando trató de calmar la situación y en un tono conciliador intentó explicar a los armados que ellos no tenían ningún tipo de armas.
“Tranquilo, nosotros no tenemos armas, no hay armas aquí”, repitió.
¡Que entreguen las armas les digo! repitió el hombre en tono más fuerte y visiblemente tenso. Otros armados sigilosamente ya se habían acercado a las mujeres con intenciones de tomarlas a la fuerza.
MORTAL REACCIÓN
Fue en ese instante que don Rolando Adolfo, quizás en una acción desesperada por salvar a sus hijas, se dirigió hacia la cocina en el interior de la casa, pero fue interpelado por el que parecía el jefe y le gritó que se detuviera pero el señor no lo hizo, de inmediato el armado ordenó a uno de los compinches que estaba a su lado: ¡Metele un balazo a ese hijo...!, entonces sonaron los primeros disparos.
Una, dos y tres detonaciones se dejaron escuchar.
El cuerpo de don Rolando Adolfo, un hombre de 59 años y de complexión fuerte cayó pesadamente sin poder lograr su objetivo de alcanzar la cocina.
Uno de sus hijos identificado como Rolando Adolfo, trata de intervenir en defensa de su padre y se trenza en un forcejeo con el tipo que disparó y logra quitarle el pasamontañas que le cubría el rostro.
Otro de los sujetos armado con un rifle 22 hace varios disparos que impactan el cuerpo de Rolando Adolfo, de 17 años, quien herido de muerte cae al suelo.
Norlan, que tiene 15 años, y que está bien cerca, lleva la mano hacia la cintura, saca un cuchillo con el que intenta atacar al hombre que disparó contra su hermano, recibiendo disparos de AK y 22, muriendo al instante.
BURLAN LA MUERTE
Otro de los Soriano, José Adolfo, de 30 años, se tira al piso y aprovechando el desconcierto tomó a sus dos hermanas Neyda Milene y Derlyn Eliodora, de 20 y 24 años; y logra sacarlas de la casa refugiándose en el monte.
Mientras tanto, doña Eleonora del Carmen, desesperada y sin saber qué hacer corre de un cuerpo a otro tocando y abrazándolos.
Los tres cadáveres yacen tirados sobre el piso de tierra de la vivienda que llena de humo continuaba recibiendo impactos de balas en mesas, paredes y el piso de tierra.
Unos segundos después que la metralla dejó de sonar, se escucharon las risas de los sicarios que alzaban sus fusiles en señal de victoria, mientras el que hacía de jefe, con el fusil al ristre gritaba ordenando que abandonaran el lugar.
DE MILAGRO
Uno a uno los delincuentes fueron saliendo internándose entre el monte dejando una escena de dolor, llanto y sangre.
“El resto que estaba en la casa, mis dos hermanas, mi madre y yo nos salvamos de puro milagro”, narró poco después José Adolfo, uno de los sobrevivientes de aquella masacre.
Los miembros de la banda dejaron en el lugar una decena de casquillos de fusil AK y calibre 22, así como un pasamontañas verde y una gorra camuflada que portaba uno de los asesinos, detalla el subcomisionado José Antonio Ramírez, Jefe de Auxilio Judicial de la Policía de Madriz.
Por la descripción que hacen las víctimas, no hay duda que se trata de la banda los “Los Mutuze”, una agrupación que dedicada a sembrar el terror y que según la Policía, tenía como punto de refrescamiento la comunidad de Mutuze, ubicada a 25 kilómetros de la frontera con Honduras y de donde tomaron su nombre.
HIPÓTESIS
La Policía de Madriz tiene dos hipótesis sobre el móvil del crimen cometido contra Rolando Adolfo Soriano y sus hijos Rolando Adolfo y Norlan Soriano Zelaya.
Para el capitán Rafael Barrera Moncada, primer oficial de Auxilio Judicial de la Policía de Madriz, los delincuentes que llegaron a la casa de los Soriano tenían la intención de cometer un robo con intimidación.
La otra posibilidad, según el capitán Barrera Moncada, es que los delincuentes pretendían secuestrar a un miembro de la familia.
El jefe policial presume que la intención era secuestrar a las dos hijas mujeres de Rolando Adolfo Soriano y doña Eleonora del Carmen Zelaya Dávila.
El impacto del secuestro de dos mujeres es más fuerte en la familia y eso les aseguraba el éxito de la acción, comentó.
“La familia Soriano, a pesar de su origen humilde gracias a su trabajo, había forjado un pequeño capital”, asegura Barrera.
“Como se opusieron a la acción, los delincuentes les dispararon y los aniquilaron”, dijo.
IDENTIFICADOS
La Policía de Madriz está segura que los miembros de la banda “Los Mutuze” son los autores de la muerte de los Soriano.
El subcomisionado José Antonio Ramírez, Jefe de Auxilio Judicial de la Policía de Madriz, sustenta su afirmación en las pruebas científicas logradas por el laboratorio de Criminalística de la Policía.
El 15 de mayo pasado, un grupo de armados con las mismas características de la banda que acribilló a los Soriano se enfrentó a la Policía en el sector conocido como La Coyota, en Somoto.
En el enfrentamiento resultó herido el sujeto llamado Ramón Ignacio Estrada Hernández, de 38 años. Según inteligencia de la Policía, se trata del jefe de “Los Mutuze”.
La Policía ocupó un fusil AK y varios casquillos de bala. Un peritaje balístico realizado por laboratorio de la Policía determinó que las balas que fueron disparadas durante la masacre de los Soriano fueron disparadas con el fusil ocupado a Estrada Hernández, quien días después muere en un hospital de Managua.
Para la Policía, el crimen estaba aclarado, las pruebas científicas lo confirmaban, los autores de la masacre de los Soriano fue la banda de “Los Mutuze”.
El resto de miembros de la agrupación fueron identificados como Luis Alfonso Flores López, Ramón Ignacio Estrada, Bismarck Estrada Hernández, Isaí Gradys Molina y Nelson Giovanni Padilla Martínez.
Días antes de ese enfrentamiento, mediante información de inteligencia, la Policía ubicó y capturó a Bismarck Estrada ocupándole un revólver calibre 38, a Isaí Gradys le encuentran una caja de tiros vacía calibre 22 y cinco tiros calibre 38.
A inicios de octubre, Luis Alfonso Flores López, miembro de la banda, fue herido en Jalapa. Según la Policía, Flores López también integraba otra banda delictiva que opera en ese municipio y la riña tuvo su origen en la mala distribución de un botín.
ESTÁN LIBRES
Los integrantes de la banda “Los Mutuze” están libres, la Policía los capturó pero una juez de audiencia de Somoto los dejó libres y como única medida cautelar les ordenó que un día a la semana se reportaran al juzgado. La medida molestó a la Policía, quien confirmó que los acusados continuaron con sus acciones delictivas.

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