DESDE WASHINGTON
Mar del Plata: la oficialización del desacuerdo
Marcela Sánchez
Mar del Plata, Argentina. La cuarta Cumbre de las Américas —como las playas y panoramas de esta ciudad balnearia del Atlántico— resultó ser una buena terapia. Las profundas divisiones en torno al libre comercio que habían paralizado las conversaciones entre el norte y el sur y silenciosamente roído las propuestas y la paciencia de los negociadores por meses, finalmente se hicieron oficiales. La verdad ha salido y aunque no era necesariamente un secreto, el reconocimiento público de las divisiones y la expresión de las diferencias al más alto nivel, demostraron que el hemisferio puede acordar estar en desacuerdo.
En los últimos años, las relaciones hemisféricas han estado marcadas por la convicción de que Washington no podía aceptar disensión. Frustrada por los acontecimientos en la región, particularmente lo que veía como un problemático desplazamiento hacia la izquierda, Washington prefirió el estilo poco diplomático y, a decir verdad, condescendiente de emitir ultimátums y pedirle a sus vecinos en la región definir sus preferencias. Mientras los latinoamericanos del común se tornaban más suspicaces y aprehensivos, sus líderes optaban por permanecer al margen con la esperanza de evitar el peligro doble de la opinión pública antiestadounidense en su país y la ira de Washington.
Esta disfunción hemisférica ha frustrado la integración comercial pero más importante aún, ha reforzado la creencia de que Washington está en desacuerdo con las democracias, cuando dichas democracias eligen al líder “equivocado”. Dicha dinámica no podía ser más desafortunada que en el caso de Bolivia.
El próximo mes, la nación andina que ha tenido tres presidentes en tres años, tendrá elecciones generales nuevamente, un año antes de lo previsto. El líder indígena Evo Morales, quien apareció aquí hombro a hombro con el presidente venezolano Hugo Chávez en la Cumbre de los Pueblos (o más correctamente, la Cumbre anti-Bush) encabeza las encuestas para la contienda presidencial del 18 de diciembre.
Líder del Movimiento al Socialismo, Morales alcanzó el protagonismo como dirigente de los cocaleros bolivianos cuyos cultivos han sido por años el blanco de un programa de erradicación financiado por Estados Unidos. Hoy, la preocupación de Washington con una potencial presidencia de Morales va mucho más allá de los campos de coca.
Como primer presidente indígena de Bolivia, Morales representaría esperanza para una mayoría que no se ha sentido bien representada por la élite blanca del país. Pero también enfrentaría presiones significativas de movimientos indígenas extremos menos interesados en la resolución democrática de errores históricos que en reorganizar por completo la actual estructura de poder. Una vez en el cargo, funcionarios estadounidenses temen que Morales se radicalice más que Chávez y lleve a un país con profundas fisuras políticas, regionales y étnicas al borde de una guerra civil.
En el 2002, el embajador de la administración Bush en el país, Manuel Rocha, emitió su ultimátum amenazando con retirar la asistencia estadounidense al país, el más pobre de Sudamérica, si los bolivianos elegían a Morales. En ese momento Morales figuraba de cuarto en las encuestas pero terminó en segundo lugar, un éxito que Morales y muchos otros atribuyeron al ataque preventivo de Rocha.
En esta ocasión, Washington está manteniendo sus temores en forma más velada. Según diplomáticos estadounidenses y latinoamericanos, Bolivia y Morales encabezaron la agenda de casi todas las reuniones bilaterales a puerta cerrada que Bush sostuvo con contrapartes de la región durante la cumbre.
Eso representa una importante evolución en el estilo estadounidense, aunque no totalmente en lo sustancial. Primero, demuestra por lo menos un reconocimiento tácito de que denunciar a un candidato públicamente no es sólo molesto sino contraproducente en América Latina. Además, le da a los líderes latinoamericanos la opción de tomar iniciativa propia sin que parezca que están siguiendo instrucciones de Washington.
Funcionarios estadounidenses esperan que los vecinos más cercanos a Bolivia jueguen un papel más directo y constructivo en asegurar la estabilidad en ese país. Después de todo, países como Brasil y Argentina tienen acuerdos de tiempo atrás para importar gas natural de Bolivia, el país que se estima tiene hoy las segundas reservas más grandes del hemisferio.
En una entrevista durante la cumbre del pasado fin de semana, Eduardo Rodríguez, el ex presidente de la Corte Suprema que se hizo presidente interino del país en junio, enfatizó que países vecinos tales como Argentina, Brasil y Chile, viejos socios comerciales de Bolivia, podrían jugar un rol crucial al darle a los bolivianos “un sentido de continuidad sin importar quién gane”. La oferta de Chile, el mes pasado, de expandir el Acuerdo de Complementación Económica entre Chile y Bolivia mediante la eliminación unilateral de casi todas sus barreras comerciales a exportaciones bolivianas debiera verse como parte de ese esfuerzo, afirmó un funcionario chileno.
Hasta ahora, sin embargo, Morales ha encontrado más apoyo en Chávez y el líder cubano Fidel Castro que en la nueva izquierda pragmática. Aún así, líderes como Néstor Kirchner en Argentina y Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil podrían ofrecer asistencia práctica. Y entre más pueda Washington resistirse a convertirlo en un conflicto ideológico, menos razones tendrán dichos líderes latinoamericanos para mantenerse al margen.
La verdad ha salido y aunque no era necesariamente un secreto, el reconocimiento público de las divisiones y la expresión de las diferencias al más alto nivel, demostraron que el hemisferio puede acordar estar en desacuerdo.

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