LUNES 14 DE NOVIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 23993 / ACTUALIZADA 02:00 am





EL HUMOR DE






Preocupa más la vejez, ¿al hombre o a la mujer?

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. Las mujeres recurren a miles de artificios o trucos, tales como: tintes de pelo, maquillajes, cosméticos y cirugías

 

Ernesto González Valdés
ernesto-gonzalez@laprensa.com.ni

Ha observado usted en una tienda donde venden zapatos para ambos sexos, ¿cuáles son los que se ponen en la vidriera a primera vista? Respuesta: los de las mujeres. Inclusive para ratificar lo antes dicho, realice la experiencia siguiente: acuda a un centro multitiendas y cuente cuántos locales corresponden a las damas y cuántos a los caballeros. Evidentemente habrá una desproporción casi abismal, a favor de ellas. Es una virtud que tienen las mujeres (además de ser bellas) de mantenerse bellas, cualidad mucho más relevante en el sexo femenino, que en el masculino (que no quita que seamos guapos) pero que ellas tienen el uno, ¡lo tienen! Las mujeres recurren a miles de artificios o trucos, tales como: tintes de pelos, maquillajes, cosméticos, cirugías (implantes, liposucciones, etc.) Y acaso, esto significa ¿miedo a la vejez? Considero que no.

Lo anterior no quita que existan mujeres sencillas, humildes que sin tener los recursos necesarios que le impiden recurrir a los trucos antes mencionados, sean bellas. Cuantas abuelitas —amén de su fisonomía— peinadita, a pesar de las estrías que surcan su rostro, con su cabeza repleta de canas, siempre sonrientes con el amor que brindan ante el cuido de los nietos, siempre son y serán bellas personas y excelentemente aceptadas.

¿Y los hombres? ¿Maquillajes?, (ojo, estoy hablando de hombres) ¿tintes de pelo? Aquí me detengo, una anécdota cierta: una vez conocí a un profesor universitario muy ecuánime, sencillamente vestido, con su maletín, que con esto último indicaba que se trasladaba a una nueva sección de clase. Sí me llamó la atención algo (los profesores somos curiosos, más los de ciencias naturales), su cabello brillaba —prácticamente hasta cegar— de un color negro impecable, el cual pegaba con el color de sus zapatos y pantalones.

No era mi papel certificar si era original o no en cuanto al paso de los años, pero como somos pocos (al menos en Managua casi 1.5 millones de habitantes) una semana después me comentaban que el “profe” se teñía el pelo.

Pero ahí no paraba la historia, se contaba que en uno de nuestros “inviernos” crudos y bajo un pencazo de agua, entraba el susodicho a un aula, mojado pidiendo disculpas del atraso por la lluvia. Acomodó sus cosas en el escritorio, y dio inicio a la clase (motivación, objetivos, introducción, etc.), al voltearse hacia la pizarra, su camisa que era blanca, se iba llenando de una mancha negra que descendía como lava volcánica no exactamente del Cono del Cerro Negro. El aula enmudeció, los rostros de muchos jóvenes enrojecían. Supongo que el docente hubo de sentirse con ganas de que la tierra ¡se lo tragase!

La anécdota ¿verdadera? antes señalada, no quita que de una forma u otra los hombres recurran a pociones “mágicas”, para “engañar” los años, pero ya cuando nos (me exceptúo, ya que soy sensato de la realidad) metemos en ese campo, posiblemente demos más risa, que evidencia de juventud.
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