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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 12 DE NOVIEMBRE DE 2005
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El encanto del Cuarteto Mandelring

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El Cuarteto Mandelring en su presentación en la pinacoteca del Banco Central.

 

Joaquín Absalón Pastora

Le ponen prendas al nombre de la calle donde viven —Mandelring— y festejan con el decoro de sus ejecuciones la sangre que los une tanto en la felicidad interior como en el ejercicio de la música libre y el descubrimiento de las nuevas formas.

Dos violines: Sebastián y Nanette Schmidt, Rolan Glassi, viola y Bernard Schmidt, cello. Hermanos más que los compañeros punteados por el inventor del cuarteto clásico de cuerdas, Joseph Haydn. Fraternales reveladores de la liberalidad en el hecho de compartir las luces de la armonía y de la razón. Con ellos no queda olvidada la carta de Goethe: “cuatro artistas razonan cuando tocan”.

El cuarteto se presentó en el auditorio del Banco Central ante una escasa pero fervorosa concurrencia. Tuvo todos los merecimientos para ser huésped del primer escenario del Teatro Nacional Rubén Darío cuya función de coloso del arte selecto, se desploma cuando otorga prioridades basadas en el grosor numismático.

La impronta dejada por este cuarteto clásico no puede ser fácilmente olvidada por los oídos que lo escucharon, concentrados en las cumbres del deleite donde la mejor evidencia la dio la majestad del silencio. Esa serenidad permitió que no se extraviara ninguna de las múltiples notas. Fue magistralmente expuesta —linde con la perfección— la soberanía individual y colectiva de los cuatro vecinos cuyos instrumentos respondieron al ideal de poner en el lugar atinado, el “melos” de cada uno de los autores expuestos: De Haydn a Dvorak.

Por algo iniciaron el concierto con el creador indiscutible del cuarteto de cuerdas a través de la interpretación de uno de ellos con una elaboración temática distante del divertimenti de los primeros doce, muestras del invento consagrado por los siglos. La puesta me hizo recordar una frase de Haydn henchida del agotamiento que ya le señalaba el crepúsculo de su increíble capacidad prolífica: “no más, no más, no hay tiempo para terminarlo”. En sólo la entrada se vislumbró la influencia de la era litúrgica de la música, la polifonía asomándose en las lámparas de la intemporalidad, el contrapunto prevaleciente, el espíritu de la suite y la independencia de las voces sugiriendo la selección de la melodía más apropiada.

Continuando con el orden correcto conforme la evolución cronológica del estilo, debe afirmarse que se escogió al más indicado en la continuidad de la tradición de ese modo expresivo, su remarcador Ludwig Van Beethoven (1770-1827). Y así el opus 184 en do menor (ignoro si esa fue la clasificación primigenia) desbordó la prodigiosa fuerza del fondo, el lirismo en el menuetto, la sensación de estar de súbito en los salones de Viena moviéndonos con los compases típicos del vals, único caso en la acaso trivial compostura del genio en la exposición de su madurez, en la entrega de su heroísmo por vivir. Mensaje el suyo en los cuatro movimientos, personal y profundo.

Los tiempos colindantes de Haydn y de Beethoven saltaron a lo nuevo, a lo puesto después en el desarrollo de la música para cuerdas: Antonin Dvorak (1841-1904) con el cuarteto en fa mayor opus 96, mejor conocido como negro o el americano. En su contenido no se desplazan las melodías originales del operático compositor checo.

Sentimos el encanto de las cuerdas, el efecto subyugante de sus lenitivos, el porte natural y acústico de cuatro virtuosos que merecen volver.  
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El encanto del Cuarteto Mandelring