Irving Cordero: la poesía arde
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 | Una interpretación a su libro de poemas, Los portales del limbo |
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Irving Cordero. |
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Henry A. Petrie
El autor de Los portales del limbo (Ediciones Tribal, 2005) es un joven brioso, inquieto por las realidades más allá de la materialidad aparente, crítico de lo establecido y de lo que él llama academicismo, no se achica ante supuestas superioridades adoptando aires burlones y narcisos propios de su edad y de las circunstancias que le ha correspondido vivir. Irving Cordero (Managua, 1979), fundador director de la revista Tribal Literario, es pues, controversial hasta con él mismo.
Estudioso de los referentes filosóficos y literarios que han dejado huellas imborrables en el trayecto artístico e intelectual humano, se ha empeñado por la indagación del inconsciente buscando una forma, un estilo, una voz propia que tienda a la edificación de un proyecto quizá no tan aceptable de primera mano, para los cánones establecidos y asumidos por muchos. Pero Cordero está convencido, según nos dice, que “el arte no está encasillado o encadenado a ciertas reglas dictatoriales” y, en ese sentido, iza la bandera dariana de la armonía de caprichos, libre y liberadora de aquellas substancias del ser que empujan a la realización de mundos interiores, no tangibles ni descriptibles, muchas veces convulsos y laberínticos donde ideas y conceptos se encuentran y desencuentran en una especie de lid encarnizada por la autodefinición, reafirmación y reniego, elevación y hundimiento, ir y luego regresar, con espíritu liviano que al poco tiempo de tan absurdo emprende vuelo en picada, buscando su ruta, sendero, corredizo nada cómodos para transitar hacia una especie de salvación después de revoluciones de imágenes, símbolos que entre sí chocan en su hueco sensible haciéndolo vomitar grafías representativas de estados emocionales y sicológicos.
De ahí que desde Las espinas de Rodees (p. 9), poema que abre el libro con epígrafe de Artaud aludiendo a la “espantosa enfermedad de espíritu”, nos dice: “¡Ayer no era yo! Hologramas bautizaban mis ojos,/ sumergido en mi cuarto las salamandras escupían colores”. O bien, en Espectro de la mente (p. 10), poema que sigue, nos reafirma: “Una saeta corre por mi mente, heme atrapado,/ con ciega sonrisa, escueta de mirada sin oxígeno”. Desde los dos primeros poemas, Cordero nos introduce al mundo que quiere proyectarnos.
Cordero indaga ese inconsciente que atesora la totalidad vuelta particularidad en él, interpretando imágenes y creando símbolos que dan cuerpo a su visión del vuelo y el transcurrir, del vivir y la muerte, de los estados mentales y de las realidades que desconstruye, bajo un concepto estético reñido con el preciosismo inútil, porque en su mundo no hay formas acabadas sino heridas abiertas que lo empujan a incertidumbres. Va más allá de las representaciones aparentes e impuestas para encontrar aquellas esenciales, vitales, que puedan hacer la alquimia del todo y la nada, donde lo bello tiene otras connotaciones cosmogónicas, desprendido de etiquetas.
Quizá Cordero no se dé cuenta de las implicaciones de su vuelo síquico y simbólico, de su vibración poética más allá de sus opciones de vida e ideológicas, porque los referentes histórico-sociales están diluidos, por eso se avienta a la búsqueda de sus propios valores en el sopor de la insustancialidad, centro de sus conflictos humanos.
Más que una estética refinada y construcciones poética rígidas, se concentra en encausar el valladar de imágenes que lo cunden y no por ello menos laborioso en la forma, donde ha de crear el ambiente adecuado a las criaturas que lo intranquilizan, que lo sentencian hasta el hartazgo.
En su autosemblanza dice: “Después de la transformación mental sufrida en mi adolescencia, me inicié en una voraz lucha por develar los secretos de mi mal...” Acaso el karma a cuestas, la tentativa del alumbramiento, el destello o tormenta de la condición solitaria y silenciosa. Hay una realidad de sí aún no entendida, y sufre por ello, se empeña por indagarla y darle forma a través de la palabra como única forma de liberación, o salvación.
¿Cuáles son las evidencias de su herida mental? La despersonalización de su espíritu, el “ser semidestruido arrastrado por cajas mortuorias” evitando que los arqueólogos freudianos, como dice, desentierren los cadáveres en su cerebro, porque él está dispuesto a un viaje caótico, hacia la nada, “la caja de hielo” que tiene encarcelado el espíritu maltrecho y llora sus penitencias. Es el punto donde recordar su niñez es remitirse a una ceguera, quizá lo ajeno y hostil, albergando en su memoria ¿sonidos, ruidos, gruñidos, alaridos? Porque Cordero siente y resiente “garras inquietas de búhos en caravanas presagiando/ vellos vidrios que hieren pieles”, y se impacienta con rostros de manicomios que seguro lo persiguen, libando aquella noche de noviembre del secuestro de su alma, y quizá desde entonces “los sonidos humanos son obsoletas síntesis/ en velo de la oscuridad...”, hasta que reconoce no ser él ni saber que está ahí, en el punto donde se encuentra, hacia donde le llegan los sueños “con mordazas de realidades”. ¿Demencia? La demencia de la vida y la muerte que refleja en el poema Saetas de sol (p. 21), a mi juicio bien logrado, donde el agente muerte se anuncia con lo nuevo, el comienzo que también es final, el nacimiento del día que desde el primer instante va muriendo.
Muchas veces leemos poemas sin penetrar en ellos, sin indagarlos ni interpretarlos en su esencia, muchos esperan la nota bonita sin percatarse que tras el desplante que les resulta existe una condición humana, cósmica, buscando ecos atrapados en el silencio y la soledad, en el dolor y la soberbia de la vida, porque no todo es feliz en el más puro concepto, porque no todo es infeliz en la más dura realidad, ¿realidad? Sí, aunque no aparente y conduzca hacia otros senderos muy poco transitados, o explorados. 
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