El injerenciómetro
José Esteban González R.
En su primera conferencia de prensa, el 21 de septiembre pasado, el nuevo Embajador de Estados Unidos en Nicaragua dijo cosas interesantes, algunas muy positivas y constructivas, otras controversiales. Una de las más interesantes fue afirmar que el “sinvergüenzómetro” no cesa de crecer.
Pero, no sólo el sinvergüenzómetro no cesa de aumentar a velocidad exponencial sino que también otros indicadores han venido creciendo de manera alarmante, entre ellos, el oportunistómetro, el descarómetro, el ridiculómetro y —“last but not least”— el injerenciómetro.
A lo largo de nuestra agitada historia, la necesidad de librarnos de crueles dictadores ha hecho imperativa la búsqueda de apoyos externos.
Para poner fin al régimen somocista se necesitó, junto a la presión armada y la unidad de las fuerzas democráticas, la acción coordinada de la OEA, del Pacto Andino y de la Administración Carter. Esto no fue intervencionismo sino solidaridad y, como tal, bienvenida y agradecida por todos.
La verdadera intervención extranjera se produjo y alcanzó su máximo nivel de servilismo —de parte nica— y de abuso e irrespeto —de parte extranjera— con la injerencia flagrante de Fidel Castro antes, durante y, sobre todo, después del derrocamiento de Somoza. Es harto sabido que, una vez consumada la usurpación por el FSLN del triunfo de todo nuestro pueblo, un delegado del dictador cubano impuso su participación en las reuniones de la Junta de Gobierno.
Daniel Ortega, apoyado por Sergio Ramírez, lo presentó como “asesor especial”. En realidad, se trataba de un “comisario político” en el más puro estilo estalinista. Dicho comisario político —que, dicho sea de paso, cayó posteriormente en desgracia y murió fusilado por alta traición— llegó, incluso, al atrevimiento de intervenir en los debates de nuestros pentarcas y, sin votar formalmente, dirigía todo con un guiño del ojo o mediante señas previamente convenidas con Daniel Ortega.
Desde entonces, el injerencismo castrista, el entreguismo danielista y la procesión de sus líderes hacia La Habana no ha cesado, aunque ahora agrega un desvío hacia Caracas para apuntar frases célebres y recoger maletas desbordantes de petrodólares.
Los últimos embajadores norteamericanos se han distinguido por su campechanía, pero no por su tacto. Don Oliverio Garza llamó públicamente ladrones a los piñateros. Es exacto, pero no le correspondía a un embajador decirlo. Su sucesora, doña Barbara Calandra Moore, llegó hasta a actuar como facilitadora —imperial Celestina, dirían los literatos— del acuerdo entre bancadas parlamentarias que permitió al partido arnoldista recuperar la presidencia de la Asamblea en la persona de Carlos Noguera.
En su segunda misión, esta vez como Encargado de Negocios a. i., el embajador Garza vino a seducir, presionar, amonestar y, finalmente, vilipendiar al PLC, al reo Arnoldo Alemán y a su corte de incondicionales. Muchos gozaron con sus expresiones descarnadas pero, una vez más, no le correspondía a un diplomático hacerlo.
Quienes admiramos a Estados Unidos y a su gente; quienes reconocemos y agradecemos el rol fundamental de Estados Unidos en la esfera mundial, no cesamos de preguntarnos: ¿Por qué recurrir a métodos tan poco sutiles cuando el mismo mensaje podría transmitirse, probablemente con mayor efectividad, sin ignorar reglas básicas del comportamiento diplomático?
Preciso es constatar y lamentar que ese estilo poco ortodoxo esté comenzando a contagiar a algunos embajadores europeos y a representantes de organismos multilaterales. En lugar de aumentar su influencia, tal comportamiento —que seguramente no cuenta con el aval de sus cancillerías respectivas— compromete y disminuye su prestigio y su credibilidad. No nos hacen, por lo tanto, ningún favor. Al contrario, favorece las reacciones demagógicas de los pactistas y restringe el margen de maniobra de los demócratas obligándolos a evitar determinados temas para no aparecer como simples repetidores de tesis foráneas.
Los embajadores latinoamericanos son, generalmente, más prudentes. Los de países orientales —Japón, Corea del Sur y Taiwán— saben unir la generosidad constante y sonante con un comportamiento sonriente y discreto que les permite compartir más eficazmente sus valores democráticos y los secretos de su envidiable prosperidad. El pueblo de Nicaragua, que recibe con alegría su ayuda financiera, aprecia y agradece su respetuosa discreción.
Culminación de la delicadeza oriental ha sido la demostrada por sus Altezas Imperiales del Japón en su reciente visita a Nicaragua. El príncipe Hitachi y su esposa actuaron en todo momento con suma discreción y elegancia, haciendo honor al prestigio de la casa reinante más antigua del mundo y como dignos representantes del laborioso y amistoso pueblo del Imperio del Sol Naciente.
El autor es fundador de la CPDH, presidente nacional del PSC

|